Esp.- micro cuento./El Silencio de la Calle Sierra.

Fuente
El Silencio de la Calle Sierra.
Elias Tompson no creía en las casas embrujadas, pero sí mantenía la creencia de que los espacios conservan memoria, por tal motivo, cuando compró la mansión de la calle Sierra, una estructura victoriana que parecía inclinarse bajo el peso de sus propios secretos, no esperaba encontrar en ella fantasmas con sábanas, sino simplemente soledad.
Elias era restaurador de relojes antiguos, y su vida se medía en milímetros y en el latido rítmico de los engranajes. El silencio era su herramienta de trabajo, sin embargo, en la calle Sierra, el silencio no era una ausencia de sonido, sino una presencia que esperaba.

Fuente
La primera noche en la casa, mientras aceitaba un cronómetro de 1890 que reparaba, Elias escuchó un golpe seco en el piso de arriba, Clac, como una canica cayendo fuertemente sobre madera. ”La madera se asienta”, se dijo a sí mismo, aunque sabía que el roble centenario ya no tenía nada que asentar.

Fuente
A medida que pasaban los días, la casa empezó a revelar una peculiaridad de la que nadie le había comentado, su estructura no parecía coincidir con su plano, Elias, obsesivo por naturaleza, comenzó a medir las habitaciones.
En su expedición descubrió que el pasillo del segundo piso era tres metros más corto por dentro que por fuera, también había un espacio muerto entre la habitación principal y el estudio, una habitación sin puertas.

Fuente
Esa noche, el sonido que escuchaba casi a diario, cambió ya no era un golpe, sino un arrastre, Sssshhh... sssshhh... Como si alguien tirara de una manta pesada sobre el suelo, Elias subió las escaleras con una linterna, Pero al llegar al pasillo, el sonido se detuvo, y lo que vieron sus ojos lo dejó helado.
En el polvo fino que cubría el suelo, había una línea clara, no eran huellas, sino el rastro de algo que había sido arrastrado hacia la pared del espacio muerto.
Elias golpeó la pared y ésta sonaba hueca, pero no un hueco vacío, sino un hueco que vibraba, como si el aire dentro estuviera bajo presión.
Los días fueron pasando y el insomnio empezó a erosionar la cordura de Elias, en el taller, sus manos, antes firmes, comenzaron a temblar, los relojes que reparaba empezaron a fallar de maneras inexplicables, los segunderos retrocedían tres pasos por cada cinco que daban hacia adelante.
Una tarde, mientras limpiaba el cristal de un reloj de pie, vio el reflejo de la habitación detrás de él, en el rincón más oscuro, junto a la cocina, se hallaba una figura, era un hombre sentado en una silla, con la cabeza gacha.
Elias se giró rápidamente, pero ya no había nadie.
Se volvió de nuevo hacia el cristal, y el hombre seguía allí, llevaba la misma ropa que Elias tenía puesta: la misma camisa de a cuadros, los mismos pantalones manchados de aceite, pero había algo mal, algo diferente, la figura en el cristal no tenía rostro; en su lugar, había una superficie lisa de piel pálida, como un lienzo sin empezar.
—¿Quién eres? —susurró Elias un tanto asustado.
En el cristal, la figura levantó una mano y señaló hacia arriba, hacia el espacio muerto.
De inmediato y sin pensarlo mucho, Elias armado con un mazo y una determinación nacida del pánico, decidió romper la pared del pasillo. El primer golpe desprendió el papel tapiz amarillento, el segundo hizo saltar astillas de madera por doquier, al tercero, el mazo atravesó la pared y un olor antiguo, a lavanda seca y ozono, inundó el pasillo.
Elias amplió el agujero y entró con la linterna, con el susto recorriendo sus venas, pero con la determinación de saber que ocurría.
No era una habitación secreta, era un duplicado exacto de su propio taller de relojería, pero congelado en el tiempo. Todo estaba cubierto por una capa de polvo gris tan densa que parecía terciopelo, y en la mesa de trabajo, un reloj a medio terminar.
Elias se acercó con curiosidad, era el mismo cronómetro que él estaba reparando en el piso de abajo, pero al tocarlo, se dio cuenta de algo terrorífico: el metal no estaba frío, al contrario estaba caliente, como si alguien lo hubiera estado manipulando apenas unos segundos antes.

Fuente
Entonces en ese instante escuchó la voz, esta no venía del aire, sino de su propio pecho.
"¿Por qué volviste, Elias? Todavía no es hora de que entremos los dos."
Elias corrió hacia la salida, pero al cruzar el agujero en la pared, no regresó al pasillo donde había estado minutos antes, se encontró en una versión distorsionada de su sala de estar, los muebles estaban dispuestos de forma errática; las sillas pegadas al techo, la chimenea en el centro del suelo, las ventanas mirando hacia un abismo de color blanco puro.
El terror psicológico alcanzó su punto máximo cuando Elias se dio cuenta de que ya no podía sentir sus propios latidos, se llevó la mano al cuello, y nada, sin embargo, los relojes de la habitación, cientos de ellos, colgados de las paredes inexistentes, empezaron a sonar al unísono con el ritmo de un corazón humano.
Bum-bum. Bum-bum.
Se miró las manos, estaban empezando a volverse translúcidas, podía ver los huesos, pero no eran huesos de calcio, eran engranajes de latón que giraban lentamente bajo su piel.
”No soy un hombre”, sollozó, "Soy el reloj”.
En el centro de la habitación distorsionada, la figura sin rostro apareció de nuevo, pero esta vez no estaba en un reflejo, estaba allí, tangible. La figura comenzó a dibujar sobre su propia cara lisa con un dedo largo y afilado, dibujó dos ojos, una nariz y, finalmente, una boca que se abrió para revelar una oscuridad infinita.
”Toda tu vida has intentado detener el tiempo, Elias”, dijo la figura con una voz que sonaba como mil vidrios rompiéndose, pero el tiempo es una habitación de la que no puedes salir, solo puedes mudarte de un rincón a otro.
Elias comprendió la verdad, él no era el primer "Elias", la mansión de la calle Sierra era una trampa cronológica, un lugar donde los remordimientos y las obsesiones tomaban forma física, el hombre que estaba frente a él era el Elias que había vivido allí antes, y él era solo una proyección, una versión "restaurada" que eventualmente sería reemplazada.
Elías intentó luchar, pero sus movimientos eran lentos, como si caminara a través de melaza, la figura sin rostro se acercó y, con una delicadeza quirúrgica, comenzó a "desmontar" a Elias.
No hubo dolor, solo una terrible sensación de desapego, primero le quitó los recuerdos de su infancia, luego, su habilidad para leer la hora y finalmente, su nombre.
Elias Tompson se convirtió en una pila de piezas sobre el suelo de madera. Engranajes, resortes, manecillas y un pequeño motor que aún vibraba con un último rastro de conciencia.
La figura se sentó en la mesa de trabajo, tomó las piezas y comenzó a ensamblar algo nuevo.

Fuente
Tres meses después, un joven arquitecto caminaba por la calle Sierra, se detuvo frente a la mansión victoriana, un cartel de "Se Vende" colgaba de la verja oxidada.
El joven sintió una extraña atracción por la casa. Entró, recorriendo las habitaciones vacías, pero al llegar al segundo piso, notó algo extraño en el pasillo, la pared parecía haber sido reparada recientemente, y el papel tapiz no coincidía perfectamente.

Fuente
Se acercó y pegó la oreja a la madera, no escuchó pasos ni voces.
Lo que escuchó fue un tic-tac suave, constante y profundo, que parecía provenir no de las paredes, sino de debajo de sus propios pies, como si la casa misma tuviera un corazón de metal que acababa de recibir cuerda de nuevo.
Sonrió, sacó su libreta y escribió: "Espacio con mucho potencial. Silencioso, perfecto para trabajar."
No se dio cuenta de que, en la ventana de arriba, un reflejo que no era el suyo lo observaba, esperando a que el tiempo hiciera su trabajo.

CRÉDITOS
Está historia fue escrita por mi persona y me pertenece, utilice el programa pixabay para las imágenes.
Posted Using INLEO
0
0
0.000
https://x.com/i/status/2015498601317781733
Esta publicación ha recibido el voto de Literatos, la comunidad de literatura en español en Hive y ha sido compartido en el blog de nuestra cuenta.
¿Quieres contribuir a engrandecer este proyecto? ¡Haz clic aquí y entérate cómo!
Gracias