El conejito que quería volar
Había una vez un conejito blanco que se llamaba Saltarín. A Saltarín le encantaba mirar a los pájaros que volaban muy alto en el cielo azul.
—¡Qué bonito debe ser volar! —suspiraba siempre.
Un día, encontró una hoja grande y brillante que había caído de un árbol. La hoja era tan grande como una sombrilla.
«¡Esto puede funcionar!», pensó.
Se subió encima de la hoja, dio tres saltitos muy fuertes y... ¡zas! La hoja se levantó un poquito del suelo.
Saltarín movió las orejas como si fueran alas y gritó:
—¡Arriba, arriba, hoja mágica!
La hoja subió un poquito más... y más... ¡y de repente volaba bajito sobre el prado!
Saltarín reía y reía mientras pasaba por encima de las flores y saludaba a las mariposas.
Pero entonces el viento cambió de dirección y ¡plof! La hoja bajó despacito y dejó a Saltarín justo al lado de su casita.
Saltarín abrazó la hoja grande y dijo:
—Gracias, amiga hoja. No necesito alas para ser feliz. ¡Saltar y tener amigos ya es lo más divertido del mundo!
Y desde ese día, cada vez que veía pájaros volar, Saltarín sonreía y decía:
—Vuelan ellos... ¡y yo salto yo!
Y colorín colorado,
¡este cuento se ha acabado!
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