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◈ Holos&Lotus

La Feria de los Domingos en el Área de Tenis, Matanzas: Entre la Necesidad y la Imposibilidad

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Cada domingo, el área de Tenis en Matanzas se transforma. Lo que durante la semana es un espacio relativamente tranquilo se convierte en un hervidero de gente, voces, olores y deseos. Es la gran feria: esa concentración semanal de puestos que ofrecen desde productos de aseo personal y limpieza del hogar, pasando por alimentos de todo tipo, hasta electrodomésticos, utensilios de cocina, ropa, zapatos y mil cosas más que uno mira y piensa, casi sin querer: “esto me hace falta… aquello también… y aquello otro”.
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La feria es grande. Realmente grande. Uno camina entre los puestos y encuentra jabones, detergentes, pasta dental, desodorantes, papel higiénico, aceite, arroz, frijoles, azúcar, carne, pollo, huevos, ventiladores, ollas arroceras, planchas, batidoras, y un sinfín de artículos que en cualquier otra circunstancia serían simplemente “cosas que se compran”. Aquí, sin embargo, se convierten en objetos de deseo y, al mismo tiempo, en fuente de frustración.
Porque la realidad es dura: la mayoría de las personas que caminan por esa feria no pueden comprar casi nada. No porque no quieran, sino porque no pueden. Y hay dos razones principales que se repiten una y otra vez en las conversaciones de quienes van y vienen con las manos vacías.
La primera es el dinero en efectivo. Casi ningún puesto acepta transferencias bancarias. Ni Transfermóvil, ni Enzona, ni ninguna de las plataformas que en teoría deberían facilitar la vida. El comercio se hace en efectivo, en billetes físicos. Y eso, en la Cuba de hoy, es un problema enorme. Muchas personas tienen el dinero en la cuenta, pero no logran extraerlo. Los cajeros automáticos fallan, se quedan sin efectivo, o simplemente no funcionan. Las colas para sacar dinero son kilométricas y a veces infructuosas. Entonces llegas a la feria, ves exactamente lo que necesitas, calculas que te alcanza… y te das cuenta de que no tienes los billetes en la mano. La transferencia no sirve. El vendedor mira hacia otro lado. Y tú te vas con las manos vacías, cargando la misma necesidad con la que llegaste.
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La segunda razón es el precio. Todo está caro. Extremadamente caro. Un paquete de detergente, un litro de aceite, un kilo de pollo, un ventilador básico… los números suben y suben. Para salir de la feria con lo mínimo indispensable —productos de aseo para la casa y la higiene personal, algo de comida básica y tal vez un electrodoméstico pequeño que se haya roto— se necesitan fácilmente más de cincuenta mil pesos cubanos. Cincuenta mil. Una cifra que para muchas familias representa varias semanas o incluso meses de salario, o el resultado de un esfuerzo enorme de ahorro que se esfuma en una sola mañana de domingo.
Uno camina y repite mentalmente la misma frase: “Esto me hace falta. Aquello me hace falta. Y aquello otro también”. El jabón que se está acabando. El aceite que ya no alcanza. El ventilador que dejó de funcionar en medio del calor. El arroz que hay que comprar antes de que se agote. Cada puesto es una tentación y, al mismo tiempo, un recordatorio de lo lejos que está el bolsillo de la necesidad. Miras la cartera (o el celular, donde está el saldo que no puedes usar) y la respuesta es siempre la misma: no alcanza. O alcanza para una cosa, pero no para las otras. Entonces hay que priorizar, renunciar, volver a casa con menos de lo que se necesitaba y con la certeza de que la próxima semana será igual o peor.
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La feria de los domingos en el área de Tenis no es solo un mercado. Es un espejo de la vida cotidiana de miles de matanceros. Es el lugar donde se juntan la oferta (a precios que muchos no pueden pagar) y la demanda (de personas que necesitan desesperadamente esos productos). Es el escenario donde se hace visible el absurdo de tener dinero digital que no se puede usar y de enfrentar precios que convierten lo básico en un lujo.
Mientras no se resuelva el problema de las transferencias —mientras los vendedores no acepten pagos digitales de forma generalizada y los cajeros no garanticen el efectivo— y mientras los precios sigan por las nubes, la feria seguirá siendo, para la mayoría, un espacio de contemplación más que de compra. Un lugar donde uno va, mira, calcula, suspira y se va. Porque ver lo que se necesita y no poder adquirirlo duele. Y duele cada domingo.
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Así es la feria de Tenis en Matanzas. Grande, variada, llena de productos… y, para demasiadas personas, inaccesible.

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