En los ojos de ella (cuento corto)

Y volví a decirle: «Te veo». Y ella volvió a levantar los ojos desde su corpiño.
«Es imposible», dijo.

Ojos de perro azul
Gabriel García Márquez


fuente

Al principio no eras así, comenzaste a serlo después de tu reingreso. Esos meses en el hospital te cambiaron para siempre. Y no fueron solo tus ojos. Bueno, medio año de ingreso transforman a cualquiera. La primera en notar la diferencia fue tu prometida. Ni siquiera aquellos cinco años de noviazgo y dos de comprometidos, fueron suficientes para soportar aquel cambio.
El primer indicio fue tu erección. Fue en la primera, de las cinco veces, que saliste del coma. Esa vez, tus signos vitales disminuyeron considerablemente, mientras “aquello” fue subiendo poco a poco; luego comenzaste a gemir y tu corazón se aceleró. Entonces iniciaron los espasmos pélvicos. Los médicos no supieron qué era lo que sucedía contigo. No atinaban a otra cosa que a aguantarte por los brazos y la cintura, e intentar detener tu potencia sexual con bolsas de hielo en los genitales. Todo por gusto. Solo te detuviste con el orgasmo, y lanzaste un grito de: “¡Qué ojos más lindos!”, antes de que despertar, ¿recuerdas? Tu cara de ¿dónde estoy?, contrastaba perfectamente con la de ¿qué coño es esto?, de los médicos y familiares a tu alrededor. Miraste en tus manos aquella sustancia viscosa que las embarraba como una húmeda telaraña y sonreíste complacido.
Justo antes de comenzar a llorar.
Pasó buen tiempo antes de poder caminar normalmente. Fue la primera vez consciente en muchos meses. Entre los demás comas, fue menos la espera; en ocasiones, podías caminar nada más abrir los ojos. Generalmente, en cuanto pudiste hacerlo, no hubo quién impidiera que partieras de tu habitación. Incluso se te veía arrastrar los sueros puestos por los pasillos. Para quien te conociera, nunca fue difícil encontrarte; solo había que dirigirse a las salas de pacientes terminales o terapias. Te sobrellevaban y dejaban pasar esas raras costumbres, pues siempre se preguntaron cuál era tu enfermedad y la razón de las varias recaídas. Eras un caso médico muy interesante, por eso nunca te dieron el alta y te mantenían cerca mientras buscaban las razones de tus comas y recuperaciones.
Del porqué visitabas a los enfermos, muchos creyeron tener la respuesta. Algunos te acusaron de ser un depravado, otros, que te vanagloriabas de poder caer y salir del coma y ellos no. Los más inocentes, decían que simplemente te compadecías y les servías de compañía y consuelo.
Sin embargo, la verdadera respuesta estaba en tus ojos. Tú veías cosas que otros no. Con tus ojos logabas ver el verdadero rostro de la muerte cuando estaba cerca; o algo parecido y eso te fascinaba. Mientras más inminente fuera, mayor era tu placer.
Estando en uno de esos estados de fascinación, te despeñaste por las escaleras. El traumatismo fue tal que esa vez nadie esperó que despertaras. Aquel fue el último coma. Al menos pudieron saber cómo fue que caíste. Las causas anteriores fueron desconocidas. No obstante, estaban atentos a alguna señal de recuperación. En las antecesoras, siempre se alcanzó ver la excitación que precedía a tu húmedo despertar. Las causas de tus recaídas pudieron ser variadas, sin embargo, solo tres cosas eran constantes en ti: el orgasmo, despertar clamando por tu prometida, y cuando te la llevaban, rechazarla indicando que no era ella de la que hablabas.
Aquel último despertar fue más intenso que los demás. El personal que te atendió pudo notarlo. A partir de aquel momento, por temor de no correr con la misma suerte y evitar otro accidente, los médicos comenzaron a prohibirte andar en aquellas salas y te confinaron a tu cuarto. Y tenían razón al hacerlo, precisabas reponerte y dejar descansar a aquellos pacientes con los que te encontraron en tus huidas. Sin embargo, eras más inteligente que ellos. Trazaste un plan que constó en mejorar hasta que se confiaran. Solo entonces pudiste escapar y averiguar los horarios de visita y cambio de guardia de los doctores.
Esa fue la época en que comenzaste a mirar más de cerca, y diferente a los enfermos. No importaba cual fuera su padecimiento, mientras más grave estuviera: mejor. Incluso quisiste visitar a aquellos con las enfermedades más contagiosas e incurables, pero los de seguridad y sus controles extremos, no dejaron que pasaras. Sé que, para ti, fue algo lamentable, no obstante, en el fondo no te importó mucho. Decidiste entonces buscar, entre los terminales, a aquellos en peor condición: mutilados, accidentados, suicidas, enfermos de cáncer, SIDA, y algunos por el estilo. Incluso tuviste tu etapa de preferir a los ancianos al borde de la muerte. No sé qué les viste…. de cualquier forma, te atraían de sobremanera. Se veía en tus ojos; esos que buscaban la muerte en cualquier persona.
Si aquello les pareció raro a los médicos y enfermeros, peor aún fue cuando supieron que te acostabas con varios de los enfermos; aunque ya en ese momento fue muy tarde y solo se enteraron cuando uno de ellos murió durante el acto sexual.
Solo que no fue así como comenzó.
Lo primero fueron las con caricias; ellos nunca se enteraron de ellas. También los oliste. Podías sentir el hipnótico aroma de la muerte dentro de ellos. En cada lecho un aroma diferente. No obstante, las caricias fueron inevitables, te incitaban a tocarles la piel. Era excitante. Notaste que no todos causaban la misma sensación de placer. Algunos tenían la epidermis seca y fría; otros caliente y húmeda. Y que el mejor olor, aquel preferido por ti, era la del sexo femenino. El olor de este último grupo duraba días en la ropa que llevaban puesta. Vestuarios que al principio extraías del carro de la lavandería, y que luego les quitarías tú mismo al desvestirlas.
Por supuesto que tenías tus preferidas: aquellas con los peores diagnósticos.
Con el tiempo, la curiosidad pudo más que tú y trataste de ver si sabían de la misma manera que olían: no fue así. En aquel primer lengüetazo a aquella anciana, solo había sabor a hospital: seco, rancio; y eso no te gustó. No obstante, ya estabas encima de ella y viste que tenía a la muerte -como erróneamente le llamaras -, muy cerca, y eso te excitó más. Tu peso sobre ella hizo que comenzara a respirar con dificultad y los equipos médicos comenzaron a alterarse, pero ya sabías más o menos cómo funcionaban, y los cambiaste los sensores hacia tu cuerpo, para que, pasara lo que pasara, nadie los interrumpiera.
Mientras más aire le faltaba, más cerca veías la muerte: más hermoso era su rostro. Era casi como si le hicieras el amor a ella. No solo no era así, sino que por poco asesinas a la pobre mujer. Y lo peor es que ni siquiera se enteró o pudo disfrutar lo que le hiciste.
No perdiste la esperanza y continuaron tus visitas terminales, una forma de llamarle a tus paseos a las habitaciones de los pacientes. Varias veces estuviste a punto de ser sorprendido en pleno acto. Escapar de esos momentos, disparaba tu adrenalina. Eso te hacía sentir grandioso, invencible. Tus ojos brillaban y se veían diferentes al mirar a los de tus víctimas. Mientras más cerca estuvieras de terminar su vida, más cerca del orgasmo, del éxtasis, más cerca que te descubrieran.
Hasta que sucedió.
La pobre señora era un nuevo ingreso e ignorabas que padecía del corazón, por lo que no aguantó tus embestidas. No hubo necesidad que sonaran los equipos, que de todas maneras estaban pegados a tu pecho. Fue tu grito el que llamó a los médicos y los encontraron a los dos. Pero aquel grito no fue por su fallecimiento, o porque no te hubiera dado tiempo a venirte, sino porque pudiste ver cómo tu amada abandonaba sus ojos; cada vez más lejos a medida que la vida de la pobre mujer se desvanecía.
La muerte, que tan cerca estuvo de ti, se fue, y tú no con ella.
Entonces sucedió algo que no entendiste. Los médicos te agarraron por los hombros y te sacudieron mientras te preguntaban qué había pasado o porqué lo hiciste. Uno que incluso te escupió y te llamó cochino. De pronto todo se te puso negro y no fuiste capaz de ver nada. El hijo de la fallecida, que logró escurrirse por entre los médicos, que inútilmente trataron de detenerlo, y te asestó un trastazo en el tabique. Los demás golpes, de nada vale que te diga dónde fueron. Para que entiendas el por qué la extrema violencia, además del hecho de que asesinaste a la madre del muchacho, lo que más los molestó, y por lo que más te golpearon, fue que al estar desnudo e inconsciente en el suelo: todos vieron tu erección.
Sí, todos lo hicieron.
Independientemente de los golpes que te dieron, la cara de satisfacción que tenías, nunca cambió. Ya en ese momento no sentías dolor. Nada en absoluto.
Esa escena del placer y la erección, resultaba un tanto conocida por ti y por los doctores, que te recogieron en todas las ocasiones anteriores en que colapsaste. Se podría decir que era hasta repetitiva. No era la primera vez que, por un motivo o por otro, terminaste en coma. A veces, tan terminal como aquellos enfermos que visitabas por las noches.
Sin embargo, esa vez no lo permitirían.
… Y tú sigues intentándolo una y otra vez sin importarte las consecuencias, ni los escrúpulos u otro valor moral. Hace tiempo que debías haber muerto. No es la primera vez que vengo a buscarte, pero… si cada vez que lo hago, me vienes con eso de lo bella que soy, qué lindos ojos, lo mucho que me deseas y amas, e intentas violarme otra vez: te vuelvo a mandar de vuelta.
Con ellos.



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