Quien se mira a sí mismo no ilumina (eng-esp)
Saludos, amigas!
He pasado temporadas enteras de mi vida encerrada en el análisis obsesivo de mis propias motivaciones, mis defectos, mis traumas y mis pequeños logros. Creía, con la soberbia del principiante, que para escribir sobre la condición humana debía primero diseccionar la mía hasta su última partícula.
Llenaba diarios, hacía listas interminables de mis características, desmenuzaba cada interacción social buscando pistas sobre mi propio carácter. Era como vivir dentro de un laberinto de espejos. Todo lo que veía era un reflejo de mí misma, distorsionado por mis miedos o amplificado por mi ego. El resultado no fue una gran obra ni una profunda sabiduría personal. Fue parálisis. Una parálisis elegante y muy analítica, pero parálisis al fin.
Porque quien solo se mira a sí mismo se apaga. La luz, la verdadera iluminación que da sentido y profundidad a la vida y al trabajo, no surge de la introspección infinita. Surge del choque, del roce, del interés genuino por lo que está fuera de ti. Me di cuenta cuando, en medio de una de esas crisis de auto-obsesión, me forcé a salir a caminar sin otro objetivo que observar.
No a observar mis pensamientos, sino a observar el mundo. Vi a una anciana en el mercado regatear con una sonrisa pícara, y en lugar de preguntarme qué me evocaba a mí, me pregunté por su historia. Escuché a dos adolescentes hablar con una urgencia tremenda sobre un problema que desde mi edad parecía trivial, y en lugar de sonreír con condescendencia, intenté recordar esa misma urgencia. Dejé de ser el centro del universo por un momento, y el universo comenzó a hablarme.
Como escritora, esto fue una revolución. Los personajes que creaba cuando solo me miraba a mí misma eran versiones planas de mis propias neurosis. Eran vehículos para mis ideas, no personas con vida propia.
Cuando levanté la vista y empecé a mirar a los demás con verdadera curiosidad—no como espejos, sino como mundos completos y ajenos—mi escritura cobró una densidad que antes no tenía. La iluminación no viene de preguntarte "¿qué significa esto para mí?" una y otra vez. Viene de preguntar "¿qué es esto?", "¿cómo funciona?", "¿qué siente esa persona?".
La energía que antes gastaba en dar vueltas sobre mis mismos pensamientos, ahora la gasto en absorber lo que me rodea.
Esto no significa abandonar el autoconocimiento. Significa entender que el autoconocimiento más valioso no se encuentra en la contemplación narcisista, sino en la acción y en la reacción con el exterior. Te conoces cuando ves cómo tratas al camarero que está saturado de trabajo. Te conoces cuando decides defender una idea en una discusión. Te conoces cuando fracasas en un proyecto y observas tu respuesta real, no la que te gustaría tener.
Mirarte a ti misma de manera constante es como intentar leer un libro pegando la nariz a las páginas: no ves la historia, solo ves la textura del papel y tu propio aliento empañándolo. Para iluminar algo—una habitación, una idea, una página—necesitas dirigir la lámpara hacia fuera. La luz que rebota será la que, de verdad, te muestre quién eres y dónde estás parada. Yo ya no quiero ser un espejo. Quiero ser una ventana.




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