El sabor de un mundo que todavía no conozco 🍃🥝

Hay sabores que uno prueba una sola vez y se quedan guardados en la memoria como si fueran una fotografía.
En mi caso, ese sabor fue el kiwi.
Puede parecer extraño decir que una fruta marcó un momento de mi vida, pero en Cuba hubo una época en la que algunas cosas aparecían de vez en cuando y parecían pequeños tesoros. Recuerdo cuando existía el CUC y en algunas tiendas vendían potes de yogur de kiwi. Un día lo probé y descubrí un sabor que no sabía ni cómo describir: un poco ácido, un poco dulce, algo diferente, refrescante… como si la fruta tuviera su propia personalidad.
Desde ese momento entendí por qué hay sabores que pueden atraparnos. El kiwi se convirtió en mi fruta favorita, aunque la realidad es que casi nunca he tenido la oportunidad de disfrutarlo como fruta fresca.
Y ahí comienza mi curiosidad por esas frutas que existen en otras partes del mundo y que para muchos son algo cotidiano, pero para nosotros en Cuba parecen sacadas de una película.
Me gustaría algún día probar un mangoestén de Asia, con su fama de ser una de las frutas más deliciosas del planeta. También sentir el sabor del rambután, esa fruta con apariencia extraña que parece salida de un mundo fantástico. Probar una pitahaya o fruta del dragón, una carambola recién cortada, un lichi fresco o incluso frutas que quizás todavía ni conozco porque cada país guarda sus propios secretos naturales.
Lo curioso es que la Tierra está llena de colores y sabores, pero muchas veces las fronteras, la economía y la falta de importaciones hacen que algunos de esos regalos de la naturaleza nunca lleguen hasta nuestras mesas.
En Cuba tenemos frutas maravillosas: el mango, la guayaba, la mamey, la papaya, el coco… sabores que forman parte de nuestra identidad. Pero también existe esa pequeña curiosidad de mirar más allá y preguntarnos: "¿A qué sabrá aquello que nunca hemos probado?"
Quizás algún día pueda caminar por un mercado lleno de frutas de todo el mundo, elegir una que nunca haya visto y darle un primer mordisco. Tal vez sea una experiencia sencilla, pero para alguien que pasó años imaginando esos sabores, sería como descubrir un nuevo planeta.
Mientras tanto, sigo recordando aquel yogur de kiwi que apareció en una tienda hace años y que, sin saberlo, me abrió una ventana hacia un mundo de sabores desconocidos.
Porque a veces una pequeña fruta no solo alimenta el cuerpo… también alimenta la imaginación. 🥝🌎
También pienso que cada fruta tiene una historia detrás. Quizás alguien en otro país creció comiendo una fruta que para ellos es tan común como para nosotros un mango en verano. Esa diferencia es lo bonito de la diversidad del mundo: descubrir que la naturaleza tiene miles de formas de sorprendernos.
Tal vez algún día pueda sentarme frente a una mesa llena de frutas desconocidas, probarlas una por una y sentir esa misma emoción que sentí con aquel primer yogur de kiwi. Porque al final, viajar también es conocer sabores, y hay lugares del mundo que quizás primero visitamos con el paladar antes que con los pies.


2 comments
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STOPYo ando igual; existen tantos sabores que me gustaría catar; y el problema es que nuestros países, Venezuela y Cuba, tienen limitaciones para el acceso de estos frutos, como la fruta dragón o el kiwi; pero bueno.
Vendrán tiempos mejores.
Gracias, @andrealove