Stairway to heaven (cuento)

A Led Zeppelin.

En cuanto llegaron a mis oídos las primeras notas de aquella flauta no pude resistir el deseo de seguir su música.
El flautista de Hamelín
Hermanos Grimm


fuente

Carolina, o Caro, cariñosamente; era ese tipo de chica de quien sabes que todo lo que brilla sí es oro. Solo con acordarme de ella siento nostalgia. Puedo pasar horas hablando de cualquier tema de esa época; describirla, pero sin mencionar su sonrisa porque nadie la había visto jamás sonreír. Mi madre me educó bajo la premisa de utilizar todo lo que estuviera a mi alcance para ayudar a aquel que lo necesitara. Tal vez por eso ella se cruzó en mi camino: Alguien siempre triste, necesita ayuda.
La veía siempre de lejos. Desde mi ventana en el cuarto piso la miraba sentarse en su patio. Quedaba hipnotizado, obsesionado con entender a aquel ser que me parecía tan maravilloso. Sé que no es normal que pase eso, era muy joven en aquel tiempo. Para los demás ella lo tenía todo, sin embargo no era así. Nadie con esa tristeza en el rostro puede tenerlo; algo le faltaba y yo quería ayudarla. Así se convirtió mi primer amor… y ni siquiera se había enterado.
No piensen que nunca lo intenté. Lo primero que hice fue contárselo a mi mamá, ella y yo no nos guardábamos secretos, además, contaba con su experiencia. Me escuchó con la atención que merecía la primera confesión de su hijo enamorado, y al terminar le pedí consejos.
—No te acerques mucho a ella, Jimmy —me dijo de forma muy tierna, como consolándome—, que esa chica, no te lo digo por mal, sino porque conozco a las de su tipo, puede tener lo que quiera con solo abrir su boca. Su familia es rica: ellos llegaron de Londres no hace mucho. Están acostumbrados a quererlo todo, y una vez que lo tienen, lo tiran a un lado como algo inservible, inútil.
—No creo que ella sea de ese tipo, mamá. No puede ser que una chica así, siempre esté triste. ¿Me entiendes?
—Claro que sí. No obstante, ¿para qué quieres tú a una novia con ese estado de ánimo constante? —en las palabras de mi madre sentí su preocupación—. Mejor busca a una que te quiera y esté feliz con lo que eres y tienes. Ella no es normal, mi amor.
—Nosotros tampoco lo somos, mami. Yo no lo soy.
—Es diferente, Jimmy, tienes un don que la gente teme y por eso es que debemos permanecer sin que nadie se entere.
—Sin embargo, insististe en que aprendiera a tocar la guitarra para ayudar a los demás; ser como mi papá. ¿De qué me sirve si no la uso?
—Porque sé que ese instrumento, con el tiempo, ayudará a que perfecciones tu don. Servirá para que lo uses sin que nadie note nada raro, de manera puedas crecer y vivir feliz.
Era frustrante no poder convencerla. No pude mirarla a los ojos mientras me habló, solo caminé de un lado a otro hasta que me dijo eso.
—Yo puedo hacerla feliz, mami, y así poder serlo también —jamás había estado más seguro de algo—. A lo mejor con mi guitarra puedo darle lo que quiere.
—Y, cuando se lo des…—hizo una pausa para permitirme analizar la frase que adiviné—: ¿Crees que te seguirá queriendo, o querrá algo más?
—No sé, mami, yo…
—¿Y crees que te querrá por tus sentimientos, o porque puedes satisfacerla en todos sus antojos? El otro día John, el de la tienda de instrumentos musicales, me dijo que ella fue a su local con algunas amigas y logró que lo abriera fuera de horario. El pobre hombre había cerrado y ella lo convenció de hacerlo para complacer un capricho. ¿Qué crees que pasó a continuación?
—No sé, dime…
—Pues que la niña no compró nada y se fue. Ni las “gracias” le dio, tampoco sus amigas, que parecen cortadas con la misma tijera. ¿Me entiendes ahora, mi sol? No te enamores de lo que no vale la pena, créeme.
En parte tenía razón. Lo que mi madre no sabía –yo sí– es que no compró nada porque el instrumento que siempre tocó fue la flauta: y ya tenía una. Más de una vez desperté por la mañana con los “ensayos matutinos” que hacía en la parte más lejana de su patio. Allá donde creía que nadie la alcanzaba a ver. Sin embargo, semanas atrás había dejado de practicar. Pensé que la causa de aquello eran sus amigas.
Cierto era que tenía “algo” para lograr que las personas a su alrededor hicieran su voluntad, principalmente aquella muralla conformada por Patricia, Cinthya y Angélica, que no dejaban que nadie se le acercara. La principal era Angélica, que de angelical no tenía nada. Un día me armé de valor y le iba a llevar flores a Caro; Angélica abrió la puerta y al ver mi regalo comenzó a reírse en mi cara. Las arrebató de mis manos y cerró de un portazo. Al momento me lancé a la carrera escaleras arriba para ver la reacción de Caro al ver mi obsequio. Ahora no quisiera haberme asomado a la ventana: mis flores fueron lanzadas a la basura, por aquella… chiquilla malvada.
Por mucho que ellas y mi mamá me querían alejar de Caro, cada vez que miraba por la ventana hacia su casa, no podía evitar pensar en alguna manera de conversar con ella. Lo primero que se me ocurrió fue dejarle un mensaje escrito en algún lugar para que lo encontrara; no obstante, tenía que ser ella, no las otras. Lo escribiría en la pared de mi edificio, ahí lo vería ella… y todos los demás. Por lo tanto, pondría un mensaje que solo ella pudiera entender; el mundo entero sabe que a veces las palabras tienen dos significados. Sin embargo, si era capaz de entenderlo, el plan que estaba forjando, tendría más posibilidades de funcionar.
Así fue, esa noche cogí mis latas de spray y elaboré un paisaje en la pared de mi edificio. Dibujé lo clásico: unas montañas, un río, un ave cantando, un árbol al lado del río; dos siluetas, y una de ellas portaba una guitarra, ambas recostadas al árbol. La trampa radicó en que tanto el río como el árbol, eran los que estaban en la parte más alejada del inmenso jardín de la casa de Caro. Nadie podía verlo desde la calle. Realmente no era un río natural el de su casa, sino un pequeño canal que simulaba serlo, sabía que ella entendería el mensaje, ella y solo ella.
Al salir el sol me encontraba sentado en mi balcón, guitarra en mano, esperando a que Caro viera mi pintura. No obstante, la primera en ver mi obra de arte no fue ella, sino la vecina del primer piso. Al ver la pared “destruida” (sus palabras, no las mías) formó un escándalo y llamó a cuanto vecino le vino a la cabeza, para mostrarle aquel “acto de vandalismo que se había cometido”. Y allí estaba yo preocupado porque pintaran nuevamente la pared y Caro no recibiera mi mensaje. Mas, al quitar la vista del escándalo de mis vecinos, la vi con su flauta en el estuche, mirando la pared. La observaba, y en su rostro se veía algo como “eso me suena familiar”. De vez en cuando giró la cabeza en dirección a su lugar de prácticas. Antes de que pudiera convencerse, mis vecinos habían conseguido una lata de pintura, brochas y escalera, y se dispusieron a eliminar aquella “falta de respeto”. Jamás se habían puesto de acuerdo para algo de manera tan rápida. Al dar el primer brochazo, Caro no estaba mirando, la vi en camino a su asiento, seguida por “la muralla”. Mi corazón latía tan rápido, que pareció detenerse en un interminable latido. Estuve casi seguro de que si se hubieran demorado un minuto más, ella lo iba a entender. No tuvo tiempo, eso creí al verla como si nada hubiera pasado. Resignado, dejé la guitarra en el suelo y salí para la escuela.
Al regresar me senté a merendar en el balcón y allí fue que pude escucharla. Sentí el sonido de la flauta como si fueran señales de humo tras los árboles. La escuché y corrí en busca de la guitarra. Toqué como mi mamá me había enseñado a hacerlo. No sabía si iba a funcionar con ella, debido a que en las prácticas con mi mamá, ambos teníamos los mismos instrumentos. Eso no me desalentó, al contrario, toqué como nunca lo había hecho y sentí cómo mi melodía se unía con la de ella. Fue entonces que la vi. Ignoraba si ella podía verme, mas ahí estaba yo: tras ella. La pude ver sentada en una banqueta, por primera vez sola sin su “muralla” protectora. Había descifrado mi acertijo.
—Hola, Caro —le dije parándome a su lado—, sabía que entenderías mi mensaje.
No puedo describirles el susto que se dio al percibir mi voz. Dejó de tocar, y se giró hacia mí articulando sin sonido. Aún podía escuchar mi música, así que me pudo ver y oír cuando le hablé.
—No pares de tocar, o no te podré escuchar. No te asustes, enseguida te explico.
Vi cómo movía los labios y gesticulaba, sin embargo seguía sin escucharla.
—Tienes que tocar tu flauta —repetí pacientemente—, solo con la música podemos comunicarnos, hazme caso, por favor: toca.
Aun sin comprenderme, detuvo sus manos un instante, llevó el instrumento a los labios y dejó volar la música. Fue entonces cuando se vio a mi lado. Vio al el espíritu de su melodía flotar al lado del mío, y solo así pude oír su voz.
—¿Qué es esto, qué pasa? —estaba muy asustada, lo noté al instante, y era lógico que así fuera.
—No te asustes, no pasa nada. Soy tu vecino de al frente, mira —le dije mientras señalaba hacia mi cuerpo, tocando en el balcón—. Es sencillo. Desde pequeño mi mamá me enseñó cómo podía lograr lo que hacemos ahora.
—Y ¿qué es esto? ¿Magia? ¿Estamos muertos? ¡Ay, no me digas que morimos!
Tuve que contener mi risa para contestarle.
—Es simple. Mi familia tiene un don, cada uno diferente al otro, que se descubre durante la niñez. El mío es este. En cada obra de arte, el creador pone parte de su espíritu, conciencia, amor. Cada obra no es más que algo que quiere comunicar. Eso debes haberlo notado, al menos inconscientemente. Yo lo percibí en tus melodías.
—¿Qué notaste?
—Mucha tristeza. No sé por qué. ¿Te sucede algo?
—¿A ti qué te importa?
—Realmente, no mucho —mentí sin saber cómo reaccionar ante su brusquedad repentina—, solo quiero ayudarte.
—Ayudarías mucho dejándome tranquila.
Al decir aquello, soltó la flauta y se dirigió muy seria hacia su casa. No entendí ese cambio. Escuché muchas veces a mi padre y a mi abuelo decir que a las mujeres no había ser que las entendiera, y en ese momento comencé a ver el significado de ese dicho. También dejé de tocar. Observé cómo entraba al interior de su casa, no sin antes detenerse y mirar hacia mi balcón. En su cara vi una mezcla de enfado con berrinche infantil.
Los días pasaron y en cada ocasión que fue a su patio, comencé a tocar nuestra canción, y cada vez que la escuchaba volvía a entrar para no tener que oírla. Una mañana, antes de irme a la escuela, percibí la suave melodía de su flauta, como ecos tristes que salen del interior del bosque. Mi mamá se había ido al trabajo, así que dejé la maleta en el suelo, agarré mi guitarra y comencé a tocar. Al instante me encontraba nuevamente a su lado. La vi más triste que nunca, en sus ojos permanecían las huellas de un llanto reciente.
—Hola —solo dije eso, quería dejarla hablar.
—Hola —fue su respuesta.
Al parecer quería que fuera yo quien diera curso a la conversación.
—¿No vas hoy a la escuela?
—Tampoco parece que vayas tú.
—No voy si no quieres que lo haga.
—¿Por qué haces eso? No me conoces. Ni yo a ti.
—No necesitas saber al dedillo de alguien para brindarle ayuda.
—¿Qué ganas ayudando a desconocidos?
—Realmente… nada —me sorprendió su pregunta. Nunca me lo había planteado—. Pero crecí así, mi mamá siempre me ha dicho que tengo que ayudar al prójimo, no importa quién sea. El destino se encargará de devolvérmelo por partida doble.
Al instante comenzó a llorar. Dejó la flauta al lado, así que no podía escucharla desde mi balcón, tampoco abrazarla ni consolarla. Solo podía hacer que me escuchara.
—¿Quieres que vaya a tu casa?
Negó con la cabeza sin mirarme. Paró su llanto, se secó el rostro y después de aspirar profundamente para calmarse, volvió a tocar.
—Es mejor seguir así. Pedí a mis amigas y a mi padre que me dejaran sola un rato. Necesito estar sin que me molesten sin personas a mi alrededor sintiendo lástima por mí.
—¿Por qué alguien iba a sentir lástima por ti? A los ojos del barrio eres la niña más afortunada del mundo. Lo tienes todo.
Me miró con enojo antes de hablar.
—Hoy se cumple un año de la muerte de mi madre.
Soltó esa bomba sin siquiera pensarlo. No sabía dónde meterme. Nadie imaginaba aquello. Ni siquiera la vecina del primer piso, que vivía pendiente a la vida y obra de todos en la cuadra.
—¿Ves? Por eso mismo no quería que nadie estuviera a mi lado. No quiero sus lástimas, pésames ni palabras de consuelo. Lo único que hacen es recordarme que por mi culpa, mi mamá se murió.
No tuve mucho tiempo de pensar, tenía que arreglar la situación, así que solté lo primero que me vino a la mente.
—Yo también perdí a mi papá, así que sé lo que es eso. No te tengo lástima, Caro.
No debí haber dicho eso, pudiera no haberlo creído y pensar que le dije lo que quería escuchar, o que me creyera y se deprimiera más aún. Todavía no sé lo que pasó por su mente. Me pareció que no le importaba nada lo que hablé, y eso fue lo mejor.
—¿Y eso es motivo para que no me cojas lástima? Hay decenas de personas que han perdido a sus padres y cada vez que las miro lo que veo en sus rostros es esa cara de “pobrecita, no tiene mamá”.
Por mucha ironía y sarcasmo con la que cargara su voz, sabía a qué se refería y por eso supe perfectamente qué decirle, o al menos eso pensé.
—Primero, eso no es motivo para tener lástima. Es cierto: es triste, no obstante ¿por qué hacerte sentir así? Tienes a tu padre y familia; además, no creo que fuera tu culpa.
Esa última frase fue lo peor que he dicho en mi vida, aún me arrepiento. Al momento, Caro dejó la flauta a un lado y echó a correr hacia su casa, llorando a lágrima viva. Al principio no entendí qué pasó; de pronto me di cuenta que al parecer sí tuvo que ver en lo sucedido, o al menos eso creía. Corrí tras Caro, bueno, mi otro yo corrió hacia ella alcanzándola justo antes de que entrara a la casa. La pude calmar al amenazarla con saltar el muro de su casa e ir a verla personalmente. Ella me decía que no; fue lo que pude ver cuando movió la cabeza de un lado al otro en clara negativa. Antes de entrar, sin llorar, se giró hacia mí y preguntó mediante señas, si podía verme al día siguiente luego de la escuela. Por supuesto que sí, fue mi respuesta y la vi desaparecer tras la puerta de su casa.
Así hicimos a diario durante casi dos meses. Ella pedía espacio a su muralla protectora y se iba a tocar la flauta en la base del árbol, al lado del arroyo artificial. Por mi parte, mi mamá estaba muy contenta de verme practicar con la guitarra.
No le pregunté más por su madre o por qué se había lanzado a la carrera aquel día. Tampoco sirvió preguntar por el barrio, nadie conocía las intimidades de aquella familia, llevaban muy poco tiempo viviendo en esa casa. Eso no importaba, al menos no a mí. Aunque la duda no se iba de mi cabeza y estuve a punto de preguntarle, nunca parecía el momento oportuno de hacerlo. No quería estropear aquello, era genial pasar el tiempo a su lado. Ella era inteligente, linda, agradable, a pesar de no tener un sentido del humor muy desarrollado. Poco a poco nos fuimos acercando hasta hacerse imprescindible el estar uno al lado del otro; o en nuestro caso, de nuestras proyecciones, como le llamábamos.
Uno de esos días, nos dieron salida de la escuela dos horas antes de lo habitual, y como si lo hubiéramos planeado, corrimos hasta nuestras casas (al menos yo corrí, ella se fue en carro) y nos sentamos a “practicar”. Fue una tarde esplendorosa, sin interrupciones de “la muralla”, sin que mi mamá me mandara a hacer algún encargo… solo nosotros. Iba cayendo la tarde mientras conversábamos sobre música y los grupos que se escuchaban en la radio, cuando la llamaron de la casa.
—Son ellas —dijo—, ya llegaron. Tengo que irme.
—¿Por qué no les dices que se vayan? Que quieres estar sola.
—Ellas vienen porque mi papá les pidió que estuvieran cerca de mí. Desde lo que sucedió después del funeral de mamá, no me dejan sola a no ser para practicar. Y solo así, porque mi mamá tocaba la flauta, y es la única manera de poder estar cerca de ella, o eso es lo que piensan.
Aquella fue una nueva información y a medias, ¿qué pasó luego del funeral?
—Caro, sabes que puedes hablar conmigo. Yo te escucho. Estaré siempre aquí para lo que necesites.
—Lo sé, yo también.
—¿Podemos vernos por la noche? Quiero enseñarte algo.
Ella dudó un momento, mas los llamados de Angélica la apuraron a convencerse.
—Está bien, a las nueve en punto, luego de comida.
Perfecto, dije para mis adentros mientras la veía levantarse de la base del árbol y pasar por mi lado con lo más cercano a una sonrisa que pude sacarle hasta ese momento. Solté mi guitarra y di saltos, gritos e incluso hice algo, lo más lejano posible de un baile. Nada importaba: esa noche me declararía; tenía que hacer algo especial.
A las nueve en punto, estuvo allí. Tuve que mentirle a mi mamá porque no se creyó que iba a practicar a esa hora de la noche, pero la idea de que tocaría en un musical de la escuela la puso de lo más alegre. Caro parecía más ansiosa que yo, y nada más verme a su lado soltó una ráfaga de cosas, entre las cuales lo único que capté fue la pregunta final:
—¿Qué hacemos ahora?
Ya lo tenía pensado, desde hacía horas. Le pedí que me hiciera espacio y cambié el tempo de la música, la hice más rápida y comencé a construirle una casa entre las ramas del árbol. Proyectada, como nosotros, con notas que se transformaron en luces que a la vez se convertían en paredes, alfombras, flores y todo lo que ella y yo quisimos que hubiera en aquel árbol. Los ojos de Caro brillaban bajo la luna y puedo jurar que su brillo se reflejaba en el agua del río. Al concluir la creación de mi sorpresa, su cara había perdido gran parte de la tristeza que la caracterizara, y por supuesto, yo era feliz con eso.
—Es maravilloso, Jimmy, ¿cómo lo hiciste? ¿Cómo sabías que era lo que quería?
—Lo hicimos los dos, yo solo hice la parte pesada, tú hiciste el resto.
—¿Podemos subir?
—Claro que podemos, o eso creo. Nunca lo he hecho antes.
—¿Por qué, Jimmy? ¿Por qué eres tan bueno conmigo?
—Porque me gustas, Caro, porque eres maravillosa.
Solté aquello de repente y muchas cosas más que no recuerdo ahora. Pude ver cómo la poca alegría de Caro desaparecía de su rostro. Todo iba mal, así que me callé y esperé a que hablara, si es que lo hacía. El tiempo pasaba muy despacio, ni siquiera parecía correr el viento. Aquellos fueron los segundos más lentos de mi vida. Me miró a los ojos y me dijo.
—¿Qué es eso, Jimmy?
—Es lo que siempre he sentido por ti, Caro.
—No, eso no, sino lo que tienes en los dedos, ¿es sangre?
Efectivamente lo era. En un instante mis dedos comenzaron a sangrar; algunas gotas cayeron hasta desaparecer entre la hierba del patio.
—Debes haber tocado demasiado rápido y por mucho tiempo, no te preocupes.
—Claro que tengo que preocuparme, bobo. Eso es serio.
—No, lo serio sería que no me dejaras verte. Quiero venir a tu casa. En persona.
—No puedes, lo sabes, déjame verte las manos.
Y sin proponérselo me las cogió. Aquello fue nuevo, pude sentirla, no sabía que podía hacer eso, y ella menos, todo fue mágico. Pudo verlo en mis ojos. Mis manos sangraban todavía.
—Dejemos esto por hoy. Mañana nos veremos si quieres –dijo, y me dio un beso.
¡Claro que quería, más que nada en la vida! Mi alegría era tan grande que al cerrar la proyección, solté la guitarra, corrí hasta mi mamá y la abracé de tal manera que se sorprendió ante aquella muestra inesperada de afecto. Luego vio la sangre, y al coger mis manos entre las suyas, por poco le da algo. Mi felicidad era tal que la primera vez que realmente me dolieron fue al ponerlas bajo el chorro de agua en el baño, y cuando tocó el turno al alcohol para desinfectar; mejor no hablo de eso. Si bien, lo más doloroso fue la conversación con mi madre.
—¿Qué estás haciendo, Jimmy? No me digas que es por lo del musical, porque no lo creo —había que verle los ojos al decirme eso. Era muy difícil mentirle—. Debes estar escondiendo algo. ¿Desde cuándo tenemos secretos entre nosotros?
Le tuve que contar. Y mi dolor se fue con cada palabra. El rostro de mi madre mostraba alegría y preocupación al mismo tiempo, era algo raro pues no sabía qué decirle y qué no, así que le conté todo. Al terminar, ella estuvo pensando durante un rato. Luego tomó mis manos y mientras me colocaba unas curitas en los dedos, fue diciendo.
—Te dije que no debías acercarte a esa muchacha, Jimmy. Eres igualito a tu padre, así que no me extraña que hayas hecho lo que hiciste, y mucho menos que se enamoraran. No debes seguir haciendo eso, pues se pueden dañar mutuamente. Mírate las manos y verás que estoy en lo cierto.
—No es nada, mami, ni siquiera lo sentí.
—No es nada comparado con lo que puede pasarles. Te puedes lastimar en serio, Jimmy, o peor, hacérselo a ella. Recuerda que tú eres el que controla este don, no ella. Caro es una chica normal que cae bajo tu música. Y no siente nada de lo que le pasa a su cuerpo físico una vez que entra en trance, así como tú no sentiste tus dedos sangrar.
—Fue solo hoy, porque hice algo que nunca había hecho, apenas he escuchado a mi abuelo contar que él lo hizo en varias ocasiones.
—Jimmy, no puedes estar haciendo por tu cuenta cosas que no conoces. Si alguien los ve, podemos correr peligro.
—Nadie puede ver nuestras proyecciones, mamá.
—Pero sí sus cuerpos físicos.
Tenía que decirle algo que la hiciera cambiar de opinión, o al menos que la tranquilizara… nada me venía a la mente, en mi cabeza solo existía una frase:
—Nos queremos, mamá.
—Por eso mismo, si tanto la quieres y ella a ti ¿por qué no vas a su casa?
Tenía razón en eso.
—No sé, estoy intentándolo.
—Esa muchacha te va a traer problemas. No somos de su clase, Jimmy, te va a usar.
—No digas cosas que no sabes, mamá. Ella no es de ese tipo.
— Hay dos caminos que puedes recorrer todavía, a la larga hay tiempo para cambiar tu destino. Hazme caso que tengo más edad que tú. Te va a hacer daño, hijo. Aléjate.
—No.
Y esa fue mi última respuesta antes de correr al cuarto y encerrarme. Esa noche ni siquiera comí. No pude apartar mi mente del recuerdo de aquel beso en el patio, que de repente se convirtió en mi lugar favorito de toda la Tierra. Las estrellas parecían tan cercanas que creí que si alzaba los brazos podía tocarlas.
Mi madre tenía razón. No lograba comprender por qué Caro no quería verme en persona. Opté por arriesgarme en insistirle, aunque se sintiera presionada, se cerrara en sí misma y no quisiera verme más; tenía que preguntárselo la próxima vez que la viera.
Así pasaron dos días, esperando al sonido de su flauta y con el temor de que el dolor de mis dedos no me dejara tocar. Peor fue el que no pasara nada, y las palabras de mi madre tenían mayor peso en mi cabeza por cada hora que transcurría. Al día siguiente, la fiebre no me dejó ir a la escuela. Mi mamá estuvo sin despegarse de mi cama, solo lo hizo cuando tuvo que salir a comprarme las pastillas que mandó el doctor.
—No te vayas a levantar, cariño —dijo antes de salir—, vuelvo enseguida.
Tampoco pensaba hacerlo, no tenía ganas, lo juro. En eso sentí el triste sonido de la flauta. Aunque mi primer impulso fue salir corriendo, lo resistí, no podía seguir su juego, en el fondo comencé a temer que mi madre tuviera razón; pero me convencí que tenía que saber por qué Caro le huía a un encuentro físico. Me levanté de la cama para preguntarle. Nadie a quien se lo dijera lo iba a creer; la verdad es que me estaba muriendo por volver a verla. Mis dedos estaban casi sanos, así que cogí mi guitarra y me transporté a su casa con el plan de hacerme el indiferente, y decirle algo así como: dime, Caro, ¿qué quieres?. No obstante, mis planes se fueron al traste… Se trataba de mi flautista, llamándome.
—¿Qué te pasó, Jimmy? Estaba preocupada, me dijeron que estabas enfermo y por eso no fuiste a la escuela, ¿estás bien?
Me hizo esta última pregunta con mis manos entre las suyas y mi corazón se volvió más suave y ligero que una burbuja.
—No es nada, solo un poquito de fiebre, pero ya no tengo —le dije haciéndome el fuerte y dejando que pusiera su mano en mi frente para que comprobara que no tenía. Era algo extraño este don. En la forma en que estábamos, podíamos sentir lo que nuestras proyecciones sentían, no nuestros cuerpos físicos. Sin embargo, no a la inversa.
—Estuve preocupada, estos días anteriores me fui a casa de mi tía que quería verme, no tuve tiempo de decírtelo.
Por eso es que no te vi, me dije, mientras en mi cabeza daba saltos de alegría.
—La vez pasada no terminamos la conversación.
—Lo sé y he querido verte desde entonces.
—Si quieres bajo ahora mismo, antes que mi mamá llegue de la farmacia.
—Verte aquí es lo que más quisiera, mas no puedes, Jimmy, te lo he dicho.
—¿Por qué no, Caro? ¿Qué pasa, te avergüenzas de mí? Porque siempre veo aquí a la pesada de Angélica y las otras dos.
—Es diferente, no puedo decírtelo.
—¿No puedes o no quieres?
—No quiero. Puede echar a perder esto que es tan lindo.
Aquello avivó aún más mi curiosidad, ¿qué sería lo que me ocultaba?
—Sabes que puedes contar conmigo, que te quiero, nada cambiará eso. Sin embargo, si no puedes confiar en mí, es posible que mi mamá tenga razón y deba alejarme.
Y en serio me iba a ir. Con la rabia, pateé una roca… o al menos lo intenté. Mi pie la atravesó. Estaba a punto de dejar al lado mi guitarra cuando lo dijo de una vez.
—Ellas están aquí para cuidar que no intente suicidarme de nuevo.
La vergüenza podía leerse en su rostro, aunque no vi nada por lo que tuviera que estar de esa manera. Al momento me vinieron a la cabeza todas las respuestas a mis preguntas y dudas. No le dije nada, la abracé contra mí y le di un beso que, aparte de salado, supo a gloria. En verdad me quería, no eran ideas mías. Pasamos parte de esa hora hablando de temas superfluos, y otra parte sin hablar. Al final pidió que regresara a casa y que cuidara de mis heridas; el día siguiente volveríamos a vernos con más calma. Así que me fui de nuevo. Solté la guitarra y, al levantarme, un terrible dolor me azotó el dedo meñique del pie, con el que traté de golpear la roca. Nota mental: No hagas nada con tu proyección que puedas lamentar con tu cuerpo. Independientemente de eso, al llegar mi mamá ya no necesitaba las pastillas, no tenía fiebre ni nada, me sentía de maravillas.

Pasó casi un año y todo era felicidad. Pudimos vernos en persona muchas veces en actividades que concertábamos con nuestras familias, sin que ellas supieran que nos habíamos puesto de acuerdo. Bueno, creo que mi mamá lo descubrió eventualmente –pero ella es la mejor madre del mundo y no dijo nada–, mas el padre de Caro no sospechó en absoluto. Dije que todo era una felicidad porque llegaron los días previos al aniversario de la pérdida de su mamá. En aquella época Carolina siempre lloraba. Las melodías que entonábamos eran las más tristes que pudieran haberse escuchado, y eso me deprimía. Decidí hacer algo que la alegrara. Tenía que ser mejor aún que nuestra casita en el árbol. No sabía qué, por lo que le propuse un juego de preguntas y en mi turno, le pregunté:
—Si tuvieras que elegir un deseo, algo que quisieras más que nada en el mundo y que te haría muy feliz, ¿qué pedirías?
Ella me miró un instante, con cara dubitativa, y luego dijo.
—Jimmy, esto que hacemos, si nos pudiera ver la gente, ¿podría pensar que somos espíritus?
Me agarró de sorpresa, no era su turno de preguntar, sino de responder.
—No te toca todavía, responde para continuar el juego.
—Es que para responderte necesito saber eso. ¿Crees que los espíritus, o las almas, viajan a algo parecido al cielo? Por favor, dime.
No sabía qué hacer o decir; respondí para seguir el juego.
—Bueno, vale. Sí, creo que si alguien nos viera, pensaría que somos espíritus, y creo que de cierta manera lo somos. Pienso que parte de nuestra alma está aquí y ahora. Por eso no sentimos algunos fenómenos físicos, para eso están nuestros cuerpos.
—Entonces tengo mi respuesta: lo que más deseo es ver a mi mamá. O sea, ir al cielo y verla para decirle que lo siento mucho. Siento mucho que por mi culpa esté muerta.
Iba a responderle, cuando me interrumpió en ráfagas.
—Todo el mundo me dice que no es mi culpa y que si ella estuviera aquí me diría lo mismo. ¡Pues no está! —hizo una pausa para coger aire y seguir tocando—. Sé que de esta manera podemos verla, allá arriba, donde quiera que esté.
Aquel fue el tono más triste que le había escuchado. De pronto se puso de pie y dijo:
—Ya sé, puedes ayudarme, si no lo haces tú, nadie lo puede hacer. Prométeme, Jimmy, que me vas a ayudar.
Le dije que sí, claro, no sabía qué otra cosa responder. Acto seguido, más calmada, dijo:
—Quiero que me construyas una escalera al cielo, para ver a mi mamá. Tengo todo el dinero que cualquiera pudiera soñar, y para mi pesar, esto que te pido no lo puedo comprar en ningún sitio.
¿Qué dirían si su novia les pide eso? Me quedé sin palabras. No sabía qué decir ni qué hacer. Le dije que iba a ver cómo podía ayudarla, y cuando me iba le pregunté.
—Y, ¿para qué quieres una escalera al cielo? ¿Realmente piensas poder ver a tu mamá?
No respondió. Se limitó a sonreírme, una sonrisa triste, pero bonita. Me puso la mano en la mejilla, separó la flauta de sus labios y caminó a su casa.
El día siguiente fue la víspera del aniversario del fallecimiento de su madre. Fui a verla con la esperanza que la loca idea de la escalera se le hubiera quitado, sin embargo eso fue lo primero que me preguntó. La primera y última pelea que tuvimos fue cuando le respondí que ni siquiera había pensado más en eso; que creía que era una broma de ella. Los que no han estado en ese tipo de peleas no saben de qué hablo, y los que han estado, entonces entenderán por qué accedí a complacerla.
Aquel fue el día más maravilloso y excitante de mi vida. Jamás había hecho algo semejante: inició cuando comencé a tocar. Cambié de ritmo, comenzó lento… poco a poco subí el ritmo. Las notas comenzaron a flotar, a mezclarse con las de la flauta de Caro y los escalones fueron apareciendo uno por uno mientras tocábamos. Ella sonreía y soplaba la flauta casi sin tomar aire: los escalones comenzaron a torcer su dirección. Pronto me di cuenta de que estábamos haciendo una escalera en forma de espiral. Una espiral infinita en apariencia. Era ancha, así la pensé, para que cupiéramos los dos. Tenía una baranda dorada, como el pelo de Caro. Casi de noche nos pareció terminada. Ella asió mis manos y se detuvo al pie de la escalera, mirando hacia arriba… intentaba ver su final.
—¿Habrá llegado al cielo? —me preguntó esperanzada.
—Claro que sí —respondí lo que ella quería escuchar—, de todas maneras, lo sabrás cuando subas. Lo que no te prometo es que veas nada.
—Algo me dice que la podré ver una vez que esté allá. Gracias, Jimmy, eres el mejor novio del mundo.
En aquel momento me lo creí. Pensé que nadie en el mundo podía comparárseme. Comenzamos el ascenso tomados de las manos, escalón por escalón. Por debajo de nuestros pies pudimos ver nuestros cuerpos a través de los escalones, transparentes cual cristales de copas. Sentíamos la música brotar de nuestros instrumentos. Como debíamos escucharla, mientras más alto estábamos, más fuerte tuvimos que tocar. El silencio de la noche nos ayudó. Cada paso que dimos hizo brotar una nota diferente de cada escalón pisado. Al cabo, vimos algunas nubes y aves pasar por debajo de nosotros y eso nos hizo felices. De pronto, ella se detuvo y me miró.
—A esta altura debes estar sintiendo el viento, y aunque no puedas verlo, lo escuchas susurrando, ¿no es cierto?
No entendí a qué venía aquello, no obstante le dije que sí, tenía razón. Debía estar fatigada.
—No me voy a ir —agregué—, por si te lo preguntas. Dije que te iba a ayudar y eso haré. No quiero perderme el momento en que te reúnas con tu mamá. Si eso es lo que te hace feliz, no hay nada que quiera más.
Ella no dijo nada, me besó en los labios y siguió subiendo. Llegamos a un punto en el que los escalones iban apareciendo a medidas que colocábamos el pie. Las nubes nos rodeaban y no veíamos nada más a nuestro alrededor; no iba a ser yo el que dijera lo obvio: tenía que darse cuenta ella de la situación. En vez de eso me puse a pensar que a esa altura, el viento hubiera tumbado cualquier escalera real, a nosotros, y si aún no nos hubiéramos caído, no pudiéramos respirar por la presión –hipoxia, ahora sé cómo se llama–. ¡Qué genial me parecía que nuestros cuerpos estuvieran allá abajo! Lo mejor: ni siquiera teníamos que bajar caminando, solo debíamos dejar de tocar.
Por esos lares andaban mis pensamientos, cuando Caro me soltó la mano y echó a correr escaleras arriba y comenzó a gritar: “¡Mamá, mamá!”, sin recibir respuesta. Se detuvo unos metros por encima de mí, la pude ver a través de los escalones. Me miró y sonrió como nunca la había visto sonreír antes, no con tanta felicidad, y dijo:
—Gracias, Jimmy. Mírala, ahí está.
Y dio un paso al vacío.
No pude contener el grito cuando la vi pasar por mi lado. Estiré el brazo por encima de la baranda, pero con conseguí alcanzarla. No la pude agarrar, así que me lancé tras ella gritándole que dejara de tocar. De pronto desapareció. Lancé mi guitarra y me paré en el balcón. La vi tirada en el suelo, sin moverse, corrí escaleras abajo sin importar los vecinos, que me miraron pasar como un poseso, y seguir mi carrera hasta la puerta de casa de Caro.
Cinthya fue la que abrió, no le di tiempo de hablar; la empujé a un lado y corrí a través de la gran sala, por los pasillos que llevarían al patio. Los gritos de Cinthya hicieron que el padre de Caro detuviera mi carrera. A duras penas, entre sollozos, pude decirle que corriera al patio que su hija se había caído y estaba inconsciente en el suelo. El pobre hombre se olvidó de mí y salió disparado hacia el patio, yo lo seguí lo más rápido que pude. Llegué justo para ver cómo se lanzó al lado de su hija y la levantó del suelo tratando de reanimarla. Le gritaba y la llamaba por su nombre, “Caro, despierta, ¡Carolina!”. El rostro de su hija había cambiado la expresión de tristeza por una sonrisa, y su leve color rosa por un tono azulado en labios y dedos.
Al cabo de cinco interminables minutos llegaron los paramédicos, junto a ellos hizo entrada el doctor de la familia, todos se empeñaron en la batalla de intentar traerla de regreso. Contemplando la horrible escena a mi lado estaba mi madre, en un momento sentí que perdía fuerzas y ella me apretó a su pecho, pude escuchar los latidos acelerados de su corazón, pidiéndome que tuviera fe, que no todo estaba perdido.
Caro respiró hondamente y abrió los ojos, no buscó nada ni a nadie con la vista... parecía ausente, como quien despierta de un largo y maravilloso sueño... fue lo último que vi de ella, la última sensación que me transmitió.
Acto seguido, el padre echó a todos de la casa y no volvimos a verlo jamás.
No lo culpo.
Como si se hubieran puesto de acuerdo, mi madre me prohibió volver a ver a Caro.
No podía hablar de ella, ni siquiera mencionar su nombre. Nunca me lo recalcó, no hubo regaños ni castigos; pero en su mirada estaban escritas las palabras "te lo dije". Días más tarde, por medio de las vecinas más habladoras y con más tiempo que nadie para dedicarse a las noticias del barrio, supe que el padre de Caro la había enviado a recuperarse en casa de aquella tía lejana. Otro día vi alejarse los camiones de mudanza llevándose sus pertenencias.
La casa quedó vacía y en ella quedó encerrada para siempre la magia de los momentos vividos.
Fue necesario. Con el paso del tiempo medité sobre lo que habíamos hecho, cómo engañamos a nuestros padres, pensando que sabíamos más que ellos, creyéndonos invencibles; sin embargo, la profecía de mi madre se cumplió. Supe que el precio de mi don era generar a cambio ese vacío en mi interior, como si al entregar felicidad, la restara de mí. No obstante, lo acepto. Maduraré, sabré a quién escoger, el modo de hacerlo para que nadie más resulte dañado, pero no habrá sido la última vez.
Creo que valió la pena. No tengo que decir todo lo que vino después: soledad, tristeza, saber que había perdido irremediablemente a mi primer amor... Mi único consuelo, lo que el destino me devolvió multiplicado con creces, es saber que al final de nuestra escalera, Caro pudo ver a su madre.



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