Never humiliate anyone / Nunca humilles a nadie (eng-esp)
Greetings, friends of @holos-lotus.
There's a story about two farmers who encounter a genie, and he grants each of them a wish. One wished for plenty of healthy, fat cattle and a prosperous farm. The other, envious of him, instead of wishing his farm would be better than his neighbor's, wished that the other's farm would be worse than his own.
Some see this story as a joke, others as a moral lesson.
I belong to the second group.
This story reflects a harsh truth: some people, unable to climb the ladder through their own effort and hard work, enjoy humiliating and belittling others in order to advance their careers.
Today I want to talk to you about why this attitude is not only despicable but also demonstrates a profound weakness.

The first thing we must understand is that good people, those with true inner strength, don't need to belittle or humiliate anyone to feel good and fulfilled.
Their security doesn't depend on someone else being beneath them. Much less do they believe they are superior to anyone. The need to humiliate is, in reality, the recourse of someone who doesn't control their temper. It's the easy answer of someone who doesn't know how to manage their own insecurity, frustration, or envy.
Instead of confronting these uncomfortable feelings and working on themselves, they project that discomfort onto others, trying to diminish them in order to feel, by comparison, a little bigger.
This is an avoidance mechanism (absurd and superficial), not a way to overcome challenges.
When you humiliate someone, you gain nothing of value. All you achieve is a loss of dignity.
You might, in the moment, feel a surge of power, a momentary gratification of the ego. But that ego is insatiable and fragile. Feeding your ego is not the same as cultivating virtue.
Humiliation is a clear sign of weakness, not strength. It shows that your position is so precarious that you believe it can only be sustained by stepping on others.
True strength is shown in the ability to lift others up, to collaborate, to recognize the merit of others without feeling threatened by it.
Every time you humiliate, you degrade yourself. You become the person in the story who would rather watch their neighbor's farm burn than cultivate their own.
The alternative, the path that truly leads to a fulfilling life, is different.
Each person must learn to know themselves deeply: to know their virtues and, above all, to honestly accept their flaws. It's about humbly accepting the truth of who we are and the limits of our actual capabilities at this moment.
Of course, this is not an act of complacency, but rather of being clear about our essence. From this sincere acceptance, without lies or vanity, we can begin to build our own ideal, our purpose, and our continuous improvement. The essence lies not in comparing yourself to others, but in self-knowledge.
Therefore, the most liberating principle you can adopt is this: don't strive to be better than anyone else. That race is endless, exhausting, and poisoned by bitterness.
Your only legitimate competition is yourself. You simply have to be better than your past self. And tomorrow, surpass yourself again.
When you focus your energy on this personal improvement, envy disappears. The success of others ceases to be a threat and can even become an inspiration.
You no longer need anyone else to fail for you to feel successful, because your measure is internal. Climbing the ladder while leaving a trail of contempt is a false and hollow victory.
True height is reached with integrity, rising on the firm ground of one's own effort and respecting the path of others. In the end, the farm you cultivate with your own hands, without worrying about burning down your neighbor's, is the only one that truly bears fruit.

Saludos, amigos de @holos-lotus.
Hay una historia sobre dos campesinos que se encuentran a un genio y este le concede un deseo a cada uno. Uno pidió tener mucho ganado, gordo, saludable y una finca próspera.
El otro, que le tenía envidia, en vez de pedir que su finca fuera mejor que la de su vecino, deseó que la del otro estuviera más jodida que la de él.
Algunos ven esta historia como un chiste, otros como una moraleja.
Yo soy del segundo grupo.
Esta historia refleja una verdad cruda: hay personas que, para escalar posiciones, ya que no pueden ascender por esfuerzo y trabajo propio, gustan de humillar y rebajar a los demás.
Hoy quiero hablarles de por qué esa actitud no solo es ruin, sino que demuestra una profunda debilidad.

Lo primero que debemos entender es que las buenas personas, aquellas con verdadera fortaleza interior, no necesitan rebajar o humillar a nadie para sentirse bien y plenas.
Su seguridad no depende de que alguien más esté por debajo. Mucho menos se creen superiores a nadie. La necesidad de humillar es, en realidad, el recurso de quien no domina su carácter. Es la respuesta fácil de quien no sabe gestionar su propia inseguridad, su frustración o su envidia.
En lugar de enfrentar esos sentimientos incómodos y trabajar en sí mismos, proyectan ese malestar sobre otros, intentando hacerlos más pequeños para sentirse, por comparación, un poco más grandes.
Este es un mecanismo de evasión (absurdo y superficial), no de superación.
Cuando humillas a alguien, no ganas nada de valor. Lo único que consigues es perder dignidad.
Puede que, en el momento, sientas una descarga de poder, una saciedad momentánea del ego. Pero ese ego es insaciable y frágil.
Alimentar tu ego no es lo mismo que cultivar la virtud.
La humillación es un signo claro de debilidad, no de fortaleza. Demuestra que tu posición es tan precaria que crees que solo se puede sostener si pisas a los demás.
La verdadera fuerza se muestra en la capacidad de levantar, de colaborar, de reconocer el mérito ajeno sin sentir que amenaza el tuyo.
Cada vez que humillas, te degradas a ti mismo. Te conviertes en la persona de la historia que prefiere ver arder la finca del vecino antes de cultivar la suya.
La alternativa, el camino que realmente conduce a una vida plena, es otro.
Cada uno debe aprender a conocerse a fondo: conocer sus virtudes y, sobre todo, aceptar sus defectos con honestidad. Se trata de aceptar con humildad la verdad de cómo somos y hasta dónde llegan nuestras capacidades reales en este momento.
Por supuesto, esto no es un acto de conformismo, sino de estar claros de nuestra esencia. A partir de esa aceptación sincera, sin mentiras ni vanaglorias, es cuando podemos empezar a construir nuestra propia entelequia, nuestro propósito y nuestra mejora continua.
La esencia no es la comparación con otros, sino el conocimiento de uno mismo.
Por eso, el principio más liberador que puedes adoptar es este: no busques ser mejor que nadie. Esa carrera es infinita, desgastante y envenenada por la amargura.
Tu única competencia legítima eres tú. Solo tienes que ser mejor que tu versión de ayer. Y mañana, volver a superarte a ti mismo.
Cuando enfocas tu energía en esa mejora personal, la envidia desaparece. El éxito de los demás deja de ser una amenaza y puede convertirse incluso en inspiración. Ya no necesitas que nadie fracase para que tú te sientas exitoso, porque tu medida es interna.
Escalar posiciones dejando una estela de desprecio es una victoria falsa y hueca. La verdadera altura se alcanza con integridad, levantándose sobre el terreno firme del propio esfuerzo y respetando el camino de los demás.
Al final, la finca que cultivas con tus propias manos, sin estar pendiente de incendiar la del vecino, es la única que da frutos de verdad.



muy buena reflexión
very good reflection