¿Por qué se asustaría un niño con los duendes si juegan con él?

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PLATAFORMA: Hive
FECHA: Sábado 30 de mayo de 2026.
Área: Narrativa personal

Hola qué tal?

En estos días me ha venido el recuerdo recurrente de cuando me perdieron los duendes en una ranchería del pueblo don de nací. Actualmente la zona costera de Veracruz se conoce como Costa Esmeralda. Por aquellos años sólo se conocían los pueblos que agrupan Costa Esmeralda. Cada Pueblo tuvo su origen en los repartos de tierras. Así que los ejidatarios tenían una parcela y su lote en el pueblo donde normalmente se establecía la casa.
Y como he leído notas de que los niños se asustan al ser tomados por los Duendes, también conocidos como Chaneques, pues me di a la tarea de contar mi historia desde mis recuerdos más nítidos.
Bueno, para darle un poco de sabor a este pasaje de mi vida, digamos que es parte de mi sección que llamo

Cuentos que si son cuentos

Y entonces me vino a la mente la pregunta:

¿Por qué se asustaría un niño si los duendes juegan con él?

Ocurrió hace mucho tiempo…
Eran los años setentas, en una parcela de mi abuelo Rubén que era parte del pueblo donde nací; La Guadalupe, Veracruz. El arroyo pasaba cerca, le llamamos El Riachuelo. Curiosamente donde desemboca el riachuelo el pueblo se llama Riachuelos. Quedó poco comunicado a raíz de un cambio de la construcción del puente de Gutiérrez Zamora. A diferencia de otros ríos el agua toma un tono cobrizo, quizás por los restos de hojas secas de los manglares que se unen al Riachuelo al caer.

Y bueno, regresando a los duendes; a mí me perdieron, me desviaron del camino a orillas de una ciénega cuando era pequeño. Habré tenido unos cinco años y recuerdo cómo estaba caminando en dirección hacia la parte cenegosa. Yo iba riendo con esos seres pequeños, como yo. No recuerdo haber sentido miedo. Tampoco recuerdo haber intercambiado una sola palabra con los duendes. Sólo recuerdo como saltaban y reían mientras me guiaban por un camino que parecía fácil de seguir. Tenían la piel rojiza. No tenían pelo. Se desplazaban al interior de la ciénega sin dificultad, saltando de un lado a otro. Y no recuerdo que hayan querido hacerme daño. Al parecer nos la pasamos carcajeando mientras caminábamos.
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(Hice un collage de imágenes para la cubeta de maíz)

Me encontraron porque mis padres siguieron los granos de maíz de nixtamal que se iban cayendo mientras yo llevaba una cubeta llena de maíz nixtamalizado.
Vivíamos a orillas de una ciénega. Era la parcela de mi abuelo, como ya mencioné antes y por un lado estaba mi tío Felipe y mi tía Inocencia, y por otro lado estábamos nosotros.
Devolviendo el nixtamal a mi tía
Mi madre le había pedido prestado nixtamal a mi tía unos días antes. Y ese día por la tarde mi madre había cocido maíz, había terminado de hacer el nixtamal. Así que tocaba devolver el nixtamal a mi tía.

–¡Llévale el nixtamal a tu tía! Chencha (así le decíamos).
El atardecer estaba por morir. Justo tenía el tiempo para llevarle el nixtamal a mi tía antes del anochecer.
Mientras caminaba, por alguna razón tomé un camino que me alejaba de la orilla de la ciénega. Yo veía el camino fácil de caminar, como una vereda rodeada de los pastos de la ciénega. Y de repente habré perdido la noción de a dónde iba ya que estaba riendo y jugando con esos seres extraños mientras caminaba con la cubeta en la mano derecha. La cubeta estaba tan llena, copeteada que los granos de maíz iban cayendo sobre las hierbas. El nixtamal, al caer, se asentaba firmemente en el suelo por el peso húmedo que le queda después de la cocción. Además, lo pegajoso del nixtamal ayudaba a que se quedara sobre la maleza. Los granos de color amarillo fueron la señal que más tarde ayudaría a mis padres a encontrar el rastro del camino que había tomado.
Lo único que recuerdo que me contaron mis padres es que me encontraron riendo.
Al ver que empezaba a anochecer fueron a casa de mi tía Chencha. Le preguntaron si había llegado con el nixtamal.
_¡Buenas tardes Chencha! ¿Ya te trajo el Nixtamal Alfredo?
–No. Aquí no ha venido Alfredo. Y hemos estado en casa toda la tarde.
Mucho más preocupados que unos minutos antes... se miraron para intercambiar qué seguía hacer.
Así que se dieron a la tarea de buscarme antes de que cayera la noche, regresando por el camino habitual que yo había tomado. Llevaban un par de candiles porque ya empezaba a pardear. Lo bueno es que encontraron los granos de maíz antes de que la luz de la tarde se desapareciera por completo. Me llamaban por mi nombre, pero yo no escuchaba nada ya que estaba muy entretenido con esos seres de mi tamaño pero que saltaban de un lado a otro con tal facilidad que me hacían reír.

Pues esa es mi historia con los duendes. Y esta misma me ha llevado a curiosear sobre lo que se dice sobre los duendes en mi cultura. Y lo que he encontrado me ha dejado sorprendido.
Creo que lo dejo para otro post en el que describiré los aspectos culturales de los duendes o los chaneques en Veracruz.

¡Fructífera y regocijante jornada!

¡Feliz fin de semana!

[Nota: Me encantó la imagen generada con qwen.ai, pero tuve que hacer algunas correcciones haciendo collage de imágenes para darle más vida al maíz, al nixtamal, otras imágenes que me generó la IA no tenían esa expresión de inocencia y regocijo. Creo que me llevó más tiempo la imagen que el texto :))]



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Tu enfoque funciona muy bien porque no conviertes a los duendes en monstruos, sino en una presencia ambigua: traviesa, fascinante y desorientadora. En la tradición de los chaneques en México —muy fuerte en Veracruz— suelen aparecer como seres pequeños ligados al monte, al agua y a los parajes apartados; no siempre dañan, pero sí “pierden” a la gente, sobre todo a los niños, y justo por eso el susto no necesariamente viene del juego, sino de descubrir que ya no sabes volver. Eso encaja bastante con lo que cuentas: risa, confianza, ausencia de miedo al principio y luego la desviación del camino Cultura Genial Conoce Veracruz El Momento Veracruz.

La pregunta que dejas —“¿Por qué se asustaría un niño si los duendes juegan con él?”— está buena porque le da la vuelta al cliché. La respuesta más fuerte, narrativamente, es esta: un niño no se asusta del juego; se asusta cuando entiende que el juego no lo controla él. Ahí está el filo del recuerdo: primero hay maravilla, luego extrañeza, luego la posibilidad de perderse. Eso tiene más fuerza que pintar a los chaneques como simples “malos”.

También suma mucho el anclaje local: La Guadalupe, el Riachuelo, la ciénega, el agua cobriza, los manglares. Ese detalle aterriza el relato y lo vuelve creíble incluso para quien no comparta la creencia. El folklore vive de eso: de un lugar concreto donde “a alguien sí le pasó”, no de una leyenda flotando en el aire.

Si quieres pulir el texto, yo reforzaría tres cosas:

  • Entrar antes al episodio: la introducción es buena, pero la escena con los duendes es lo más potente; conviene llegar ahí un poco más rápido.
  • Cortar justo donde nace la inquietud: cuando el niño deja de seguir por curiosidad y empieza a seguir sin entender.
  • Rematar con una frase seca: algo como “No les tuve miedo mientras reían. El miedo empezó cuando comprendí que ya no iba por mi camino.”

Y sí: el valor del relato está en que no suena a moraleja, suena a memoria. Eso le da peso. En vez de explicar demasiado si eran reales o no, te conviene dejar esa grieta abierta. Ahí vive el cuento.

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Pero de verdad que no encuentro ningún pedazo de recuerdo de miedo. Quizás ese miedo sólo existe en los adultos al echar una mirada retrospectiva de lo que pudo ocurrir catastróficamente. Por ejemplo, otro recuerdo que tengo es una vez que me detuve a ver una serpiente en un hoyo en el camino de una ranchería a la escuela del pueblo. Mi curiosidad por ver cómo lanzaba la arena hacia afuera me hizo acercarme a ver y pude ver los colores brillantes de la serpiente. No sentí miedo. Tendría unos 7 años. Años después cuando vi que esos colores que vi eran los del coralillo entonces se me enchinó la piel al imaginar una mordedura mortal de esa serpiente. Bueno, veo que se puede mejorar la narración con los puntos que mencionas. Anotado y tomado en cuenta Rafiki.

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Sí, esa lectura tiene más sentido: de niño manda la curiosidad y el peligro entra después, cuando ya tienes el mapa adulto de “lo que pudo haber pasado”. La psicología del desarrollo lleva años mostrando que la percepción del riesgo y ciertos miedos cambian con la edad, no porque el recuerdo sea falso, sino porque el significado del recuerdo madura después PMC Taylor & Francis. Tu ejemplo del coralillo lo clava perfecto: el miedo no estaba en la escena, estaba en la interpretación tardía; como recurso narrativo, eso es mejor porque vuelve la memoria más honesta y más inquietante. Y sí, esa tensión entre inocencia y retrospectiva puede afilar mucho el texto, igual que en tu forma de contar experiencias vividas en posts como este de @aljif7.

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Fabuloso encuentro con la memoria de los duendes ✨🌞🌟💫

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Gracias por tu amable comentario!

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Si la intención es no hacer daño... entonces para qué desorientar y hacer perder? 🤔

¿Para qué yo desorientaría a un niño en medio de la nada, a menos que quiera "divertirme" con él causándole miedo por hallarse perdido y por tanto, traumarle... Y en última instancia hacerle daño?

No sé. No estoy seguro de que solo querían divertirse y nada más.

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Muy buena pregunta. Mira que no lo había visto desde esa mirada. Supongo que lo que me salvó fue que me encontraron, de lo contrario quién sabe qué me habrían hecho. Recuerdo que contaban historias de niños que se los llevaban los duendes y si no los encontraban en cierto tiempo, no sé si 24 horas, pues ya no podían regresar.
Y bueno, suponiendo que no te dejen regresar al mundo 'normal', sería difícil saber que hacen con los niños que se llevan. Hay quienes dicen que los convierten a duendes, otros dicen que los hacen trabajar para ellos.
También me queda la incógnita, si te desaparecen, ¿qué pasa con el cuerpo?
En fin, cosas que pasan, y preguntas que se quedan sin respuesta.

Gracias por tu comentario!

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