Stick to what you know / Zapatero a sus zapatos (eng-esp)
Every time someone tells me, "You're so handy with your fingers, you must be a fantastic seamstress," or "Since you're an artist, you'll be great at painting walls," I shake my head. I don't know how to do those things. I can't put in a lightbulb without it being loose or too tight and crooked. I can't paint a room without leaving drips on the baseboard, an uneven finish, and getting paint in my hair.
And I'm not ashamed to admit it. On the contrary, it gives me confidence to recognize my limitations.

My profession is playing the guitar. I've dedicated more than twenty years to studying technique, repertoire, music history, and the anatomy of the hand as applied to the instrument. I can sight-read a complex score. I know how to distinguish the timbre of a gut string from that of a carbon nylon string. I know how to position my right thumb to achieve a round sound on the bass string. That's what I know how to do. That's my forte. Outside of that realm, my competence is limited, and to claim otherwise is a practical mistake and a lack of respect for those who do master other areas.

Three months ago, the clasp on my concert guitar's hard case broke. It's an expensive case, with humidity control and specific padding. The clasp at the bottom didn't fit properly, and the lid remained ajar.
My first reaction was to go to the hardware store, buy a new clasp and a screwdriver. I got home, painstakingly removed the old clasp, and set about attaching the new one. After ten minutes, I realized I was about to do something stupid. The drill I had wasn't suitable for that composite material. The screws I bought were too long and could scratch the guitar's wood when closing it. And I had no idea how to stretch the canvas so the zipper would be aligned. I could force it and end up with a poorly made hole or, worse, damage the instrument that puts food on my table.
I put down the tools. I picked up the phone and called Alberto, a saddler who repairs suitcases and instrument cases in a workshop near the conservatory. He has calloused hands and fingers stained with dark dye. He knows exactly which rivet to use, how much pressure to apply, and how to seal the edge so it doesn't fray with daily use. In forty minutes and for a reasonable price, the case was as good as new. He did his job. I could concentrate on mine, which was studying the Concierto de Aranjuez for an upcoming performance.

This simple anecdote applies to everything. I don't know how to cook an elaborate dish. I heat up prepared food or go to a restaurant where a professional chef manages the timing and cooking points.
I don't know how to fix a leaky faucet. I call a plumber, who replaces a washer in fifteen minutes without causing a flood or breaking the main valve. I don't know how to do my tax return properly. I look for an accountant who knows the ins and outs of the law and prevents me from making administrative errors.
Pretending to know everything is a very impractical form of arrogance. It wastes my time, generates frustration, and the end result is mediocre. Recognizing the limits of my knowledge doesn't make me less capable. It makes me more efficient. It allows me to dedicate my energy to what I truly excel at and let others do what they excel at. It's a matter of respect for other people's work and common sense.

At concerts, I collaborate with luthiers who adjust the string action better than I ever could, with sound engineers who equalize the room so the audience can clearly hear the harmonics, and with organizers who manage travel and accommodation. Everyone in their role. I'm responsible for placing my fingers on the fretboard and plucking the strings with the precise intensity. The rest is handled by those who know what they're doing. And that's how everything sounds better.
Versión en español
Cada vez que alguien me dice "tú que eres tan manitas con los dedos, seguro que coses fenomenal" o "como eres artista, se te dará bien pintar la pared", niego con la cabeza. No sé hacer esas cosas. No sé poner un bombillo sin que quede flojo o demasiado apretado y torcido. No sé pintar una habitación sin dejar goterones en el rodapié, quede disparejo y mancharme el pelo.
Y no me da vergüenza admitirlo. Al contrario, me da confianza reconocer hasta donde llego.

Mi oficio es tocar la guitarra. He dedicado más de veinte años a estudiar técnica, repertorio, historia de la música y anatomía de la mano aplicada al instrumento. Sé leer una partitura compleja a primera vista.
Sé diferenciar el timbre de una cuerda de tripa del de una de nailon carbono. Sé colocar el pulgar derecho para conseguir un sonido redondo en el bordón. Eso lo sé hacer. Eso es lo mío. Fuera de ese territorio, mi competencia es limitada, y pretender lo contrario es un error práctico y una falta de respeto hacia quienes sí dominan otros campos.

Hace tres meses se me rompió el cierre de la funda rígida de mi guitarra de concierto. Es una funda cara, con control de humedad y acolchado específico. El cierre de la parte inferior no encajaba y la tapa quedaba entreabierta.
Mi primera reacción fue ir a la ferretería, comprar un cierre nuevo y un destornillador. Llegué a casa, saqué el cierre viejo con esfuerzo y me dispuse a colocar el nuevo. A los diez minutos entendí que estaba a punto de cometer una estupidez.
El taladro que tenía no era el adecuado para ese material compuesto. Los tornillos que compré eran demasiado largos y podían rayar la madera de la guitarra al cerrar. Y yo no tenía ni idea de cómo tensar la lona para que el cierre quedara alineado. Podía forzar la situación y terminar con un agujero mal hecho o, peor aún, dañar el instrumento que me da de comer.
Dejé las herramientas. Cogí el teléfono y llamé a Alberto, un guarnicionero que trabaja arreglando maletas y estuches de instrumentos en un taller cerca del conservatorio. Tiene las manos duras y los dedos manchados de tinte oscuro. Sabe exactamente qué remache usar, qué presión aplicar y cómo sellar el borde para que no se deshilache con el uso diario.
En cuarenta minutos y por un precio razonable, la funda quedó como nueva. Él hizo su trabajo. Yo pude concentrarme en el mío, que era estudiar el Concierto de Aranjuez para una fecha cercana.

Esta anécdota tan simple se aplica a todo. No sé cocinar un plato elaborado. Caliento comida preparada o voy a un restaurante donde un cocinero profesional maneja los tiempos y los puntos de cocción.
No sé arreglar un grifo que gotea. Llamo al fontanero, que en quince minutos cambia una junta sin provocar una inundación ni romper la llave de paso. No sé hacer mi declaración de la renta con solvencia. Busco a un gestor que conoce los recovecos de la ley y evita que cometa errores administrativos.
Pretender saberlo todo es una forma de arrogancia muy poco práctica. Me hace perder tiempo, me genera frustración y el resultado final es mediocre. Reconocer los límites de mi conocimiento no me hace menos capaz. Me hace más eficiente. Me permite dedicar mi energía a lo que realmente domino y dejo que los demás hagan lo que dominan ellos. Es una cuestión de respeto al oficio ajeno y de sentido común.

En los conciertos colaboro con lutieres que ajustan la acción de las cuerdas mejor de lo que yo podría hacerlo nunca, con técnicos de sonido que ecualizan la sala para que el público escuche los armónicos con claridad, y con organizadores que gestionan los viajes y el alojamiento. Cada uno en su puesto. Zapatero a su zapato. Yo me encargo de colocar los dedos en el diapasón y de pulsar las cuerdas con la intensidad precisa. Del resto se encargan quienes saben. Y así suena todo mejor.
En las condiciones normales todo debe ser así, cada cual se especializa y hace su parte, pero a veces no existen esas condiciones normales.
Por eso en muchas ocasiones nos vemos obligados a saber hacer muchas otras cosas o no podríamos resolverlas de otro modo.
En un país como Cuba puede pasar esto último.
En realidad ahora pasa menos porque se ha ido permitiendo la actividad privada lo cual antes no se hacía.
En un libro titulado El derrumbe del poder soviético, Luis Corvalán relata experiencias personales en la URSS, donde entre otras cosas, todos los talleres de reparación de autos eran estatales de y para empresas estatales.
¿Qué podías hacer cuando se rompía tu auto privado si por no estar permitida la actividad privada no habían talleres donde arreglarlo y un mecánico podía costarte mucho dinero?
Por eso en ciertas condiciones es obligatorio tener muchas habilidades o de otro modo los problemas no se resolverían.
Esto mismo puede suceder en situaciones extremas como en una misión espacial.
Todo depende del contexto, en condiciones normales es más conveniente como dices, en otras condiciones hasta tu vida podría correr peligro de no tener varias habilidades.
Your reply is upvoted by @topcomment; a manual curation service that rewards meaningful and engaging comments.
¡Felicitaciones!
Estás participando para optar a la mención especial que se efectuará el domingo 19 de abril del 2026 a las 8:00 pm (hora de Venezuela), gracias a la cual el autor del artículo seleccionado recibirá la cantidad de 1 HIVE transferida a su cuenta.
¡También has recibido 1 ENTROKEN! El token del PROYECTO ENTROPÍA impulsado por la plataforma Steem-Engine.
1. Invierte en el PROYECTO ENTROPÍA y recibe ganancias semanalmente. Entra aquí para más información.
2. Contáctanos en Discord: https://discord.gg/hkCjFeb
3. Suscríbete a nuestra COMUNIDAD y apoya al trail de @Entropia y así podrás ganar recompensas de curación de forma automática. Entra aquí para más información sobre nuestro trail.
4. Visita nuestro canal de Youtube.
Atentamente
El equipo de curación del PROYECTO ENTROPÍA
Congratulations @elviguitarra! You have completed the following achievement on the Hive blockchain And have been rewarded with New badge(s)
Your next target is to reach 15000 upvotes.
You can view your badges on your board and compare yourself to others in the Ranking
If you no longer want to receive notifications, reply to this comment with the word
STOP