La letra pequeña del contrato


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—¿Estás seguro que puedes hacerlo? —preguntó el recién llegado.
—Claro que sí —fue su respuesta—, ¿no es obvio? ¿Para qué si no estuviera aquí esperándote por más de una hora? Oye, mira que demoraste en irte.
—Es que… en realidad no tenía intenciones de irme, y mucho menos así. Si pudiera hacer algo para detenerlo… ¿se puede?
—No; ya no hay nada que hacer. Bueno, ¿tenemos un trato o no? —Mr. Y se dejó ver impaciente ante su cliente.
—Claro, claro que sí… Espera, espera un poco, ¿me estabas esperando aquí? ¿A mí? ¿Cómo es posible? Ni siquiera yo sabía que estaría en…esta situación ahora.
Mr. Y se mostró confiado en su oficio, era algo que lo enorgullecía.
—Ya llevo mucho tiempo en este negocio como para no saber a cuál de mis clientes tengo que esperar —le dijo y sacó un contrato de su maletín—. Y ya era tu turno. En fin, firma aquí para asegurar mi pago.
—Contra, eso es mucho dinero —dijo mientras leía lo escrito.
—Contra —repitió a propósito—, no seas tacaño ahora, eso ya no te sirve de nada en dónde quieres ir.
—A mí no, pero a mi familia sí —un buen punto a su favor, pensó Mr. Y, aún se preocupa por los suyos—. Además… esto se ve un poco raro.
—Todo es legal, te lo certifico, y apúrese que el tiempo pasa y ya no habrá vuelta atrás.
—Pero, ¿estás seguro de que puedes llevarme a allá arriba?
Mr. Y cambió de expresión y puso su cara más tranquilizadora, dejando ver su confianza en sí mismo.
—Pero claro que sí, ese es mi trabajo. No solo entrarás sin que nadie te note, sino que serás legal en cuanto pises adentro.
—¿Sin importar mi pasado?
—Ahora ya no importa a cuántas personas hayas estafado ni cuántas vidas arruinaste. Si hubieras sido un hombre de bien, no habría necesidad que yo tuviera que recogerte. Has sido juzgado, bueno, al menos en vida, solo te queda el por todos conocido “juicio final”. Eso depende solo de ti y de lo que hagas de aquí en adelante.
El rostro de su cliente se relajó un poco, si eso era todo, si lo dejaban entrar al cielo, se convertiría en ciudadano modelo. Pero si podía hacerlo sin pagar nada, era una doble victoria.
—No te creo… bueno, sí, pero… no estoy seguro. Explícame cómo fue que pudiste conseguirme este trato.
—Dirás “cómo será qué podrías conseguir…”—lo interrumpió Mr. Y.

—Sí, y también que quiero es saber cómo fue que ganaste toda esa fama. No soy de los que dan el dinero tan fácil.
—Sí, me he dado cuenta de eso —Mr. Y miró la hora en su reloj—. Soy como un doble agente, tengo contacto entre los vivos y en el cielo. Puedes estar seguro que yo decido quién entra o no.
—Mira, si te contacté es porque me dieron la seguridad del cien por ciento; pero ahora con lo que me has dicho, estoy un poco indeciso. Mira, es más, si no me cuentas todo al detalle, no firmo nada, y habrás perdido este tiempo y… ¿dinero? —se quedó mirando a Mr. Y esperando alguna confirmación a lo dicho, pero al ver la impasividad de su interlocutor, siguió su amenaza—. También tu prestigio de traficante de almas se irá al retrete. Bueno, lo que sea, sino me dices, me chivo y te quedas sin pago. Aunque perdamos los dos.
—Espera, vamos a hacer una cosa —se resignó—, lo que quiero es terminar. Yo te lo cuento en el camino al punto de recogida, una vez allí me firmas el contrato y tú a lo tuyo y yo a lo mío. ¿Bien? De ti depende a dónde vayas.
—Comienza.
—Todo empezó el día en que morí…

Ese día nadie fue a recogerme. Tuve que subir yo solo. Esperaba a la Parca, The Reaper, a Ikú, un Shinigami, una valkiria; lo que fuera y en el idioma que fuera. Todo aquello que espera el humano común; incluso deseé con ansias que fueran unas valquirias; ya sabes, como esas de las películas y que están buenísimas, a fin de cuentas, me mataron en una pelea. En fin, ahí estaba yo esperando en las puertas del cielo; porque, ya que tenía que irme por mis propios medios, preferí irme al cielo, claro está. Comencé a tocar en la puerta a ver si San Pedro me abría, o Dios, o cualquiera que atendiera a la puerta, ya a esa hora me daba lo mismo, el asunto era entrar. Pasaron horas en la espera; pensé en cosas absurdas como que a lo mejor Dios no estaba en casa o podía ser día feriado en el cielo y por eso no había nadie; así que me puse a dar vueltas para hacer algo para matar las horas. Con el tiempo me enteré que el mismo que atiende la puerta es el que decide quién entra o no; y por lo visto, debía ser el que recogiera también. Aunque eso último me parece todavía una recarga en el trabajo.
En fin, desde allí podía ver lo que sucedía en la tierra. Es increíble lo bien que ve uno cuando está muerto; incluso me veía la sangre brotar y a los paramédicos montándome en la camilla; y más aún, lo aterrador que fue ver la chapa de la ambulancia, tenía un 666 en su número: mala señal, pensé, y decidí no asomarme mucho, no fuera que “alguien” en el piso de los bajos me fuera a ver por ahí “extraviado” de donde realmente debía pertenecer. Así que me puse a caminar a lo largo del muro que rodea al cielo, uno que cuando lo vi me dije: “por aquí debe haber pasado George RR Martin antes que yo”, porque era idéntico de alto, quizás más, te lo juro. (Nunca he podido saberlo, pero tengo paciencia, llegará el momento de poder preguntarle). Fue una caminata bastante larga, por cierto, pero pude ver cosas de las que nadie se había dado cuenta, como por ejemplo esa área del muro a donde vamos ahora. Una zona donde había una abertura en una zona baja. O al parecer era un sitio donde hay una acumulación “extraordinaria” de nubes que la hacen parecer baja. (Confieso que algo tuve que ver en eso, pero ese es tema de otro momento) El asunto es que con un poco de trabajo y tiempo, pude hacerme de una loma para escalar hasta la cima del muro. Te podrás imaginar el tiempo que estuve en eso y nadie me vio ni escuchó: estaba solo en las afueras del cielo. Pero pude entrar. Aquello era genial, muy lindo, era justo como me lo imaginaba de niño, solo que sin comida. Nada es perfecto, ni siquiera el paraíso. Una vez dentro, recién llegado al fin, me puse a mirarlo todo, impresionado con la mezcla de arquitecturas griegas, romanas, renacentistas, barrocas e incluso Art nouveau. Y en medio de eso estaba yo con cara de ratón de campo en la capital. Ya sabes, esas caras que ponen cuando ven los rascacielos y los centros comerciales; el asunto fue que todos se dieron cuenta enseguida de quién era la “carne fresca o the freshman”, si es que se puede usar esa expresión allí; por eso, consejo número uno: no hagas lo mismo, si vas a mirar, lo haces con disimulo y en separadas ocasiones donde nadie pueda verte.
Estaba yo admirando, como el clásico ratón de campo, las maravillas de la ciudad celestial cuando un ángel enorme se me acercó; confieso que sentí como si me muriera del miedo; cosa que evidentemente ya sabemos que no era posible que pasara… de nuevo. Aquel ser se me paró delante con una postura imponente, y con un tono cordial de anciana monjita inglesa me dijo.
—Muy buenas, hermano, ¿me podría enseñar sus documentos?
“Increíble” pensé “¿también aquí?” El mal se había extendido al paraíso; y yo que pensé que los burócratas estaban condenados solo al infierno. Me equivoqué, claramente. Ante mi indocumentación confesada, el ángel me llevó hasta la oficina de inmigración para ver quién yo era.
—Mire, yo acabo de morir y llevo casi un día entero tocando la puerta. Yo…
—Eso es inaudito —me dijo—. A los residentes siempre los han ido a recoger. Será que no perteneces a aquí. Eso lo veremos.
Pero claro que pertenecía a ahí, tenía que serlo. Resumiendo, en la oficina de inmigración, luego de una larga cola, no encontraron mi nombre, pero al menos pude conocer a una residente rubia con espejuelitos que me resultaba de lo más sexy e hicimos una excelente amistad e incluso quedamos en salir una vez que legalizara mis papeles. Ella, quién resultó ser la jefa del lugar, se disculpó por no poder atendernos mejor porque se encontraban cortos de personal y estaban como locos tratando de encontrar un nuevo Portero. Al anterior nadie lo conocía realmente, sin embargo, todos sabían que se acababa de jubilar y fue ascendido a otro cargo de mayor importancia. Aunque yo en ese momento no veía cuál era la gravedad del problema, al parecer ellos se tomaban muy en serio lo de la plaza vacía. El ángel me dijo que no cualquiera estaba calificado para tal honor. Era un puesto muy importante y arriesgado, la jefa tendría que escoger muy sabiamente.
De inmigración fuimos a la oficina de reserva, esa donde se documentan y planifican los próximos ingresos, y mi nombre no aparecía en ningún lado. También andaban atareados con el asunto ese de la ausencia del portero. Ante ese problema, les pregunté cómo es que escogían a los que ingresaban al cielo, solo para poder ayudar, tres mentes piensan más que dos, les aclaré. Me respondieron que había un comité de ingreso que es el que valora cada expediente, si es aceptado, pues es recogido por el Portero, entra por la puerta principal, se le da un número y establecimiento; sino, pues, va escaleras abajo, ya que allí no son para nada selectivos. La planta baja, ese lugar al que tanto temía e iba haciéndome la idea que era al que pertenecía. Pero por suerte, al parecer, tampoco pertenecía a ese lugar.
—Bueno —me dijo plácidamente el enorme ángel luego de todas nuestras gestiones—, si nadie lo recogió, ni le hicieron juicio ni lo atendieron en la puerta: la buena noticia es que usted está vivo.
¿Cómo eso iba a ser una buena noticia? Pensé.
—¿Sí? ¿Y qué hago aquí entonces? —le pregunté con sincera ironía.
—Pues no sé, será que como no entraste por los canales correspondientes, no estás completamente muerto. ¿Por qué entonces no regresas a tu cuerpo?
Aquella era una posibilidad, tuve que reconocerlo, pero no me parecía buena idea regresar a mi cuerpo adolorido y agujereado por el cuchillo de mi mortal rival. Solo me quedaba salir y tocar en la puerta frontal y esperar hasta que alguien me abriera.
Más al parecer el timbre estaba roto y el sonido de mis golpes no llegaba a ningún oído. Todo daba a entender que no habían encontrado a alguien que atendiera la puerta y a los recién llegados; aunque a decir verdad, aquella zona del cielo no era muy transitada. En todo el tiempo que estuve ahí tocando, no pasó nadie; de hecho, literalmente no vi pasar ni una sola alma. En eso estuve pensando, mientras golpeaba las puertas del cielo durante días enteros en espera del dichoso portero. Ya aburrido y con callos en mis nudillos, me dediqué a mirar hacia abajo y vi que la escena de mi muerte era la misma que vi la primera vez que miré, incluso la ambulancia estaba en el mismo lugar que antes. Increíble. Tanto me asombró que sin darme cuenta cómo estaba parado al lado de mi cuerpo y dentro del vehículo en movimiento. No sé por qué, pero de repente me entraron unas ganas de entrar en él que no pude reprimirlas, era como si mi carne me llamara con intenso grito. Un instante después ya me había arrepentido de atender a mi llamado. El dolor de mis heridas era enorme. Gracias a Dios, el paramédico me sedó al darse cuenta de mi dolor y que estaba vivo realmente.
De alguna manera luego de mi celestial experiencia posterior a mi muerte, por muchos puntos que me dieron, mi alma no quedó enteramente fijada a mi cuerpo. Más trabajo costaba retenerla dentro de él que liberarla del mortal recipiente. Al inicio me costó acostumbrarme, pero luego aproveché mi peculiaridad y abrí mi negocio de síquico; un oficio legal y sincero, ya que yo sí podía hablar con sus parientes fallecidos, con un poco de trabajo, pero lograba hacerlo la mayoría de las veces. Decidí regresar al cielo y hablar con alguien de adentro, para así tener información de adentro y no tener que estar cazando a los recién llegados para sacarle las respuestas apuradas. Específicamente fui a ver a la rubia de inmigración, la que me concedió la cita y, gracias a mi peculiar estado, pude convencerla de que me diera la identidad y de paso el oficio de otro –el que por suerte o por desgracia he tenido que ejercer sin que nadie sepa cómo lo conseguí- y así poder transitar libremente por el cielo; y de paso saber quiénes eran los próximos en la lista y quién y dónde los recogían. Siempre y cuando solo respondiera ante ella. Así supe de varios que no iban a llegar a la planta alta, sino que en la baja. Por ejemplo: un conocido estafador como tú.

Su cliente estaba boquiabierto ante tal historia. En parte se sentía como liberado del miedo y las dudas terrenales. Todo tenía sentido. Veía a Mr. Y caminar a su lado indicándole el camino, pero él era como el escorpión de la fábula que no puede negar su naturaleza.
—Todo está perfecto, excepto una cosa ¿Cómo es posible que hayan humanos vivos que me den seguridad de que tu negocio es funcional? A no ser que sea mentira de ellos o un montaje tuyo para estafarme. Porque si tú pudiste hacerlo, ¿qué impide que cualquiera pueda regresar o entrar?
Mr. Y se detuvo y lo miró fijo a los ojos.
—No —dijo a secas—. Lo mío fue cosa de una vez y jamás el sistema ha fallado nuevamente. Incluso he llegado a creer que nunca lo ha hecho. Fue pura casualidad que no hubiera nadie que no hubiera portero para recogerme y me abrir las puertas del cielo, o del otro lado.
—¿Y qué tiene que ver el portero en eso?
—Sin él no puedes entrar.
—Y ¿ya hay?
—Pues claro, sino no estuviera yo en estos trajines.
—De todas maneras —su cliente no quería dar su brazo a torcer—, sigo sin confiar en ti y todo lo que sabes o lo que no me dices. No sé qué es mentira o no.
Mr. Y lo miró con resignación durante un momento como escogiendo cuál sería la respuesta correcta a lo que él tomaba por una clara falta de respeto y profesionalismo.
—Esta es la loma por donde entré la primera vez —le dijo señalando el lugar descrito con anterioridad—, y si eso y mi palabra no es suficiente ¿No te recogí personalmente y traje hasta aquí para que entraras? Jamás le he mentido a ninguno de mis usuarios.
Mr. Y vio cómo su cliente sonreía y se alejaba lentamente de él; y tiraba su contrato sin firmar antes de lanzarse a la carrera hacia la zona baja del muro pensando así evitar lo estipulado verbalmente. Mas no corrió tras él sino que sonrió al verse estafado en su cara, y se limitó a seguir su camino.
Su cliente llegó al borde del muro y lo brincó. Todo al otro lado era idéntico a lo descrito por Mr. Y. Incluso el ángel inmenso que lo recibió y condujo por un pasillo del que Mr. Y no le había hablado. Al fondo había un salón con asientos apoyados en las paredes alrededor de una amplia puerta y una escalera justo en la pared al frente. El ángel lo sentó en una de las sillas y entró por la puerta seguido de la rubia de los espejuelitos, quien miró al recién llegado y le regaló una sonrisa picarona que lo hizo sonrojarse.
Entretenido en sus fantasías estaba cuando sintió que lo tocaban por el hombro. Era Mr. Y el que se acomodó a su lado tan tranquilo como si estuviera vivo y en la tierra.
—Me has engañado —lo acusó su antiguo cliente asustado—. ¿Qué va a ser de nosotros ahora?
Mr. Y se encogió de hombros como respuesta. Su cliente estaba más lívido de un muerto congelado. Sin embargo, si hubiera podido sudar lo estaría haciendo copiosamente.
—Si no me sacas de esta —trató una vez más de presionar su suerte y salirse por las malas una vez más—, les voy a decir a todos lo que hacer y quién eres.
Mr. Y se rió y se le acercó al oído para confiarle su secreto.
—No te he dicho ninguna mentira. Si estás aquí fue por incumplir nuestro trato. Fallaste en tu juicio final. Ah, y puedes decir lo que quieras, nadie te creerá: recuerda que yo no existo.
Y diciendo esto salió de la habitación justo a tiempo para ver cómo se llevaban a su cliente escaleras abajo.

—Todo salió bien nuevamente, señor Portero —le dijo la rubia de los espejuelitos a Mr. Y asustándolo al este creerse estar solo—. Cualquiera diría que moriste para este trabajo. Apúrate, que alguien pudiera verte fuera de tu puesto.
La rubia sonrió picarona y siguió su camino. Mr. Y se repuso del sobresalto y le respondió, más para él mismo que para ella.
—Sí, pero no andes repitiéndolo muy alto que si sospechan que este trabajo me lo diste tú para salir del paso, es posible que termine junto a mi último cliente.



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