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◈ Holos&Lotus

¿Quién me quita lo bailao?

Publicado en Español, Inglés y Portugués.



Buenas noches, dulces sueños.
Un saludo a todos y un abrazo desde la calidez del verano.

Hay días en que el presente pesa, esos días grises en los que la rutina aprieta, las noticias duelen o el cuerpo simplemente pide tregua. Y entonces, sin buscarlo, cierras los ojos y ocurre la magia, un recuerdo llega como un salvavidas. Así como una luz que te prueba de que sí valió la pena estar aquí.

Yo tuve la suerte de vivir una infancia de cuento. Mi casa era grande y tenía un jardín enorme done a la derecha había un mar de flores de colores y a la izquierda, crotos frondosos que parecían guardianes. Pasaba las tardes corriendo detrás de mariposas y libélulas, sintiendo que el mundo era un lugar mágico donde todo era posible, pero no sabía que era feliz. Simplemente lo era, con esa inocencia que solo tienen los niños que tienen un abuelo mago.



Mi abuelo materno era de esos hombres que convertían los deseos en realidad. Si yo quería algo, él se las ingeniaba para que sucediera. Me llevaba a los sembrados de yuca y buscábamos capullos de mariposas para llevarlas a casa, aunque casi nunca las veíamos salir porque, cuando menos lo esperábamos, ya habían volado. Me enseñó a pescar en una laguna pequeña que había en medio de un sembrado de arroz que él cuidaba. También me enseñó a amar las plantas, a respetar los animales, a entender que la naturaleza no se posee, se acompaña. Y aunque en ese entonces no era consciente de lo dichosa que era, hoy sé que ese jardín fue mi primera escuela de felicidad.

Pero amigos, no todo en la vida fue jardín y mariposas. Llegó la juventud y con ella, el amor. Con mi esposo viví años de muchas carencias económicas, pero nunca de carencias del alma. Él me hizo sentir plena cuando no teníamos casi nada y eso lo viví con toda la conciencia, sabía que era feliz, sabía que lo amaba sin ataduras, sin intereses, solo por el gusto de compartir la vida a su lado. Esa plenitud que sentía en el cuerpo y en la mente me enseñó que la riqueza verdadera no se mide en cosas, sino en presencia.



Y luego llegaron los sueños cumplidos. Conocer Río de Janeiro, Moscú, bañarme en el Amazonas, cruzar el lago de Maracaibo sintiendo el viento en la cara. Esos viajes los viví con los ojos bien abiertos, sabiendo que estaba cumpliendo deseos añorados. Cada uno de ellos es una marca en mi memoria con tinta indeleble.

Pero si hay algo que he aprendido con el paso de los años y es que los recuerdos no son un lujo, son una necesidad. Cuando todo parece tambalearse, ellos son el ancla que te impide a la deriva. No para vivir en el pasado, sino para recordarte que ya has sido feliz, y que si lo fuiste una vez, puedes volver a serlo. Al menos yo no lo hago para aferrarme, sino para saber que hay un puerto al que siempre puedo regresar, aunque solo sea en mi corazón.



Y así, entre el jardín de mi abuelo y la vida con mi esposo, construí mi propio museo de momentos salvadores. Los dos me salvan, me hacen sentir viva y recuerdar aquello que decimos los cubanos ¿quién me quita lo bailao? Nadie. Absolutamente nadie puede arrebatarme lo que ya viví, lo que ya sentí, lo que ya bailé.

Hoy mi balcón está lleno de plantas y flores. Ellas me dan vida y me conectan con ese abuelo que me enseñó a cuidarlas. Cada vez que riego una maceta, es un acto de memoria, cada flor que abre, es un guiño de él. Y así, sin pretenderlo, el pasado y el presente se dan la mano.



Vivir sin recuerdos es como navegar sin brújula. Los recuerdos son alas. Nos sostienen cuando el suelo tiembla y nos impulsan a seguir adelante. Porque saber que ya fuiste feliz, es saber que puedes volver a serlo. Y eso, amigos, no tiene precio.

Si quieres, te invito a cerrar los ojos y recordar. ¿Qué imagen te salva? ¿Qué momento bailado nadie te puede quitar? Se trata de eso amigos míos, de tener un pasado que te abrace y un presente que te espere.



ENGLISH



Good evening, sweet dreams.
Greetings to everyone and a hug from the warmth of summer.

There are days when the present feels heavy—those gray days when routine tightens its grip, the news hurts, or the body simply asks for a break. And then, without looking for it, you close your eyes and magic happens: a memory arrives like a lifeline. Like a light that proves it was worth being here.

I was lucky enough to live a storybook childhood. My house was big and had a huge garden where on the right there was a sea of colorful flowers and on the left, lush crotons that looked like guardians. I spent afternoons running after butterflies and dragonflies, feeling that the world was a magical place where anything was possible—but I didn't know I was happy. I just was, with that innocence that only children who have a wizard grandfather possess.

My maternal grandfather was one of those men who turned wishes into reality. If I wanted something, he'd find a way to make it happen. He took me to the cassava fields and we'd look for butterfly cocoons to bring home, although we almost never saw them emerge because, before we knew it, they had already flown away. He taught me to fish in a small lagoon in the middle of a rice field he tended. He also taught me to love plants, to respect animals, to understand that nature is not possessed—it is accompanied. And although back then I wasn't aware of how fortunate I was, today I know that garden was my first school of happiness.

But friends, not everything in life was gardens and butterflies. Youth came, and with it, love. With my husband, I lived years of great financial hardship, but never of soul poverty. He made me feel whole when we had almost nothing, and I lived that with full awareness—I knew I was happy, I knew I loved him without ties, without interests, just for the joy of sharing life by his side. That fullness I felt in body and mind taught me that true wealth is not measured in things, but in presence.

And then came fulfilled dreams. Visiting Rio de Janeiro, Moscow, bathing in the Amazon, crossing Lake Maracaibo with the wind on my face. I lived those trips with my eyes wide open, knowing I was fulfilling long-cherished desires. Each one is a mark on my memory in indelible ink.

But if there's one thing I've learned over the years, it's that memories are not a luxury—they are a necessity. When everything seems to be wobbling, they are the anchor that keeps you from drifting. Not to live in the past, but to remind you that you have already been happy, and that if you were once, you can be again. At least I don't do it to cling, but to know there's a harbor I can always return to, even if only in my heart.

And so, between my grandfather's garden and life with my husband, I built my own museum of saving moments. Both save me, make me feel alive, and remind me of what we Cubans say: "Who can take away what I've already danced?" No one. Absolutely no one can take away what I've already lived, what I've already felt, what I've already danced.

Today my balcony is full of plants and flowers. They give me life and connect me with that grandfather who taught me to care for them. Every time I water a pot, it's an act of memory; every flower that blooms is a wink from him. And so, unintentionally, past and present shake hands.

Living without memories is like sailing without a compass. Memories are wings. They hold us up when the ground shakes and propel us forward. Because knowing you've been happy before means knowing you can be happy again. And that, my friends, is priceless.

If you want, I invite you to close your eyes and remember. What image saves you? What danced moment can no one take from you? That's what it's about, my friends—having a past that embraces you and a present that awaits you.



PORTUGUÊS



Boa noite, doces sonhos.
Um abraço a todos e um abraço desde o calor do verão.

Há dias em que o presente pesa, aqueles dias cinzentos em que a rotina aperta, as notícias doem ou o corpo simplesmente pede trégua. E então, sem procurar, você fecha os olhos e a mágica acontece: uma lembrança chega como um salva-vidas. Como uma luz que prova que valeu a pena estar aqui.

Eu tive a sorte de viver uma infância de conto de fadas. Minha casa era grande e tinha um jardim enorme onde, à direita, havia um mar de flores coloridas e, à esquerda, crótons frondosos que pareciam guardiões. Passava as tardes correndo atrás de borboletas e libélulas, sentindo que o mundo era um lugar mágico onde tudo era possível, mas não sabia que era feliz. Simplesmente era, com aquela inocência que só têm as crianças que têm um avô mágico.

Meu avô materno era daqueles homens que transformavam desejos em realidade. Se eu queria algo, ele dava um jeito de acontecer. Me levava aos plantios de mandioca e procurávamos casulos de borboletas para levar para casa, embora quase nunca as víssemos sair porque, quando menos esperávamos, já tinham voado. Ensinou-me a pescar numa lagoa pequena que ficava no meio de um arrozal que ele cuidava. Também me ensinou a amar as plantas, a respeitar os animais, a entender que a natureza não se possui, acompanha-se. E embora na época não tivesse consciência da sorte que tinha, hoje sei que aquele jardim foi minha primeira escola de felicidade.

Mas, amigos, nem tudo na vida foi jardim e borboletas. Chegou a juventude e, com ela, o amor. Com meu marido, vivi anos de muitas dificuldades financeiras, mas nunca de carência de alma. Ele me fez sentir plena quando quase não tínhamos nada, e vivi isso com toda a consciência, sabia que era feliz, sabia que o amava sem amarras, sem interesses, apenas pelo prazer de compartilhar a vida ao lado dele. Essa plenitude que sentia no corpo e na mente me ensinou que a verdadeira riqueza não se mede em coisas, mas em presença.

E depois vieram os sonhos realizados. Conhecer o Rio de Janeiro, Moscou, banhar-me no Amazonas, atravessar o lago de Maracaibo sentindo o vento no rosto. Essas viagens vivi com os olhos bem abertos, sabendo que estava realizando desejos há muito acalentados. Cada uma delas é uma marca na minha memória com tinta indelével.

Mas se há algo que aprendi com o passar dos anos é que as lembranças não são um luxo, são uma necessidade. Quando tudo parece estar cambaleando, elas são a âncora que impede você de ir à deriva. Não para viver no passado, mas para lembrar que você já foi feliz, e que se já foi uma vez, pode ser novamente. Pelo menos eu não faço isso para me agarrar, mas para saber que há um porto ao qual sempre posso voltar, ainda que seja apenas no meu coração.

E assim, entre o jardim do meu avô e a vida com meu marido, construí meu próprio museu de momentos salvadores. Ambos me salvam, me fazem sentir viva e lembrar daquilo que nós, cubanos, dizemos: "Quem tira de mim o que já dancei?" Ninguém. Absolutamente ninguém pode arrancar de mim o que já vivi, o que já senti, o que já dancei.

Hoje minha varanda está cheia de plantas e flores. Elas me dão vida e me conectam com aquele avô que me ensinou a cuidar delas. Cada vez que rego um vaso, é um ato de memória; cada flor que desabrocha é um aceno dele. E assim, sem pretensão, o passado e o presente se dão as mãos.

Viver sem lembranças é como navegar sem bússola. As lembranças são asas. Sustentam-nos quando o chão treme e nos impulsionam a seguir em frente. Porque saber que você já foi feliz é saber que pode ser feliz novamente. E isso, amigos, não tem preço.

Se quiser, convido você a fechar os olhos e recordar. Que imagem te salva? Que momento dançado ninguém pode te tirar? É disso que se trata, meus amigos: de ter um passado que te abrace e um presente que te espere.




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5 comments

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What a beautiful read, my friend! What a lovely journey from your childhood in the gardens with your grandfather, through your hardships but surrounded by love. I'm so glad you're happy and always striving to improve. I wish you many blessings, peace, prosperity, and love in your life.
!LADY

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Hello, it's gratifying to know that reading my post made you feel like a time traveler.
I live proudly of my childhood, and believe me, my friend, that happiness from my early years forged in me a hope that helps me every day to keep moving forward.
And as for love, what can I say—love always saves.
My memories are, at least for me, an invaluable treasure.
A hug and thank you, thank you so much for reading.

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