Qué manera de abrir un libro, amigo. Ese párrafo de Auster me hizo detenerme y releerlo varias veces, porque es como si hubiera estado mirando dentro de mi cabeza y hubiera sacado esos recuerdos que uno tiene guardados en un cajón polvoriento. Y es verdad, todos hemos sido ese niño que veía vida en todo, que le ponía nombre a las nubes, que sentía que las piedras podían pensar y que Dios estaba en todas partes. Yo recuerdo mirar las ramas de los árboles y ver brazos moviéndose, o sentarme en el parque y jurar que la fuente me hablaba. Y luego, sin saber cómo, esa mirada se fue desdibujando, como si el mundo se hubiera vuelto gris y las cosas hubieran perdido su alma. Y eso me hace pensar en todo lo que hemos estado charlando estos días, en esa obsesión por el siguiente paso, por el voto que viene, por la recompensa que nos espera, mientras se nos va de las manos lo esencial, que es esa capacidad de asombrarnos, de detenernos a mirar con ojos de niño.
Porque Auster se pregunta en ese libro, y yo me pregunto con él, ¿en qué momento dejamos de ver lo vivo para empezar a ver lo inerte? Y aquí, en este ecosistema que compartimos, pasa algo muy parecido. Llegamos con esa chispa, con esa curiosidad genuina por el otro, por lo que escribe, por lo que comparte, por esa foto que tomó bajo la sombra de un árbol sintiendo la brisa. Y luego, sin darnos cuenta, empezamos a medir, a comparar, a correr detrás de números que no nos dicen nada sobre la calidad de lo que estamos haciendo. La intuición, esa voz que nos hablaba cuando éramos niños y que incluso los bebés traen puesta al nacer, se va apagando, tapada por el ruido de las estadísticas y la necesidad de ser más, de tener más, de llegar más lejos. Pero Auster nos recuerda, sin decirlo directamente, que vale la pena desenterrar esa mirada, que incluso en la edad adulta podemos volver a preguntarnos, a indagar, a buscar esa verdad que no está en los datos sino en las sensaciones, en el olor de la casa, en la luz de la cocina, en la voz de alguien que nos leyó con atención.
Y déjame que te cuente algo que a mí me dio mucho que pensar cuando lo leí, y que quizá pasó desapercibido en tu primera lectura. Fíjate que Auster no solo reconstruye su infancia en la primera parte, sino que en la segunda, cuando investiga la vida de su padre, lo que hace en realidad es una doble arqueología. Porque mientras desentierra los huesos de la historia paterna, está desenterrando también su propia incapacidad para haber visto a su padre como un niño ve las cosas, es decir, con esa mirada viva que todo lo animaba. El padre es el gran objeto inerte de su vida, el gran "no vivo" al que no supo ponerle nombre ni alma. Y ahí está la clave que Auster no explicita, pero que a mí me parece que atraviesa todo el libro: la pérdida de la mirada infantil no es solo un asunto de edad, es también un asunto de no haber sabido mirar a quienes teníamos al lado con esa misma luz. Porque si las piedras podían pensar, si los lápices eran dirigibles y las monedas platillos volantes, ¿cómo no iba a poder pensarse también el silencio de un padre, cómo no iba a poder animarse su ausencia, su distancia, su opacidad? Eso me parece que le da al libro una hondura que va más allá de la nostalgia, algo que uno no ve a simple vista pero que está ahí, palpitando, esperando que alguien lo note. Y me quedo con esa invitación final, ese "desentierra las viejas historias, escarba por ahí, a ver qué encuentras, luego pon los fragmentos a la luz y échales un vistazo". Porque eso es lo que hacemos cuando nos detenemos a leer con calma, a comentar con el corazón, a regalarle a alguien nuestra atención sin esperar nada a cambio. Estamos desenterrando esa parte nuestra que todavía cree que las palabras pueden tener vida, que un comentario sincero puede ser como esa mano que ayuda a levantarse, que una comunidad se construye desde la curiosidad y no desde la prisa. Y tal vez, como Auster, no encontremos respuestas definitivas, ni moralejas, ni lecciones. Pero sí ese gesto, ese movimiento de volver la mirada y ver, de recordar que alguna vez todo estuvo vivo y que quizá, en algún rincón de la memoria, aún lo está, esperando que le prestemos atención. Gracias por traer este texto, amigo, porque me ha recordado que, como los niños que fuimos, todavía podemos mirar el mundo y preguntarnos, y que en esa pregunta, en esa búsqueda, está lo que realmente vale la pena.
2 comments
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Una clase tu comentario es, amigo psiquiatra, un ensayo sobre esa magnitud que es mirar y saber lo que se ve, y te agradezco mucho.
Un abrazo grande 💎