Self-will (cuento corto)
No solo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo, no les cabía en la imaginación.
El ahogado más hermoso del mundo
Gabriel García Márquez
Se cansó que le dijeran que siempre salía mal en las fotos. Invariablemente cerraba los ojos, miraba hacia otro lado, dejaba la boca abierta; e incluso, varios de estos motivos a la vez. “No tengo la culpa”, se decía a sí mismo, sin embargo, aquello no eliminaba el hecho de no conseguía ni una pose decente para su perfil de Facebook. Probó hasta con selfies, y nada, todas mal centradas, fuera de foco y sino, quemadas por el flash.
Durante las fiestas llegaron a fotografiarle sin que se diera cuenta, y ni aun así obtenían una correcta. Al parecer, alguna maldición moderna pesaba sobre él. No existía cámara o fotógrafo que disparara desde el ángulo correcto o con la iluminación y enfoque preciso. Lo más inaudito ocurrió cuando estuvo en la playa con sus amigos y la zona de su imagen de la foto salió oscura. Desde ese día, apenados, le pidieron y al mismo tiempo con buenas intenciones, le pidieron que se colocara al otro lado de la cámara.
Aún así, con el temor de que echara a perder la fotografías.
Sucedió que aquello se le dio bien y todas sus fotos salían perfectas, como si fueran de revistas. No importaba si la luz era mucha, poca, si no era blanca, si el objeto estaba en movimiento, la ausencia o presencia de flash, si la cámara era digital o no; profesional o no, Sony, Samsung, Olympus, Kodak, Nikon o Canon, sencillamente descubrió su don: un talento nato que permitía que ninguna instantánea saliera mal. Todos los disparos eran precisos; cada vez que el obturador se abría, penetraba la luz, el sonido, la temperatura, el olor, no sabía decir qué más, pero la imagen era capturada exactamente como la imaginó: sin margen al error. Sencillamente obras de arte.
Aquello, con el tiempo, llegó a gustarle inmensamente. Solo le molestaba una cosa: en ninguna de esas imágenes estaba él.
De esa manera, cansado de toda aquella exclusión, sacó del banco sus ahorros y lo invirtió en disímiles tipo de cámaras, trípodes y otros instrumentos afines. Los colocó en los rincones de su casa apuntando a todos los ángulos y superficies posibles y en algunas imposibles también. Ajustó cada uno de los cientos de objetivos y sombrillas reflectoras de manera que estuvieran listas para disparar una foto tras otra y enviar las imágenes a su computadora. Él se dedicaría a examinar por las mañanas el trabajo de toda la jornada anterior.
Desde aquel momento su casa se convirtió en una eterna sesión de fotos. Desde el exterior se veía el perpetuo flasheo que iluminaba las ventanas las veinticuatro horas.
Al inicio, él iba de pose en pose por toda la casa, como en una interminable pasarela, presto a cualquier foto. Una pose al ir al baño, pose cerrando la puerta, pose abriéndola, pose tomando agua, pose cocinando, pose comiendo, pose, pose, pose. Dónde único no lo hacía era en su cuarto, ya que mientras dormía no podía posar o mantenerse atento. Más, ni así pudo lograr una instantánea donde saliera bien. Era frustrante. La alegría del inicio fue desapareciendo con el paso de las semanas y meses. Algunas mañanas reajustaba las cámaras a la perfección y aun así no alcanzaba su propósito. Lo peor era que los ajustes eran perfectos, las imágenes, inmejorables, y él, no podía quedar peor.
Llegó a pensar que tenía algún problema neurológico que le generaba varios tics nerviosos que ignoraba tener. Así que estuvo horas delante del espejo del baño; mirándose detenidamente cada rasgo de su rostro sin notar tic alguno. Él sabía que salir bien en las fotos, no era imposible, cuando joven creyó haberlo hecho. Aunque no hubiese pruebas y nadie le creyera aquello que podía jurar con tanta vehemencia.
Comenzó a posar delante del espejo, y se veía bien, no era feo, tenía una hermosa sonrisa, solo estaba más delgado, casi flaco, bajó mucho de peso desde el comienzo de su obsesión con las fotografías. En ese momento se dio cuenta que llevaba semanas sin salir de su casa. Casi ni se alimentaba, sus reservas de comida comenzaban a agotarse. Su palidez se debía a la carencia de luz solar, así que decidió salir a caminar. Fue al cuarto a cambiarse de ropa, pero en cuanto vio su cama prefirió acostarse un rato y descansar un poco.
El cuarto era un lugar raro, sin flashes, sin sonidos de cámaras, tranquilo, oscuro. O sea: aburrido. Se acostumbró tanto a posar a cuanto rincón de su casa viera, a vivir en una constante pasarela, que no se sentía a gusto en su propia cama. “Adiós al paseo”, se dijo a sí mismo que lo haría luego de ambientar el cuarto. Colocó cámaras en el techo, paredes, mesas, sillas, suelo, en fin: en todos lados. Lo mejor fue cuando colocó un espejo en el techo, justo encima de su cama, y detrás del este, varias cámaras que lo fotografiaran así desde arriba. Si en el espejo se veía bien, era inadmisible salir diferente en la foto.
Así que se acomodó bien en su cama, vio que sobraba espacio y colocó cámaras encima del colchón, que se dirigían al espejo. Imposible fallar. Practicó varias poses acostado y mirando su reflejo. Eso iba bien, él estaba perfecto. En caso que funcionara, saldría a comer al restaurante más caro, junto a sus amigos y les mostraría la prueba de aquel suceso. De solo pensar en comida le dio hambre, sin embargo no comería nuevamente hasta tomarse la foto. También aprovecharía el espejo para una buena fotografía desde otra perspectiva.
Estaba listo. Había elegido varias poses, hechos los ajustes. Probó con objetos varios y estuvo satisfecho con el resultado. Como todo estaba bien, activó los temporizadores.
En el espejo, su más bella sonrisa.
Flash tras flash, cada cámara capturó imagen tras imagen, y él posó. Así era cómodo, no se cansaba tanto. A duras penas se levantó y fue a la computadora a revisar las fotos.
No podía creerlo, no podía ser, qué decepción. Ojos cerrados en una, mueca en la otra. Hasta dormido salió mal. Ni una sola era salvable. Resignado, se quitó la ropa y se fue a la cama nuevamente. Comenzó a maldecir a sus amigos, las fotos, al sol y a cuanto ente se acordó. No le quedaba nada, ni familia, ni dinero, ni fuerzas para levantarse. Sin embargo: estaba cómodo. Molesto, frustrado, pero cómodo. Así que decidió quedarse ahí, ni siquiera recargaría las baterías de las cámaras. “¿Para qué?”, se dijo.
Se quedó acostado, mirándose al espejo, pensando en cuántas muecas raras saldrían en las fotos.
No quería verlas, ni lo haría.
Se contentaba con mirar su reflejo, ahí sí se vio bien. Esa imagen en el cristal lo hacía feliz. Pensó en la leyenda de que los espejos roban el alma, pero, a esas alturas ¿qué le importaba a él? También se dijo que lo mismo dicen de las fotos, y si eso fuera cierto, él no tuviera alma hacía rato.
Cavilando en cosas como esas pasó el tiempo. Flash tras flash las baterías fueron descargándose poco a poco. Él continuó en la cama, sin comer ni beber, sin hacer nada que no fuera mirarse al espejo y pensar que hacia allí iría su alma al morir, si es que aún le quedaba.
La tarde que las cámaras dejaron de disparar, fue en la que él cerró los ojos por última vez. Sintió cómo se elevaba por encima de su cuerpo. Se veía, desde el techo, acostado en su cama, rodeado de cámaras, flaco, con las costillas marcadas, la barriga y los ojos hundidos, los cachetes chupados y las sábanas manchadas de los orines viejos.
También pudo ver cómo una de las cámaras de la cama disparó la última foto con un flash enceguecedor.
Sus amigos descubrieron el cuerpo tiempo después. La policía les entregó las pertenencias, que fueron repartidas acorde al testamento del difunto. Luego de eso, dedicaron un día a observar las fotos tomadas en sus últimas horas. “Todas horrorosas”, se decían a modo de broma, “no cambió nada, no sale bien en ninguna”.
Y así siguieron pasando una tras otra hasta llegar a esa última foto, demasiado atípica, que fue disparada al espejo sobre la cama. Ahí se veía él, bello, fuerte y con una sonrisa hermosa como ninguna que le hubieran visto jamás en vida.
“Al menos pudo salir bien en una”, se dijeron anonadados.
El motivo de tal extrañez, aquello que nadie por temor quería mencionar; era el tono pálido, casi traslúcido de su cuerpo. Se veía tan ligero en la foto, que parecía flotar plácidamente de espaldas al espejo.

Una maldición muy propia de esta era en la que ser fotogénico es esencial para sobrevivir. Saludos, @abelarte
Gracias 🫂
Qué bueno leer que estás recuperando esta serie de cuentos que tanto me gustan.
!LADY
View or trade
LOHtokens.@riblaeditores, you successfully shared 0.1000 LOH with @abelarte and you earned 0.1000 LOH as tips. (1/1 calls)
Use !LADY command to share LOH! More details available in this post.
Esta publicación ha recibido el voto de Literatos, la comunidad de literatura en español en Hive y ha sido compartido en el blog de nuestra cuenta.
¿Quieres contribuir a engrandecer este proyecto? ¡Haz clic aquí y entérate cómo!