La lógica que no vemos [Esp-Eng]
Saludos, comunidad @holos.lotus
La observación atenta, del modo en que los niños de corta edad estructuran su incipiente dominio del lenguaje, constituye una ventana privilegiada hacia los mecanismos más elementales del pensamiento humano. Si nos detenemos a examinar el habla infantil, advertiremos que los infantes, construyen su vocabulario sobre la base de una lógica de una limpieza asombrosa; no es la sancionada por la Academia, ni tampoco la que rige el uso adulto convencional, independientemente de eso resulta funcional y coherente en su propio dominio.
Greetings, community @holos.lotus
The careful observation of how very young children structure their incipient command of language constitutes a privileged window into the most elementary mechanisms of human thought. If we pause to examine child speech, we will notice that infants construct their vocabulary on the basis of a logic of astonishing cleanliness; it is not the logic sanctioned by the Academy, nor that which governs conventional adult usage, yet regardless of that it proves functional and coherent within its own domain.

La conjugación “yo sabo”, que a oídos normativos suena discordante, no representa un yerro cognitivo, los niños han extraído una regla de regularidad verbal y la aplican con una consistencia interna irreprochable, lo que los adultos percibiríamos como una infracción, no es otra cosa que una manifestación de un proceso inductivo, evidenciando que el pensamiento infantil, opera mediante hipótesis y generalizaciones, que en su propio marco de referencia poseen plena legitimidad.
Dicho fenómeno trasciende el ámbito de la adquisición del lenguaje y revela un sesgo profundamente arraigado en la cognición adulta: la tendencia a erigir el propio sistema de razonamiento en patrón universal. Cuando en la conversación cotidiana o en algún debate se esgrime el calificativo “ilógico”, rara vez se está describiendo una carencia objetiva de estructura racional, en la mayoría de las ocasiones se está ejerciendo un acto de exclusión: “Mi lógica es la única que goza de validez”; esta operación convierte de forma subrepticia, una forma particular de pensar en un supuesto canon inapelable, confundiendo la familiaridad con la necesidad y la costumbre con la verdad.
Considérese un problema aritmético sencillo: alcanzar un mismo resultado numérico mediante dos secuencias operatorias distintas, un resolutor opta por sumar primero y restar después; el otro invierte el orden. Ambos arriban al mismo resultado, la cuestión acerca de cuál de los dos procedimientos es el correcto, resulta un falso dilema, pues no existe un criterio absoluto, que permita jerarquizar las vías cuando el desenlace es idéntico.
The conjugation “yo sabo” (the child’s regularized form of the Spanish verb saber, equivalent to “I know”), which to normative ears sounds discordant, does not represent a cognitive blunder; children have extracted a rule of verbal regularity and apply it with irreproachable internal consistency. What we adults would perceive as an infraction is nothing other than a manifestation of an inductive process, showing that child thought operates by means of hypotheses and generalizations that, within their own frame of reference, possess full legitimacy.
This phenomenon transcends the sphere of language acquisition and reveals a bias deeply rooted in adult cognition: the tendency to erect one’s own reasoning system as a universal standard. When in everyday conversation or in some debate the label “illogical” is wielded, what is rarely being described is an objective lack of rational structure; in most cases, an act of exclusion is being exercised: “My logic is the only one that enjoys validity.” This operation surreptitiously turns a particular way of thinking into a supposedly unappealable canon, confusing familiarity with necessity and custom with truth.
Consider a simple arithmetic problem: reaching the same numerical result by way of two different operational sequences. One solver chooses to add first and subtract afterwards; the other inverts the order. Both arrive at the same result; the question as to which of the two procedures is the correct one turns out to be a false dilemma, for no absolute criterion exists that would make it possible to rank the paths when the outcome is identical.

La extrapolación de estos razonamientos al dominio de las interacciones humanas, resulta de una fecundidad considerable, en la esfera de lo social, de la ética o de la política, es habitual encontrar agentes que persiguen una misma finalidad —el bienestar colectivo, el respeto mutuo, mejorar la calidad de vida— y que, sin embargo discrepan en los caminos para alcanzarla. Que dos proyectos divergentes confluyan en un horizonte compartido, es un dato que la epistemología contemporánea ha subrayado con insistencia; no toda diferencia constituye una contradicción, buena parte de lo que se percibe como antagonismo insalvable, no es más que un juego de matices. Si se eleva la mirada y se examina el conjunto, la narración puede admitir una lectura distinta: la de una pluralidad de rutas que enriquecen el camino, en lugar de bloquearlo.
La obstinación en una sola forma de razonar, no incrementa el caudal de verdad que se posee, sino que acentúa la torpeza epistémica; la lógica alternativa ignorada o despreciada, no se disuelve en la nada; subsiste con sus propias reglas, sus propios criterios de validez y un acervo de soluciones que la lógica hegemónica no alcanza a vislumbrar. Si en lugar de desecharla, se la sitúa en una relación de interlocución con el propio sistema de pensamiento, podrían emerger con frecuencia atajos insospechados, dicha apertura no supondría una renuncia al rumbo propio, ni una claudicación de las convicciones más arraigadas; supone en todo caso la aceptación, de que existe una cartografía plural para alcanzar un destino. Renunciar a esta pluralidad, es empobrecer el pensamiento, la certeza absoluta proporciona un confort inmediato, pero puede actuar como un factor de estancamiento; la verdadera riqueza se aloja en la colaboración entre formas de pensar distintas, en un diálogo en el que cada sistema exhibe sus alcances, a la vez que reconoce sus límites.
Conviene reconsiderar el gesto, con el que se recibe lo que se presenta como ajeno a la propia racionalidad, ante una lógica que interpela por su extrañeza, antes de descalificarla con una etiqueta, resultaría más provechoso, formularse una pregunta de profunda raíz socrática: ¿y si ese camino que en apariencia se desvía, conduce también al punto al que se aspira a llegar? En esa interrogación puede que resida el germen de una inteligencia más amplia, capaz de albergar la diversidad sin renunciar al rigor.
The extrapolation of these reasonings to the domain of human interactions proves to be considerably fruitful. In the social, ethical or political sphere, it is common to find agents who pursue one and the same end —collective well-being, mutual respect, improving the quality of life— and who, nevertheless, disagree about the paths to achieve it. That two divergent projects should converge on a shared horizon is a datum that contemporary epistemology has insistently underscored; not every difference constitutes a contradiction. A good part of what is perceived as an insurmountable antagonism is no more than a play of nuances. If one lifts one’s gaze and examines the whole, the narrative can admit a different reading: that of a plurality of routes that enrich the journey instead of blocking it.
Obstinacy in a single form of reasoning does not increase the store of truth one possesses, but rather accentuates epistemic clumsiness; the alternative logic, ignored or scorned, does not dissolve into nothingness; it subsists with its own rules, its own validity criteria, and a stock of solutions that the hegemonic logic cannot manage to glimpse. If, instead of discarding it, one places it in a relationship of interlocution with one’s own system of thought, unsuspected shortcuts could frequently emerge. Such openness would not entail a renunciation of one’s own course, nor a capitulation of the most deeply held convictions; it entails, in any case, the acceptance that a plural cartography exists for reaching a destination. To renounce this plurality is to impoverish thought; absolute certainty provides immediate comfort, but it can act as a factor of stagnation. True wealth dwells in the collaboration between different forms of thinking, in a dialogue in which each system displays its scope while at the same time recognizing its limits.
It is worth reconsidering the gesture with which one receives what presents itself as foreign to one’s own rationality. Faced with a logic that challenges through its strangeness, before dismissing it with a label, it would be more fruitful to ask oneself a question with a deep Socratic root: and what if that path, which in appearance deviates, also leads to the point one aspires to reach? In that question there may reside the seed of a broader intelligence, capable of harbouring diversity without renouncing rigour.


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