Historia de terror//Amo la Cenicienta.

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La casa de la calle Veranda no olía a hogar; olía a alcanfor, a lejía barata y a carne rancia, escondida bajo litros de perfume de rosas, está no era una mansión, pero Elena Villalba se encargaba de que brillara con la intensidad de un palacio de cristal.

​Elena no vivía en el siglo XXI, ella habitaba un espacio atemporal, un reino de pesadilla construido con las cenizas de un trauma infantil y las páginas amarillentas de un libro de cuentos de los hermanos Grimm, ya que para ella, la vida no era una secuencia de días, sino un guión inamovible.

​En el centro de ese guión estaban sus hijas: Drizella y Anastasia.


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​Desde que nacieron, las niñas no fueron individuos, sino accesorios decorativos para el gran baile que según Elena esperaba que llegara algún día. Drizella, la hija mayor, era alta y de facciones duras, siempre con el ceño fruncido por el miedo, mientras que Anastasia, la menor, era más menuda, con ojos que siempre parecían estar buscando una salida de emergencia que no existía, al quedar en manos de su madre luego de que su padre falleciera.

—Ustedes son la nobleza —les decía Elena mientras les apretaba los corsés que las hacía usar, hasta que las costillas les crujían—. Ustedes son las que merecen el trono, pero para que el cuento funcione, necesitamos el contraste, necesitamos la suciedad.

​Esa "suciedad" llegó cuando Elena, tras años de viudez, trajo a casa a una huérfana del hospicio local, la niña se llamaba Clara, pero desde el momento en que cruzó el umbral, Elena le arrebató el nombre.

​—Tú eres Cenicienta —sentenció Elena, entregando un cubo de metal y un cepillo de cerdas de alambre—. Y tu lugar es el la cocina y el hollín.

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​A medida que pasaban los años, la locura de Elena se volvió arquitectónica, clausuró las ventanas con pesadas cortinas de terciopelo para que "el mundo exterior no contaminará la narrativa". Las hijas, Drizella y Anastasia, crecieron en un ambiente de terror psicológico causado por su madre, donde su único valor residía en ser "mejores" que la muchacha que dormía junto a la caldera del sótano.

​Pero la belleza es traicionera, a pesar de los harapos y el hambre, Clara, la Cenicienta de Elena, poseía una elegancia natural que las otras dos chicas, deformadas por la ansiedad y la alimentación forzada de dulces para mantener una supuesta "opulencia", no lograban alcanzar.

​—No es suficiente —susurraba Elena por las noches, afilando un cuchillo de carnicero en la cocina mientras el reloj de péndulo marcaba las doce una y otra vez—. El zapato debe encajar. El cuento dice que debe encajar.

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El suspenso en la casa se podía cortar con el mismo cuchillo. Drizella y Anastasia vivían aterradas, no por Clara, sino por las expectativas de su propia madre, sabían que, en el cuento original, las hermanastras estaban dispuestas a sangrar por una corona.

​El clímax de la locura ocurrió la noche del "Baile de Gala de la Ciudad", un evento benéfico al que Elena había decidido que asistirían para encontrar al "Príncipe". Pasó semanas cosiendo vestidos de colores chillones, ridículos, que hacían que Drizella y Anastasia parecieran caricaturas de carnaval.

​A Clara, como era de esperar, le prohibió ir. La encerró en el sótano con una tarea imposible: separar un saco de lentejas mezcladas con ceniza antes del amanecer.

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​Sin embargo, el horror real no estaba en el sótano, sino en el vestidor de las hermanastras.

​—Mamá, me duele el pie —sollozó Anastasia, mirando el zapato de cristal, que en realidad, era un calzado de acrílico afilado y estrecho que Elena le obligaba a probarse día a día.

​Elena la miró con ojos vacíos, dos pozos de obsesión negra.

​—¿Te duele? —preguntó con una dulzura que helaba la sangre—. El dolor es temporal, el reino es eterno, y si el pie no entra, Anastasia, hay que ajustar el pie al zapato, no al revés.

Drizella vio con horror cómo su madre sacaba un estuche de terciopelo, dentro no había joyas, sino herramientas de podología industrial.

​—Recuerdan el cuento, hijas mías —dijo Elena, acercándose a Anastasia—. “Córtate el dedo, cuando seas reina no tendrás que andar a pie”.

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Esa noche, los gritos en la casa fueron ahogados por la música clásica que Elena puso a todo volumen en el gramófono, el suelo de madera, pulido hasta la obsesión, se tiñó de un carmesí espeso.

​Clara logró escapar del sótano, no hubo hada madrina, solo un cerrojo mal echado por el temblor de manos de una Drizella traumatizada. Subió las escaleras en silencio, esperando encontrar una forma de huir de esa casa de locos, pero lo que vio en el salón principal la dejó paralizada.

​Elena estaba sentada en un trono de mimbre, rodeada de velas blancas, a sus pies, Drizella y Anastasia se hallaban desmayadas, con los pies envueltos en vendajes empapados de sangre que ya empezaban a oler a hierro y muerte. Sobre una bandeja de plata, dos pedazos de carne —un talón y un pulgar— reposaban como ofrendas macabras.

​—¡Oh, ahí estás! —exclamó Elena al ver a Clara—. Llegas tarde para el acto final, mis hijas ya han hecho el sacrificio, ahora solo falta el veredicto del Príncipe.

Clara retrocedió, pero Elena fue más rápida, a pesar de su edad, la locura le daba una fuerza inhumana; agarró a la joven por el cabello y la arrastró hacia el centro de la habitación.

​—¿Crees que tú vas a ganar? —siseó Elena al oído de la chica—. En mi versión, Cenicienta no se queda con el chico, en mi versión, la Cenicienta es el sacrificio que sella la unión.

​Elena levantó el cuchillo, pero en ese momento, el reloj de la sala comenzó a dar las doce, el sonido fue ensordecedor, una campana de perdición, Drizella, despertando de su shock hemorrágico y viendo a su madre fuera de control, recordó los años de maltrato, las humillaciones y el dolor punzante en sus pies mutilados.

​Con un grito animal, Drizella se lanzó desde el suelo, agarrando el tobillo de su madre con la fuerza de los condenados, Elena tropezó, cayendo hacia atrás, directamente sobre la gran vitrina donde guardaba su colección de figuras de porcelana y cristal.

​El estallido fue como un disparo.

​Cuando la policía llegó a la casa a la mañana siguiente, alertada por los vecinos que finalmente se atrevieron a denunciar los ruidos, encontraron una escena que desafiaba la lógica.

​Elena yacía muerta en el centro del salón, había caído sobre un gran jarrón de cristal que se había roto en mil pedazos, uno de esos fragmentos, largo y afilado como una daga de hielo, le había atravesado el cuello, clavándola al suelo. Irónicamente, el fragmento tenía la forma perfecta de un zapato estilizado.

​Drizella y Anastasia fueron encontradas en el rincón más oscuro de la cocina, abrazadas, con los pies deshechos pero vivas, Clara, la "Cenicienta", estaba sentada en el porche delantero, mirando el amanecer con una expresión vacía, sosteniendo en sus manos el libro de cuentos ensangrentado.

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​En la última página del libro, Elena había escrito con su propia sangre antes de morir:

​"Y vivieron felices para siempre... en el silencio de la tumba".

​Desde ese día, la casa permanece cerrada. Dicen los que pasan por allí a medianoche que todavía se escucha el eco de un gramófono y el sonido de algo metálico arrastrándose por el suelo, como si alguien estuviera buscando, eternamente, un zapato que nunca podrá calzar.

​La obsesión de Elena había creado un reino, es cierto, pero era un reino de huesos, donde las princesas sangraban y el único baile era la danza de la muerte bajo la luz de una luna que, como el cristal, se rompe al menor contacto con la realidad.

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CREDITOS

La historia es de mi propiedad y me pertenecen todos los derechos.



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Una adaptación genial del cuento de Cenicienta. El terror y la escena macabra de los pies mutilados la hace una obra de arte terrorífica. Excelente trabajo.

Gracias por compartir tu historia de terror con nosotros.

Excelente noche.

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Muchísimas gracias, siempre había soñado con escribir algo sobre mi cuento favorito la Cenicienta, me alegra saber que les gustó.

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