Sacrifice for what we believe in / Sacrificio por lo que creemos (eng-esp)
Greetings, friends.
I've held many beliefs throughout my life. About justice, about art, about integrity. But the true measure of those beliefs isn't how eloquently I defend them in conversation or in writing. It's the price I'm willing to pay for them. And if I'm not willing to pay a real price, then all I have are empty words. And I myself become a charlatan.
Sacrifice hurts. That's why it's a sacrifice. It's not a romantic gesture. It's giving up something concrete and valuable: time, comfort, security, money, social approval. In my profession, I've seen what this means. It means turning down a lucrative contract because the publisher wants you to change the heart of your story, what makes it yours, your voice.
It means spending years writing a book you know won't be commercially successful, because it's the book you need to write. It means risking scathing criticism for tackling an uncomfortable subject. It means getting up at five in the morning, day after day, to write before going to your other job, sacrificing sleep and leisure.
If an idea doesn't cost you anything, it's worthless. It's decorative. It's an ornament you use for your image. Real ideas have weight, and you feel that weight on your back when you have to bear the consequences of defending them.
I've had to ask myself, at key moments: Am I going to silence my opinion to avoid causing conflict in my family? Am I going to soften my characters so as not to offend a group? Am I going to let an unfair comment slide so as not to appear as "the troublemaker"?
Every time I chose comfort over consistency, that idea I claimed to defend deflated a little inside me. I became smaller.
There are only two possibilities when you avoid sacrifice: either the idea is false for you, or you are false for the idea. There is no middle ground. Cowardice disguised as pragmatism is still cowardice. I have preferred, increasingly over the years, to pay the price. To lose a favor, an opportunity, someone's good opinion. Because what I gain is infinitely more valuable: self-respect. The certainty that, when I say something, it is backed by my willingness to suffer for it. That gives my voice an authority that no eloquence can bestow.
Your life is the only irrefutable argument for your philosophy. If you preach honesty but lie to avoid problems, your life screams louder than your words. If you believe in courageous art but only produce what is safe, your work belies you.
Sacrifice is the ultimate test. It is the moment when you cease to be a spectator of your own convictions and become a participant. And it is there, in that uncomfortable and expensive place, where a person and their ideas merge into something that deserves to be called truth. The rest is just cheap literature.

Saludos, amigos.
He sostenido muchas ideas a lo largo de mi vida. Sobre la justicia, sobre el arte, sobre la integridad. Pero la verdadera medida de esas ideas no está en cuán elocuentemente las defiendo en una conversación o en un texto. Está en el precio que estoy dispuesta a pagar por ellas. Y si no estoy dispuesta a pagar un precio real, entonces todo lo que tengo son palabras huecas. Y yo misma me convierto en una charlatana.
El sacrificio duele. Por eso es un sacrificio. No es un gesto romántico. Es la renuncia a algo concreto y valioso: tiempo, comodidad, seguridad, dinero, aprobación social. En mi oficio, he visto lo que esto significa. Significa rechazar un contrato jugoso porque el editor quiere que cambie el corazón de tu historia, lo que la hace tuya, tu voz.
Significa pasar años escribiendo un libro que sabes que no será comercial, porque es el libro que necesitas escribir. Significa arriesgar una crítica feroz por abordar un tema incómodo. Significa levantarte a las cinco de la mañana, día tras día, para escribir antes de ir a tu otro trabajo, sacrificando sueño y ocio.
Si una idea no te cuesta nada, es que no vale nada. Es decorativa. Es un adorno que usas para tu imagen. Las ideas de verdad tienen peso, y ese peso se siente en la espalda cuando tienes que cargar con las consecuencias de defenderlas.
He tenido que preguntarme, en momentos clave: ¿Voy a callar mi opinión para no causar conflicto en mi familia? ¿Voy a suavizar mis personajes para no ofender a un grupo? ¿Voy a dejar pasar un comentario injusto por no quedar como “la problemática”?
Cada vez que elegía la comodidad sobre la coherencia, esa idea que decía defender se desinflaba un poco dentro de mí. Me volvía más pequeña.
Hay solo dos posibilidades cuando evitas el sacrificio: o la idea es falsa para ti, o tú eres falsa para la idea. No hay término medio. La cobardía disfrazada de pragmatismo sigue siendo cobardía. He preferido, cada vez más con los años, pagar el precio. Perder un favor, una oportunidad, la buena opinión de alguien. Porque lo que gano es infinitamente más valioso: el respeto por mí misma. La certeza de que, cuando digo algo, está respaldado por mi disposición a sufrir por ello. Eso le da a mi voz una autoridad que ninguna elocuencia puede otorgar.
Tu vida es el único argumento irrefutable de tu filosofía. Si predicas la honestidad pero mientes para evitar problemas, tu vida grita más fuerte que tus palabras. Si crees en el arte valiente pero solo produces lo seguro, tu obra te desmiente.
El sacrificio es la prueba de fuego. Es el momento en que dejas de ser una espectadora de tus propias convicciones y te conviertes en partícipe. Y es allí, en ese lugar incómodo y costoso, donde una persona y sus ideas se funden en algo que merece ser llamado verdad. Lo demás es solo literatura barata.



