La vida no es buena ni mala: solo es la vida (eng-esp)

Hola, amigas mías.

Hoy les comparto una idea que muchos encuentran fría, y hasta yo lo hacía hasta hace poco: la vida no es buena ni mala. Simplemente es.
Siempre estuve culpando a lo “injusta que es la vida” y cosas así. Pero ya no más.
La realidad existe independientemente de nuestros deseos, de nuestras nociones de justicia o de nuestra moral. Pensar que el universo está pendiente de recompensar nuestra bondad o castigar nuestra maldad es un infantilismo peligroso.

He tenido que desaprender esa creencia. Durante años, operé con la idea tácita de que si yo hacía las cosas "bien", el mundo me trataría "bien". Es una especie de contrato imaginario con la existencia. Y la realidad, una y otra vez, se encargó de demostrarme que ese contrato no existe. He visto a personas íntegras sufrir golpes devastadores sin merecerlo aparentemente. Y he visto a individuos despreciables prosperar sin consecuencia inmediata. Esto no es cinismo; es observación.

El mundo opera bajo leyes de causa y efecto, acción y consecuencia, pero no son leyes morales. Son leyes prácticas, físicas, sociales, económicas. La bondad es un valor humano, no una fuerza cósmica. Ser bueno, honesto, decente, es valioso por sí mismo. Construye un carácter sólido y permite mirarte al espejo en paz.

Pero no es un escudo. No te protege de la enfermedad, de la traición de un socio, de una crisis económica o de un accidente. Confundir la ética con un seguro de vida es un error catastrófico. Te deja expuesto y, cuando la desgracia llega (y llega para todos), además del dolor, cargas con la perplejidad y la rabia de que "el universo no cumplió su parte".

Comprender esto no te hace cruel ni te empuja a abandonar la bondad. Todo lo contrario. Te permite ser bueno desde una posición de fuerza, no de ingenuidad. Dejas de ser bueno esperando una recompensa externa, y pasas a serlo porque esa es la forma de hombre que has elegido ser, independientemente de lo que el mundo te devuelva. Es una bondad más limpia, más auténtica y mucho más resistente.

La verdadera madurez comienza cuando aceptas la vida tal como es, no como te gustaría que fuera. Dejas de quejarte de su "injusticia" como un niño que patalea. Aceptas que la adversidad, el dolor y la pérdida son partes inevitables del paisaje, no anomalías. Desde esa aceptación, puedes pararte firme. Puedes prepararte. Puedes cultivar la lucidez para ver los peligros reales, la fortaleza para soportar los golpes inevitables y la inteligencia para navegar en un mundo que es indiferente a ti.

No se trata de volverse insensible. Se trata de cambiar la base desde la que operas. Ya no operas desde la ilusión de un mundo justo, sino desde la realidad de un mundo neutro. Y en esa neutralidad hay una oportunidad enorme: la libertad de construir tu propio significado, tu propia fortaleza y tu propia ética, sin depender de los caprichos de un destino imaginario. Eres más firme porque tus pies pisan tierra, no nubes. Y puedes ser más humano, porque ayudas a los demás sabiendo que es lo correcto, no porque esperes que el cielo te lo anote a tu favor.



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