🇺🇸 «Informe del Interior» (ES/EN)
«Al principio todo estaba vivo. Los objetos más pequeños estaban dotados de corazones palpitantes, y hasta las nubes tenían nombre. Las tijeras caminaban, teléfonos y cafeteras eran primos hermanos; ojos y gafas, hermanos. El reloj tenía cara humana, cada guisante de tu plato poseía una personalidad diferente, y en la parte delantera del coche de tus padres la rejilla era una boca sonriente con numerosas piezas dentales. Los lápices eran dirigibles; las monedas, platillos volantes. Las ramas de los árboles eran brazos. Las piedras podían pensar, y Dios estaba en todas partes».
¿Qué tal?
Así arranca Paul Auster «Informe del Interior» y es un mazazo. Ya nada será igual.
¿Hay, acaso, una descripción más apabullante y hermosa de la infancia? Puede que sí. Pero esta es formidable.

Porque Auster desentierra un mundo. Y uno lee eso y no puede evitar preguntarse: ¿cuándo perdimos esa mirada? ¿En qué momento dejamos de ver lo vivo para empezar a ver lo inerte?
Auster se lo pregunta también. Y de esa pregunta nace el libro.
«Informe del Interior» no es una autobiografía al uso. No hay aquí un recorrido cronológico ni una acumulación de datos. Lo que hay es una indagación. Pesquisa. Auster se pone a sí mismo como objeto de estudio, nunca desde el narcisismo, sino desde la perplejidad. Porque no sabe bien quién fue ese niño que veía dioses en las nubes y luego se convirtió en un hombre que escribe para entender. Y esa ignorancia, lejos de ser un defecto, es el motor de todo.
El libro se divide en dos partes. En la primera, Auster reconstruye su infancia y adolescencia en Nueva Jersey a través de las sensaciones. El olor de la casa, la luz de la cocina, la voz de la madre, el silencio del padre. Esa geografía íntima que nos forma sin que lo sepamos, Auster la recorre con una prosa limpia, sin adornos, y es que no necesita artificios para emocionar. Lo que emociona no es la frase bonita, sino la verdad de lo que se dice. Y aquí hay verdad.

La segunda parte cambia el registro. Auster se convierte en investigador de su propia historia. Indaga en la vida de su padre, un hombre que fue una incógnita para él. Revisa cartas, documentos, fotografías. Viaja a los lugares donde su padre vivió. Y lo que encuentra es un rostro borroso, un hombre que no supo mostrarse, que dejó más preguntas que respuestas. Pero Auster no se queda en la queja ni en el drama familiar. Asume ese vacío como parte de lo que es. No hay catarsis fácil. Hay, simplemente, la constatación de que a veces no se llega a conocer ni a quienes nos engendraron.
Lo que sostiene el libro, más que la anécdota, es el tono que Auster ha depurado a lo largo de décadas: directo, sin concesiones, pero sin aspereza. Como si hablara en voz baja, sin prisa, sabiendo que el lector está dispuesto a escuchar. No hay aquí el deslumbramiento. Auster empuja, vuelve a preguntar, se contradice a veces. Y en esa contradicción, en esa honestidad que no busca quedar bien, está la fuerza.
No es un libro sombrío. Porque Auster no escribe desde la derrota, sino desde la curiosidad que aún conserva el hombrecillo que fue, ese que miraba el mundo y lo interrogaba. Y esa curiosidad se contagia. Uno termina «Informe del Interior» con la sensación de que ha acompañado a alguien en un viaje. No hay moraleja (gracias a Dios) . No hay lección. Hay, apenas, un gesto: el de volver la mirada y ver.
«Desentierra las viejas historias, escarba por ahí, a ver qué encuentras, luego pon los fragmentos a la luz y échales un vistazo. Hazlo. Inténtalo».
Eso dice Auster al final. Es una invitación. Y uno, al cerrar el libro, siente que tal vez valga la pena aceptarla para recordar que alguna vez todo estuvo vivo. Y que quizá, en algún rincón de la memoria, aún lo está.
¿Qué tal?
Pues que es formidable. Y no hace falta añadir nada más.
Gracias por acompañarme.

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Algunos de mis libros publicados son: Convite de Cenizas (2002), Tras la piel (2004), En este lado de la muerte (2014), El orden natural de las cosas (2015), La Sangre del Marabú (2020), La Sexta Caballería de Kansas (2024) y La Nada Infinita (2024)


🇺🇸 «Interior Report» (ES/EN)
“In the beginning, everything was alive. The smallest objects had beating hearts, and even the clouds had names. Scissors walked, telephones and coffee makers were first cousins; eyes and glasses, siblings. The clock had a human face, each pea on your plate possessed a different personality, and the grille on your parents’ car was a smiling mouth with numerous teeth. Pencils were airships; coins, flying saucers. Tree branches were arms. Stones could think, and God was everywhere.”
How about that?
This is how Paul Auster begins “Report from the Interior,” and it’s a knockout blow. Nothing will ever be the same.
Is there, perhaps, a more overwhelming and beautiful description of childhood? Maybe there is. But this one is formidable.

Because Auster unearths a world. And when you read that, you can't help but wonder: when did we lose that perspective? At what point did we stop seeing the living and start seeing the inert?
Auster asks himself the same question. And the book is born from that question.
"Interior Report" is not a typical autobiography. There is no chronological account or accumulation of facts. What there is is an inquiry. An investigation. Auster makes himself the object of study, never from narcissism, but from perplexity. Because he doesn't really know who that boy was who saw gods in the clouds and then became a man who writes to understand. And that ignorance, far from being a flaw, is the driving force behind everything.
The book is divided into two parts. In the first, Auster reconstructs his childhood and adolescence in New Jersey through sensations: the smell of the house, the light in the kitchen, his mother's voice, his father's silence. This intimate geography that shapes us without our knowledge is explored by Auster with clean, unadorned prose, for he doesn't need artifice to move us. What moves us is not a pretty phrase, but the truth of what is said. And here there is truth.

The second part shifts gears. Auster becomes an investigator of his own history. He delves into the life of his father, a man who was an enigma to him. He reviews letters, documents, photographs. He travels to the places where his father lived. And what he finds is a blurred face, a man who didn't know how to reveal himself, who left more questions than answers. But Auster doesn't dwell on complaint or family drama. He accepts this emptiness as part of who he is. There is no easy catharsis. There is, simply, the realization that sometimes we don't even get to know those who gave us life.
What sustains the book, more than the anecdotes themselves, is the tone that Auster has honed over decades: direct, uncompromising, yet without harshness. As if he were speaking softly, unhurriedly, knowing that the reader is ready to listen. There is no dazzling effect here. Auster pushes, asks questions again, sometimes contradicts himself. And in that contradiction, in that honesty that doesn't seek to please, lies the strength.
It is not a somber book. Because Auster doesn't write from defeat, but from the curiosity still retained by the little man he once was, the one who looked at the world and questioned it. And that curiosity is contagious. One finishes "Interior Report" with the feeling of having accompanied someone on a journey. There is no moral (thankfully). No lesson. There is, merely, a gesture: that of turning around and seeing.
"Unearth the old stories, dig around, see what you find, then bring the fragments to light and take a look at them. Do it. Try it."
That's what Auster says at the end. It's an invitation. And when you close the book, you feel that perhaps it's worth accepting it to remember that everything was once alive. And that perhaps, in some corner of memory, it still is.
What do you think?
Well, it's fantastic. And nothing more needs to be said.
Thank you for joining me.

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Some of my published books are: Convite de Cenizas (2002), Tras la piel (2004), En este lado de la muerte (2014), El orden natural de las cosas (2015), La Sangre del Marabú (2020), La Sexta Caballería de Kansas (2024), and La Nada Infinita (2024)

Qué manera de abrir un libro, amigo. Ese párrafo de Auster me hizo detenerme y releerlo varias veces, porque es como si hubiera estado mirando dentro de mi cabeza y hubiera sacado esos recuerdos que uno tiene guardados en un cajón polvoriento. Y es verdad, todos hemos sido ese niño que veía vida en todo, que le ponía nombre a las nubes, que sentía que las piedras podían pensar y que Dios estaba en todas partes. Yo recuerdo mirar las ramas de los árboles y ver brazos moviéndose, o sentarme en el parque y jurar que la fuente me hablaba. Y luego, sin saber cómo, esa mirada se fue desdibujando, como si el mundo se hubiera vuelto gris y las cosas hubieran perdido su alma. Y eso me hace pensar en todo lo que hemos estado charlando estos días, en esa obsesión por el siguiente paso, por el voto que viene, por la recompensa que nos espera, mientras se nos va de las manos lo esencial, que es esa capacidad de asombrarnos, de detenernos a mirar con ojos de niño.
Porque Auster se pregunta en ese libro, y yo me pregunto con él, ¿en qué momento dejamos de ver lo vivo para empezar a ver lo inerte? Y aquí, en este ecosistema que compartimos, pasa algo muy parecido. Llegamos con esa chispa, con esa curiosidad genuina por el otro, por lo que escribe, por lo que comparte, por esa foto que tomó bajo la sombra de un árbol sintiendo la brisa. Y luego, sin darnos cuenta, empezamos a medir, a comparar, a correr detrás de números que no nos dicen nada sobre la calidad de lo que estamos haciendo. La intuición, esa voz que nos hablaba cuando éramos niños y que incluso los bebés traen puesta al nacer, se va apagando, tapada por el ruido de las estadísticas y la necesidad de ser más, de tener más, de llegar más lejos. Pero Auster nos recuerda, sin decirlo directamente, que vale la pena desenterrar esa mirada, que incluso en la edad adulta podemos volver a preguntarnos, a indagar, a buscar esa verdad que no está en los datos sino en las sensaciones, en el olor de la casa, en la luz de la cocina, en la voz de alguien que nos leyó con atención.
Y déjame que te cuente algo que a mí me dio mucho que pensar cuando lo leí, y que quizá pasó desapercibido en tu primera lectura. Fíjate que Auster no solo reconstruye su infancia en la primera parte, sino que en la segunda, cuando investiga la vida de su padre, lo que hace en realidad es una doble arqueología. Porque mientras desentierra los huesos de la historia paterna, está desenterrando también su propia incapacidad para haber visto a su padre como un niño ve las cosas, es decir, con esa mirada viva que todo lo animaba. El padre es el gran objeto inerte de su vida, el gran "no vivo" al que no supo ponerle nombre ni alma. Y ahí está la clave que Auster no explicita, pero que a mí me parece que atraviesa todo el libro: la pérdida de la mirada infantil no es solo un asunto de edad, es también un asunto de no haber sabido mirar a quienes teníamos al lado con esa misma luz. Porque si las piedras podían pensar, si los lápices eran dirigibles y las monedas platillos volantes, ¿cómo no iba a poder pensarse también el silencio de un padre, cómo no iba a poder animarse su ausencia, su distancia, su opacidad? Eso me parece que le da al libro una hondura que va más allá de la nostalgia, algo que uno no ve a simple vista pero que está ahí, palpitando, esperando que alguien lo note. Y me quedo con esa invitación final, ese "desentierra las viejas historias, escarba por ahí, a ver qué encuentras, luego pon los fragmentos a la luz y échales un vistazo". Porque eso es lo que hacemos cuando nos detenemos a leer con calma, a comentar con el corazón, a regalarle a alguien nuestra atención sin esperar nada a cambio. Estamos desenterrando esa parte nuestra que todavía cree que las palabras pueden tener vida, que un comentario sincero puede ser como esa mano que ayuda a levantarse, que una comunidad se construye desde la curiosidad y no desde la prisa. Y tal vez, como Auster, no encontremos respuestas definitivas, ni moralejas, ni lecciones. Pero sí ese gesto, ese movimiento de volver la mirada y ver, de recordar que alguna vez todo estuvo vivo y que quizá, en algún rincón de la memoria, aún lo está, esperando que le prestemos atención. Gracias por traer este texto, amigo, porque me ha recordado que, como los niños que fuimos, todavía podemos mirar el mundo y preguntarnos, y que en esa pregunta, en esa búsqueda, está lo que realmente vale la pena.
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Una clase tu comentario es, amigo psiquiatra, un ensayo sobre esa magnitud que es mirar y saber lo que se ve, y te agradezco mucho.
Un abrazo grande 💎