El vendedor de zapatos (cuento corto)
―No, me temo que no está del todo bien ―reconoció Alicia con timidez―.
Algunas palabras tal vez me han salido revueltas.
Alicia en el País de las Maravillas
Lewis Carroll

El vendedor descendió de su cabalgadura luego de recorrer casi todo el reino. Su obsesión por terminar cada trabajo, le había impedido abandonar su empresa. Quería reunir dinero para buscar una novia y casarse. No había logrado deshacerse de aquel último par de zapatos. A nadie le habían servido. Quedaban pequeños o grandes, anchos, estrechos, el color no les sentaba bien...
Frente a él se erigía una casita que más bien semejaba una madriguera. Era el único recinto que le faltaba por visitar.
Por el tamaño de la mesa colocada en el jardín frontal, el número de sillas a su alrededor, y de tazas encima del mantel, debían –de alguna apretada manera– vivir unas cuantas criaturas dentro.
Se agachó y tocó la diminuta aldaba sin percibir respuesta. Por su mente cruzó la idea de que el lugar podía estar habitado por una banda de ladrones que se había ocultado para hurtarle los zapatos, pero desechó aquel pensamiento, era absurdo que robaran un calzado que a nadie ajustaba.
Repitió su llamado. La puerta se abrió y vio salir un conejo con reloj, una joven, una liebre, una elfa de pelo azul, un lobo, un dragón de la suerte, una rata, un muñeco de madera y hasta una sirena se asomó, sentada en una patineta e impulsándose con las manos.
Caballerosamente, el vendedor saludó y expuso el motivo de su presencia. La sirena, al instante, se marchó hacia el interior de la vivienda, quejándose porque la habían despertado por un motivo que nada tenía que ver con ella. Al conejo le quedaban anchos los zapatos –aparte, protestó porque no combinaban con su reloj–. Al muñeco le bailaban los pies dentro del calzado, además, tenía zapatos pintados en sus extremidades de madera. Para el dragón no había suficientes, pues tenía seis patas. El lobo dijo que eran demasiado femeninos para su gusto. La elfa tenía el empeine muy alto…
El hombre estaba a punto de arrepentirse de haber aceptado ese empleo, cuando la muchacha se los probó. Entró un pie, luego el otro... le quedaban perfectos. Ella saltaba y bailaba de alegría.
Así de grande era la fascinación del vendedor al ver la felicidad que habían ocasionado sus zapatos, la belleza de la bailarina, que en un arranque de euforia le pidió su mano en matrimonio: si aceptaba la llevaría a su reino, donde fundarían un nuevo hogar.
A modo de respuesta, la muchacha lo invitó a bailar con ella. Sin proponérselo siquiera, justo cuando él la iba a tomar de la mano, en medio de su entusiasmo; ella chocó tres veces los talones y exclamó: “¡No hay lugar como el hogar!” … Y desapareció en el aire.
El vendedor quedó de una pieza, atónito, mirando la caja de zapatos vacía en el lugar donde había estado su bailarina. La recogió del suelo, le sacudió el polvo y se la colocó a modo de sombrero, antes de sentarse en la cabecera de la mesa y preguntar a qué hora se servía el té.
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