Crónicas de lo Absurdo #27. La vaca intocable. [ES/EN]


🇪🇸 En Español


Crónicas de lo Absurdo #27

La vaca intocable

Fuente Pixabay

Hola querida comunidad @holos-lotus, regreso una vez más para compartir una nueva entrega de esta serie:

Crónicas de lo Absurdo.

Esta es una serie de crónicas sobre lo cotidiano, sobre esas escenas que se repiten tanto que dejan de parecernos extrañas. Aquí no hay exageración ni ficción forzada. El absurdo no se inventa, se observa. Son textos nacidos de la experiencia diaria, de la espera, de las normas sin sentido, de los gestos que todos conocemos y que casi nunca cuestionamos. No pretenden dar respuestas, solo detenerse un momento y mirar con atención eso que hemos aprendido a aceptar.

En esta la vigésima séptima edición el tema es:

La vaca intocable.


Antes de comenzar quiero aclarar algo.

El título de esta crónica no tiene relación con las creencias religiosas donde la vaca es considerada un animal sagrado.

Aquí hablamos de otra cosa.

De cómo, durante una etapa de la historia cubana, la vaca llegó a convertirse en un animal rodeado de regulaciones, controles y restricciones que para muchas personas resultaban difíciles de comprender en la vida cotidiana.


En el campo cubano, criar animales siempre ha sido una actividad ligada al esfuerzo.

Detrás de una vaca hay trabajo.

Hay alimentación.

Hay cuidados diarios.

Hay tiempo.

Hay sacrificio.


Pero durante muchos años existió una contradicción difícil de explicar:

Una persona podía criar un animal, cuidarlo durante años y verlo crecer, pero eso no significaba que pudiera decidir libremente qué hacer con él.


La explicación oficial estaba relacionada con la necesidad de proteger la masa ganadera del país.

La ganadería era considerada un recurso estratégico y, por esa razón, el sacrificio de ganado vacuno estuvo sometido durante mucho tiempo a fuertes regulaciones.


El problema aparecía cuando la lógica de la protección chocaba con la realidad cotidiana.

Porque para quien había dedicado años al cuidado del animal, la relación era sencilla:

Era su trabajo.

Era su esfuerzo.

Era algo que estaba bajo su responsabilidad.


Sin embargo, la capacidad de disponer de ese animal tenía límites establecidos.

Y ahí comenzaba la paradoja.


La situación llegó a generar historias que forman parte de la memoria popular.

Personas que hablaban en voz baja sobre la carne de res.

Familias que trataban con discreción la preparación de determinados platos.

El temor de que un olor, un comentario o un vecino curioso pudiera convertirse en un problema.


Pero quizás una de las mayores contradicciones estaba en otra situación.

¿Qué ocurría si alguien robaba el animal y lo sacrificaba?

En determinados casos, el propietario podía terminar siendo cuestionado o sancionado por no haberlo protegido adecuadamente.


Y ahí aparecía una pregunta difícil:

¿Cómo podía alguien ser completamente responsable de algo sobre lo que no tenía plena libertad de decisión?


El animal tenía dueño.

El dueño tenía obligaciones.

Pero la decisión final no siempre dependía solamente del dueño.


Con el paso de los años las regulaciones cambiaron y actualmente existen mecanismos legales que permiten el sacrificio de ganado bajo determinadas condiciones establecidas.

La realidad no permanece congelada.

Las normas también evolucionan.


Pero durante mucho tiempo aquella situación formó parte del imaginario cubano.

La vaca dejó de ser solamente un animal del campo.

Se convirtió en un símbolo de una contradicción:

Algo que requería cuidado, esfuerzo y responsabilidad, pero que al mismo tiempo estaba rodeado de límites que iban más allá de quien lo criaba.


Tal vez ese sea el verdadero absurdo.

No que un país proteja un recurso importante.

Eso puede ser comprensible.

El absurdo aparece cuando la protección llega a un punto donde la persona que más se esfuerza por conservar algo siente que tiene menos capacidad de decidir sobre ello que el propio sistema que lo regula.


Porque al final la pregunta nunca fue solamente:

¿De quién era la vaca?

La pregunta más profunda era:

¿Quién podía decidir realmente sobre ella?


Hasta aquí esta vigésima séptima crónica. Gracias por leer y espero sus comentarios al respecto.

Las imágenes son de Pixabay y para la versión en inglés utilicé DeepL Translate.


🇬🇧 In English


Chronicles of the Absurd #27

The Untouchable Cow

Source Pixabay

Hello dear @holos-lotus community, I return once again to share a new installment of this series:

Chronicles of the Absurd.

This is a series of chronicles about everyday life, about those situations that repeat themselves so often that they stop seeming strange. There is no exaggeration or forced fiction here. The absurd is not invented; it is observed. These texts are born from daily experience, waiting, meaningless rules, and behaviors we all recognize but rarely question. They do not seek to provide answers, only to pause for a moment and look carefully at what we have learned to accept.

In this twenty-seventh edition, the topic is:

The untouchable cow.


Before beginning, I would like to clarify something.

The title of this chronicle has no connection with religious beliefs where cows are considered sacred animals.

Here we are talking about something else.

We are talking about how, during a period of Cuban history, the cow became an animal surrounded by regulations, controls, and restrictions that many people found difficult to understand in everyday life.


In the Cuban countryside, raising animals has always been an activity linked to effort.

Behind a cow there is work.

There is feeding.

There is daily care.

There is time.

There is sacrifice.


But for many years there was a contradiction that was difficult to explain:

A person could raise an animal, care for it for years, and watch it grow, but that did not mean they could freely decide what to do with it.


The official explanation was related to the need to protect the country's cattle population.

Livestock was considered a strategic resource and, for that reason, cattle slaughter was subject to strict regulations for many years.


The problem appeared when the logic of protection collided with everyday reality.

Because for someone who had dedicated years to caring for the animal, the relationship was simple:

It was their work.

Their effort.

Something under their responsibility.


However, the ability to dispose of that animal had established limits.

And that was where the paradox began.


The situation generated stories that became part of Cuban popular memory.

People speaking quietly about beef.

Families preparing certain dishes discreetly.

The fear that a smell, a comment, or a curious neighbor could become a problem.


But perhaps one of the greatest contradictions appeared in another situation.

What happened if someone stole the animal and slaughtered it?

In certain cases, the owner could end up being questioned or penalized for not having protected it properly.


And that raised a difficult question:

How could someone be completely responsible for something over which they did not have full freedom of decision?


The animal had an owner.

The owner had obligations.

But the final decision did not always depend only on the owner.


Over the years, regulations changed and today there are legal mechanisms that allow cattle slaughter under certain established conditions.

Reality does not remain frozen.

Rules also evolve.


But for a long time, that situation became part of Cuban collective memory.

The cow stopped being only a farm animal.

It became a symbol of a contradiction:

Something that required care, effort, and responsibility, while at the same time being surrounded by limits that went beyond the person who raised it.


Perhaps that is the true absurdity.

Not that a country protects an important resource.

That can be understandable.

The absurdity appears when protection reaches a point where the person who works hardest to preserve something feels they have less ability to decide about it than the system that regulates it.


Because in the end, the question was never only:

Who owned the cow?

The deeper question was:

Who could truly decide about it?


This concludes the twenty-seventh chronicle. Thank you for reading and I look forward to your comments.

The images are from Pixabay and the English version was translated using DeepL Translate.


Thank you for reading.
Special thanks to @bradleyarrow for supporting the community.




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5 comments
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What then is the benefit of putting in effort to rear animals that you don’t have authority over? Who pays for the time, effort and all the trouble? This really sounds absurd; different people, different culture.

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Cuesta comprender esta situación que debe, necesita ser cambiada:
"El absurdo aparece cuando la protección llega a un punto donde la persona que más se esfuerza por conservar algo siente que tiene menos capacidad de decidir sobre ello que el propio sistema que lo regula."
No tengo palabras para describir lo que esto em hace sentir en mi albredío.
Gracias por regalarnos otra crónica, @vladimirmf

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