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Hola, una linda noche para todos.
Creo que es la primera vez que publico en esta comunidad, será un placer experimetarlo.
Comer es, sin discusión, uno de los mayores placeres de la vida. Y fíjese usted que no lo digo como un eslogan bonito ni como frase hecha. Lo digo porque es una de las pocas experiencias que nos acompañan desde el primer día hasta el último, que involucra a todos los sentidos y que, cuando se hace bien, nos devuelve a lo esencial.

Vamos a ver, comer no es un capricho, es una necesidad imperiosa, no estamos hablando de gula. Tenemos que entender que nuestro cuerpo no negocia. Cada célula, órgano, cada proceso que se genera dentro de nosotros exige nutrientes, energía, ese combustible que solo lo da la comida. Lo digo con propiedad.
El ser humano no es solo biología, también es memoria, emoción y deseo. Por eso, cuando comemos, ademas de llenar el estómago vacío, estamos alimentando historias, recuerdos y hasta estados de ánimo.

A mí, personalmente, cocinar me apasiona. No soy chef ni pretendo hacer filigranas con sifones y espumas. Yo soy medica, escritora y mi cocina es más sencilla, más de olla, cuchara y horno, pero cada plato que preparo lleva algo muy claro, el deseo de que quien lo pruebe lo disfrute de verdad. No hay mayor satisfacción para mí que ver a alguien cerrar los ojos al probar un guiso, oír ese "umm" involuntario o ver cómo repite sin vergüenza. Que se acabe toda la comida porque a la gente le gustó. Cocinar para otros es una forma de cuidar, de abrazar sin tocar y a mi me regocijo.
Amigos míos, algo he aprendido en todos estos años alrededor de la mesa, es que comer juntos es un acto casi sagrado. Yo estoy segura que la mayoría piensa como yo. La mesa es uno de los últimos refugios donde miramos a los ojos, donde compartimos el pan y también las preocupaciones. Las comidas en familia, las cenas con amigos, incluso ese café improvisado con un compañero de trabajo, todos son momentos que tejen la red de nuestras relaciones. La comida junta a la gente, la reconcilia, la hace sentir parte de algo. Es el pegamento social más antiguo que existe, anterior a cualquier religión o tratado.

Ahora, vivimos en una época donde parece que todo el mundo tiene una opinión sobre lo que debemos o no comer. Se ha puesto de moda la responsabilidad alimentaria, y me parece fantástico. Pero con una condición irrenunciable, no juzgar. No juzgar al que come carne, ni al que la rechaza. O tal vez a ese que ha pedido una hamburguesa porque su alma necesitaba eso, ni al que ha preparado un bol de quinoa o lechuga perfectamente medido. Cada persona es un mundo, con su metabolismo, sus creencias, su economía y su momento vital. Meter a todos en el mismo saco y dictar lo que está "bien" o "mal" es, a mi modo de ver, la mejor forma de arruinar el placer. Y eso en mi casa no se permite.
Cómo médica, ama de casa, mujer de familia y cocinera les digo amigos míos, algo que hay que recordarlo siempre, nuestro organismo necesita alimentos de calidad, sí, vitaminas, proteínas, fibra. Pero nuestro cerebro y nuestro gusto también existen y tienen derecho a votar. La comida no puede convertirse en un castigo, en esa lista interminable de prohibiciones o en un examen de pureza donde siempre estamos suspensos. Si comer se vuelve una fuente de ansiedad, algo falla.


El verdadero arte está en el equilibrio, en comer lo mejor que podamos cada día, sin obsesionarnos. En permitirnos un capricho cuando el cuerpo y el alma lo piden, y en volver a lo nutritivo al día siguiente sin culpa. Hay que elegir con la cabeza, pero también con el corazón, saber que una manzana crujiente alimenta tanto como ese trozo de tarta de chocolate que compartes con alguien especial.
La comida no es un campo de batalla, es más bien un puente entre lo que necesitamos y lo que deseamos, entre nosotros y los demás, es esa union entre la tierra y nuestra mesa.
Así que hoy, cuando te sientes a comer, hazlo con ganas, sin culpa, sin medidores. Hazlo solo con la certeza de que estás haciendo algo maravilloso y eso es celebrar que estás vivo. Mastica despacio, saborea, conversa, ríe. Que cada bocado sea un recordatorio de que la vida, en su sencillez más pura, sabe increíble.


Recuerda, comer bien no es solo alimentarse. Es honrar nuestro cuerpo, conectar con los nuestros y rendirle homenaje a este regalo que es estar aquí.
Todas las fotos son de mi galeria personal de comidas hechas por mi.

ENGLISH
Edited in PhotoCollage
Hello, a lovely evening to everyone.
I believe this is the first time I'm posting in this community, and it will be a pleasure to experience it.
Eating is, without a doubt, one of life's greatest pleasures. And mind you, I'm not saying this as a catchy slogan or a cliché. I say it because it's one of the few experiences that accompany us from the first day to the last, one that involves all of our senses and, when done right, brings us back to what is essential.

Let's be clear: eating is not a whim, it's an imperative need—we're not talking about gluttony here. We have to understand that our body doesn't negotiate. Every cell, every organ, every process that takes place within us demands nutrients, energy—that fuel that only food can provide. I speak from experience.
Human beings are not just biology; they are also memory, emotion, and desire. That's why, when we eat, besides filling an empty stomach, we are also feeding stories, memories, and even moods.

Personally, I am passionate about cooking. I'm not a chef, nor do I pretend to make intricate creations with siphons and foams. I'm a doctor, a writer, and my cooking is simpler—more about pots, spoons, and ovens—but every dish I prepare carries something very clear: the desire that whoever tastes it truly enjoys it. There is no greater satisfaction for me than seeing someone close their eyes when tasting a stew, hearing that involuntary "mmm," or watching them go for seconds without shame. Seeing all the food finished because people liked it. Cooking for others is a way of caring, of embracing without touching, and it brings me great joy.
My friends, something I've learned over all these years around the table is that eating together is an almost sacred act. I'm sure most of you think like I do. The table is one of the last refuges where we look each other in the eye, where we share bread and also our worries. Family meals, dinners with friends, even that impromptu coffee with a coworker—they are all moments that weave the fabric of our relationships. Food brings people together, reconciles them, makes them feel part of something. It's the oldest social glue there is, predating any religion or treaty.

Now, we live in a time where it seems everyone has an opinion on what we should or shouldn't eat. Food responsibility has become trendy, and I think that's fantastic. But with one non-negotiable condition: do not judge. Don't judge the one who eats meat, nor the one who refuses it. Or perhaps the one who ordered a burger because their soul needed that, nor the one who prepared a perfectly measured bowl of quinoa or lettuce. Each person is a world, with their own metabolism, beliefs, economy, and life stage. Putting everyone in the same box and dictating what is "right" or "wrong" is, in my view, the best way to ruin the pleasure. And that is not allowed in my house.
As a doctor, a homemaker, a family woman, and a cook, I tell you, my friends, something that must always be remembered: our bodies need quality food—yes, vitamins, proteins, fiber. But our brain and our taste buds also exist and have a right to vote. Food cannot become a punishment, an endless list of prohibitions, or a purity test where we are always failing. If eating becomes a source of anxiety, something is wrong.


The true art lies in balance—in eating the best we can each day without obsessing. In allowing ourselves a treat when the body and soul ask for it, and returning to nutritious food the next day without guilt. We must choose with our heads, but also with our hearts, knowing that a crunchy apple nourishes just as much as that slice of chocolate cake you share with someone special.
Food is not a battlefield; it is rather a bridge between what we need and what we desire, between us and others, that union between the earth and our table.
So today, when you sit down to eat, do it with gusto, without guilt, without measuring tools. Do it with the simple certainty that you are doing something wonderful—and that is celebrating that you are alive. Chew slowly, savor, talk, laugh. Let every bite be a reminder that life, in its purest simplicity, tastes incredible.


Remember, eating well is not just about feeding yourself. It is honoring our body, connecting with our loved ones, and paying tribute to this gift that is being here.
All photos are from my personal gallery of meals I have made.

PORTUGUÊS
Editado no PhotoCollage
Olá, uma bela noite para todos.
Acho que é a primeira vez que publico nesta comunidade, será um prazer experimentá-la.
Comer é, sem discussão, um dos maiores prazeres da vida. E olhe que não digo isso como um slogan bonito nem como frase feita. Digo porque é uma das poucas experiências que nos acompanham desde o primeiro dia até o último, que envolve todos os sentidos e que, quando feita bem, nos devolve ao essencial.

Vamos lá, comer não é um capricho, é uma necessidade imperiosa—não estamos falando de gula. Temos que entender que nosso corpo não negocia. Cada célula, órgão, cada processo que se gera dentro de nós exige nutrientes, energia, aquele combustível que só a comida dá. Digo com propriedade.
O ser humano não é só biologia, é também memória, emoção e desejo. Por isso, quando comemos, além de encher o estômago vazio, estamos alimentando histórias, lembranças e até estados de espírito.

Pessoalmente, cozinhar me apaixona. Não sou chef nem pretendo fazer filigranas com sifões e espumas. Sou médica, escritora e minha cozinha é mais simples, mais de panela, colher e forno, mas cada prato que preparo leva algo muito claro: o desejo de que quem o prove realmente o desfrute. Não há maior satisfação para mim do que ver alguém fechar os olhos ao provar um ensopado, ouvir aquele "hum" involuntário ou ver a pessoa repetir sem vergonha. Que toda a comida acabe porque as pessoas gostaram. Cozinhar para os outros é uma forma de cuidar, de abraçar sem tocar, e isso me alegra.
Amigos meus, algo que aprendi ao longo de todos esses anos ao redor da mesa é que comer juntos é um ato quase sagrado. Tenho certeza de que a maioria pensa como eu. A mesa é um dos últimos refúgios onde olhamos nos olhos, onde compartilhamos o pão e também as preocupações. As refeições em família, os jantares com amigos, até aquele café improvisado com um colega de trabalho—todos são momentos que tecem a rede dos nossos relacionamentos. A comida junta as pessoas, reconcilia, faz com que se sintam parte de algo. É a cola social mais antiga que existe, anterior a qualquer religião ou tratado.

Agora, vivemos numa época em que parece que todo mundo tem uma opinião sobre o que devemos ou não comer. A responsabilidade alimentar virou moda, e acho fantástico. Mas com uma condição irrenunciável: não julgar. Não julgar quem come carne, nem quem a recusa. Ou talvez aquele que pediu um hambúrguer porque sua alma precisava disso, nem aquele que preparou uma tigela de quinoa ou alface perfeitamente medida. Cada pessoa é um mundo, com seu metabolismo, suas crenças, sua economia e seu momento de vida. Colocar todos no mesmo saco e ditar o que está "certo" ou "errado" é, na minha opinião, a melhor forma de arruinar o prazer. E isso na minha casa não se permite.
Como médica, dona de casa, mulher de família e cozinheira, digo a vocês, meus amigos, algo que deve ser sempre lembrado: nosso organismo precisa de alimentos de qualidade—sim, vitaminas, proteínas, fibras. Mas nosso cérebro e nosso paladar também existem e têm direito a voto. A comida não pode se tornar um castigo, aquela lista interminável de proibições ou um exame de pureza onde estamos sempre reprovados. Se comer se torna uma fonte de ansiedade, algo está errado.


A verdadeira arte está no equilíbrio—em comer o melhor que pudermos a cada dia, sem obsessão. Em nos permitir um capricho quando o corpo e a alma pedem, e voltar ao nutritivo no dia seguinte sem culpa. Temos que escolher com a cabeça, mas também com o coração, saber que uma maçã crocante alimenta tanto quanto aquele pedaço de torta de chocolate que você compartilha com alguém especial.
A comida não é um campo de batalha; é mais uma ponte entre o que precisamos e o que desejamos, entre nós e os outros, essa união entre a terra e nossa mesa.
Então hoje, quando você se sentar para comer, faça-o com vontade, sem culpa, sem medidores. Faça-o apenas com a certeza de que está fazendo algo maravilhoso—e isso é celebrar que você está vivo. Mastigue devagar, saboreie, converse, ria. Que cada mordida seja um lembrete de que a vida, em sua simplicidade mais pura, tem um sabor incrível.


Lembre-se, comer bem não é só se alimentar. É honrar nosso corpo, conectar com os nossos e prestar homenagem a este presente que é estar aqui.
Todas as fotos são da minha galeria pessoal de refeições feitas por mim.


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