
Hace un año mi mayor miedo se hizo realidad: mi abuelita por parte de madre murió y, aunque fue una muerte natural que todos esperábamos, yo sabía que una parte de mí se iría con ella. Todos esos momentos y risas que vivimos juntas, todos esos secretos que se llevó consigo, se convirtieron en un vacío que aún intento aprender a habitar. El duelo no es una línea recta, es un océano profundo. Hace un año, el mundo se detuvo para mí, aunque para el resto del planeta el tiempo siguiera su curso implacable. Cuando una abuela se va, no solo se despide una persona; se despide la guardiana de los secretos, la mujer que poseía la receta exacta para curar las tristezas con un abrazo o una palabra cómplice. Es curioso cómo, a pesar de que la muerte fuera esperada, el impacto en el alma es sísmico. La lógica no entiende de sentimientos; sabía que ese día llegaría, pero el corazón nunca está realmente preparado para el silencio que deja una ausencia tan grande. Ese "pedazo de mí" que se fue con ella es, en realidad, el reflejo de todo lo que ella me enseñó a ser. Cada vez que actúo con bondad, cada vez que río con esa chispa que ella me heredó, ella vive. Esos secretos que se llevó no están perdidos; están guardados en el tejido de mi propia identidad, esperando el momento en que, quizás, yo los entienda mejor a través de mis propias vivencias. El dolor que recorre mi cuerpo es físico, casi tangible, porque el amor que sentía por ella no era solo un sentimiento abstracto; era una conexión profunda, de piel y de recuerdos. Recordar las risas compartidas es un arma de doble filo: por un lado, es el consuelo más hermoso, la prueba de que existió una complicidad única; por otro, es la evidencia de que ese espacio ahora está vacío. Pero ese dolor es simplemente el amor que no tiene a dónde ir, y por eso se queda ahí, transformándose poco a poco en gratitud. Mirar al cielo y buscar esa estrella que lleva su nombre es un acto de fe y de amor puro. No es solo una metáfora; es mi forma de decirle al universo que ella sigue presente. Las abuelas tienen esa capacidad mágica de trascender el tiempo. Ellas nos construyen con sus historias, nos moldean con sus consejos y, cuando ya no están, se convierten en nuestra brújula interna. Esa estrella que brilla con más fuerza no es solo un punto en el firmamento, es la luz de su legado que me guía en los días nublados. Hoy, un año después, me permito sentir todo lo que necesito. Ella no solo me cuida desde el cielo; me cuida desde mi memoria, desde la fuerza que saco cada mañana. Ella no es una ausencia, sino una presencia distinta. Es la paz que encuentro en los momentos de calma y el impulso que me hace seguir adelante. Mi abuelita me dejó lo mejor de sí misma, y mientras yo siga contando su historia, ella nunca dejará de caminar a mi lado. La estrella que más brilla en el cielo tiene su nombre, y yo, desde aquí, seguiré honrando su luz.
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