De cómo el fin del mundo llegó por hacer las cosas correctas (cuento)
¿Estoy haciendo lo correcto? Si las cosas resultan bien, sí.
El fracaso lo convierte automáticamente en un error.
No un camino al desastre, sino todos los caminos...
El Juego de los Vor
Lois McMaster Bujold

Emma nació bendecida con el don de la palabra. Desde que aprendió a hablar lo hizo con fluidez y con gran elocuencia. En la calle las personas detenían su paso para oírla. Al inicio era lindo escucharla; poco a poco se convirtió en una necesidad el captar su voz. Así creció, rodeada de sus seres queridos que, debido a su poder, la complacían en todo lo que ella pedía. Toda petición salida de sus labios, siempre era cumplida.
Nadie sabe el porqué de su don, sin embargo nació así y sus oyentes fueron esclavos de él desde su primer llanto de bebé.
Cuando comenzó en la escuela primaria no fue diferente. Los únicos días que las profesoras vieron que el alumnado entero dejó de hablar y formó como era debido, fueron las veces que Emma hacía gala de su oratoria.
Se puede decir que el principio del fin del mundo fue cuando Emma emprendió lo que sería el inicio de su carrera política. Se hizo presidenta del aula y más delante de la escuela. Sus reformas fueron bien recibidas, nadie nunca osó reclamar. Inconscientemente la obedecían. Y vale la pena aclarar que nunca hizo nada por capricho, siempre fue justa: sus modificaciones o reglas eran correctas y para el bien de todos.
Fue al entrar en la universidad que tuvo real conciencia de su don. Al estar rodeada de mayor número de personas, fue capaz de realizar experimentos para probar el alcance del poder de su palabra. Emma comprobó que solamente podía lograr que se hiciera lo que realmente fuera necesario. No podía lograr que las personas acataran un capricho suyo, o una petición personal. A cada petición de ese tipo, dejaban de escucharla. Sin embargo siempre fueron acatadas las necesidades reales. A mayor número de personas que escuchaban sus palabras o mayor el grado de importancia, dependía la reacción y fuerza de la respuesta obtenida.
Por muy madura que fuera Emma, seguía siendo una joven en camino a la adultez. Disfrutaba mucho de esos parques donde se puede montar a caballo o navegar en botes mientras alimentas a los patos que nadan a tu lado. Más de una vez estuvo con enamorados con los que jugaba pidiéndole que le leyeran algún cuento o fragmento de libro, o que salieran en horas de la madrugada a buscarle algún refrigerio que se le antojara. Sin embargo, nunca fue satisfecha ninguna necesidad superflua que cualquier pareja normal entendería y acataría. En ese sentido, su don se convertía en una maldición. Toda la atención y obediencia que ella atraía al hablar, adquiría los efectos inversos: la ignoraban o negaban sus peticiones. Casi siempre terminaba sola en su casa. Cuando no le complacían alguno de sus comunes antojos adolescentes, se ponía de tan mal carácter que las personas mantenían distancia al menos por uno o dos días, que era el tiempo que le duraba su enojo. Los pocos que se le acercaron en ese estado, terminaron discutiendo con ella u ofendidos. Emma era muy buena, no obstante, enfadada, podía llegar a ser una persona muy cruel y vengativa. Esta característica fue la que años después la llevó decidir realizar su discurso más famoso.
Aquel que cambió el rumbo de la humanidad.
Fue después de la universidad que Emma decidió continuar con lo que mejor se le daba: su carrera política. Su ascenso fue considerado, por muchos, fuera de lo normal… no obstante, para ella era lo más común conociendo su habilidad. Subía a las tribunas y las multitudes enmudecían para poder tener el privilegio de escucharla y no perderse una sílaba. En pocos años ocupó cargos en el gobierno y la mayoría la veía como la próxima presidenta del país. Poco le sorprendió, aunque hasta ese momento no había aspirado a tanto. Solo quería una vida normal.
Las únicas dos cosas que se mantenían constantes en su vida eran: la política y sus paseos dominicales a caballo en su parque favorito. Según sus propias palabras, era lo que la mantenía cuerda. Como era lo que en la calle llaman “una personalidad”, el dueño de aquel parque frecuentado que ella, siempre la dejó entrar antes de que abrir; con la condición de que le guardara un asiento VIP en sus discursos.
A pesar de ser seguida, querida y admirada en el mundo de la política, su vida personal era muy solitaria. Debido a su don/maldición, los amigos les duraban hasta el primer enojo. Sin embargo, podía levantarse y dar un discurso en la sala de su casa y los residentes del país prenderían el televisor para escucharla y atender a sus demandas. Sus seguidores pagaban para que se usaran sus establecimientos como plataformas en las campañas en que participó. Ella continuó la escalera ascendente en sus cargos y sus medidas las más acertadas y justas.
Eso un día cambió.
La vida de Emma, y de los demás, tomó un giro en abril del año en que presentó su candidatura a la presidencia del país. Aquel domingo no cesó de llover mientras duró el discurso, motivo por el cual, muchas personas no pudieron asistir a la plaza donde estuvo armada su tribuna. Luego de dar su disertación, se dirigió hacia el parque de siempre. Apuró a su chofer para llegar a tiempo antes que abriera al público. En el camino al parque, el auto tropezó con unos obreros que habían cerrado la calle con el objetivo de abrir una zanja para reparar una tubería. Al desviarse y tomar otra calle, el auto se quedó atorado en el lodo formado por otra obra pública que debían haber cementado una semana atrás. Molesta por las ineptitudes de terceros, tuvieron que tomar caminos alternos.
Debido a las desviaciones, Emma llegó treinta minutos más tarde de lo habitual a la entrada del parque. La cola para entrar llegaba a la esquina. Emma se bajó del carro, por indicación de los asistentes, su escolta se quedó dentro para no llamar la atención, y Emma fue hasta la entrada a ver el motivo de la demora. La muchacha que atendía la venta de los tickets al parecer era nueva y no tenía la agilidad de su antecesor. Fue cuando Emma le habló, que la joven se puso contentísima de que escogiera el parque para montar y sobre todo que conversara con ella. Sin embargo, no podía dejarla pasar delante de todas las personas. Su jefe le había dejado claro que no podía hacer preferencia con nadie, pues el anterior en su puesto fue expulsado por la misma causa.
Emma le pidió que llamara a su jefe y él lo explicaría, pero la muchacha no se sabía los números de extensión para comunicar con su superior. Al ver la molestia de Emma, le pidió disculpas y le explicó que aún estaba a prueba y solo le habían enseñado la parte del cobro de las entradas.
En ese punto las personas en la cola comenzaron a impacientarse y a gritar. Exigían que se recomenzara la venta de las entradas. Otros se fueron a otros lugares y algunos se acercaron a la ventanilla a ver qué sucedía. Pocos llegaron a reconocerla; mas ella no quiso llamar la atención ni mostrar que era más importante que los demás. Así que decidió hacer la cola como el resto. Le aseguraron que avanzaba rápido. Además, aquello sería bueno para su imagen política, se dijo ella. Pidió su número y ocupó un lugar en la cola, a pesar de sus asistentes que le aconsejaron irse y volver otro día.
—No ven qué es el único día que puedo relajarme —les dijo Emma visiblemente enojada—. Mañana comienza la semana de nuevo y voy a trabajar hasta tarde en la noche. O monto hoy o no monto hasta el domingo que viene.
—Señora, me parece que hoy no va a poder.
—No se preocupen que ella me dijo que iba a mandar a buscar a su jefe. El vendrá pronto y entraremos rápido.
Dada la insistencia de su equipo, tuvo que aclarar:
—Tengan por seguro, que si no me relajo un poco hoy, será un día muy malo. Quizás la semana entera sea así.
Ante aquel aviso, prefirieron que continuara. Si era cierto lo que afirmaba, el dueño del parque vendría pronto y la dejaría entrar.
Sin embargo, la portera nunca llamó a nadie.
Ignoró por completo el pedido de Emma y se dedicó a atender el teléfono o la computadora: a veces al mismo tiempo. Lo que ralentizaba las ventas. Las personas en la cola, mientras esperaban por la demora, se viraban a cada momento para intentar hablar con Emma o saludarla, pero ella solo quería que avanzar y le pedía que caminaran. Aquello no parecía tener para cuándo acabar. En su mente no cabía la idea que hubiera personas que no realizaran bien el trabajo por el que les pagaban. Eso no era correcto.
Cuando finalmente pudo entrar, ya era muy tarde y no alcanzó a montar a caballo y mucho menos subirse en los botes. Amargada y de mal carácter por el tiempo desperdiciado; regresó a su casa a preparar el discurso del día siguiente. Era lo único que podía hacer. Un discurso muy importante porque sería televisado internacionalmente y ella tenía muchas esperanzas en que ese día sería crucial en su camino a la presidencia del país.
Conociéndose bien, entró por la puerta trasera para no hablar con ninguna vecina y que la vieran en ese estado. Una vez acomodada, se dispuso a darse un baño. Terminó de prender el calentador eléctrico y las luces se apagaron. No solo en su casa sino en el vecindario entero. Tuvo que vestirse para salir a la sala a llamar por teléfono a averiguar el porqué del corte de la electricidad. La compañía eléctrica le explicó que habían técnicos haciendo reparaciones en el alambrado y que si habían quitado la energía es porque ya iban a cambiar los cables. Emma les pidió que retomaran el trabajo otro día porque ella tenía que adelantar su discurso, y que ese no era el momento de hacer realizar aquellas obras, mucho menos sin un previo aviso. El operador, al instante le informó que no dependía de él. Tenía que llamar a su jefe y que posiblemente demoraría una o dos horas en restablecerse el servicio. Emma no pudo conformarse con esa respuesta; salió de la casa y buscó a los operarios que se encargaban de las reparaciones. Al igual que el otro, ellos cumplían órdenes. No obstante, como era una necesidad imperiosa, dejaron lo que estaban haciendo y se dedicaron a restablecer el servicio, solo que se demorarían una hora o dos. El enojo de Emma fue tal que regresó a su casa y tuvo que tomar una pastilla para relajarse. “¿Por qué la gente no harán las cosas cómo y cuándo deben hacerlas? Cuando es debido… ¿Será un mal generalizado?”, mascullaba aún sin darse cuenta.
Como bien lo suponía, la electricidad llegó poco después de cumplida la hora. Ya se había hecho tarde y Emma se dedicó entonces a escribir su discurso y una vez terminado, pasada la madrugada, consiguió bañarse.
A la mañana siguiente se levantó y se arregló para dar su discurso. Sus asistentes la fueron a buscar preparados para su pésimo estado de ánimo. Emma supo leer el susto en sus rostros, mas no les dijo nada debido a que ellos no tenían la culpa de lo sucedido. Antes de entrar en el carro, saludó a sus alegres vecinos que estaban asomados a los balcones de sus casas o en la calle alrededor de ella deseando poderla escuchar. Emma les devolvía el saludo agitando las manos, sin embargo, no sabía si ese entusiasmo era por su discurso o por haber devuelto la electricidad. Independientemente del motivo, les recordó sintonizar su presentación.
Ya en el auto y en dirección hacia la plaza donde daría su crucial disertación -en el Estadio Manttis FC-, intentó descansar, pero en siempre que recostaba su cabeza, el auto sufría las consecuencias de alguno de los incontables baches de las reparaciones abiertas aún en las calles. Luego de salir de la zona en construcción, incómoda por la falta de sueño, varios seguidores y fanáticos que sabían que pasaría por la zona, salieron a las calles. Hubo casi que detener el auto varias veces para evitar golpearlos. El pueblo quería escucharla. Cuando Emma preguntó por la escolta policial, le respondieron que la tendría a la vuelta, pues la encargada de organizarla no se aseguró de que era necesaria también en el camino a la plaza. Ellos eran los responsables de abrirles el paso.
Ya en el interior del Mantis FC, Emma pudo relajarse un poco y darle otra lectura a su discurso. Afuera el público había abarrotado las gradas del estadio. Las cámaras de las principales cadenas de radio y televisión cubrían el acontecimiento en vivo. Los reporteros tenían que gritar para que se escuchara lo que decían, y aún así, a veces no lo lograban. El escándalo terminó de golpe cuando Emma se detuvo ante el estrado. El silencio se hizo y la oradora comenzó a hablar. El mundo entero estaba delante de los televisores, Ipods, Ipads, tablets, radios, audífonos o en cualquier otro medio en el que se pudiera ver o escuchar a la importante aspirante a la presidencia. Casi al terminar su discurso, Emma apartó sus notas y se dirigió directamente a sus escuchas.
—Después de lo anterior, solo me queda decirles algo. Estos últimos días han sido muy difíciles para mí. Como saben, no me gusta estar encerrada en la burbuja de mi cargo. Yo vine de la base y sé que la base es lo más importante y donde se constata la realidad de mi país. Este está muy mal. Sí, señores, en nuestro país se trabaja muy mal. Aún se realizan acciones incorrectas. Algunas tan simples como no contratar a personal capacitado a realizar funciones cruciales.
«Eso, amigos de todos los países, también sucede en sus calles. Así que les pido, de todo corazón y por el bien común, actúen de forma correcta, educada y comprensiva: solo lo establecido por la ley, por la constitución y lo acorde a los procedimientos de trabajo de cada área de la sociedad. Sean responsables, con ustedes, la comunidad y el medio ambiente. Tengan conciencia de lo realizado y afronten las consecuencias de sus hechos.»
«Esa es mi meta como Presidenta. Tener una nación, una sociedad, donde nos limitemos a realizar solo lo que está establecido por la ley y los procedimientos laborales. Donde se proteja el medio ambiente y no tomemos ninguna acción que lo ponga en peligro. Ese es mi mensaje para ustedes. Háganselo llegar a los que no me escuchan ahora, a los enfermos, a los que están en sus puestos, ejerciendo aquello por lo que estudiaron, y no pueden escucharme en estos momentos. Para que a ellos también les lleguen mis palabras. Que el mundo sepa que mi mayor deseo es que se haga solo, y remarco la palabra “solo” lo que es correcto hacer. Al principio será difícil para algunos. No obstante, con el tiempo verán el fruto de su buena acción.»
Al concluir su discurso fue aplaudida durante poco más de dos horas. El tiempo necesario para que toda persona que tuviera acceso a cualquier medio de comunicación en el mundo, escuchara su discurso íntegramente.
En ese momento, su existencia cambió para siempre.
Antes de concluirse los aplausos, el presidente del país dio un discurso donde renunciaba a la presidencia. Aquel puesto de repente se halló vacío. El grupo que lo asistía realizó la misma operación y no quedó nadie en la oficina.
De esa forma Emma dominó ampliamente las elecciones que siguieron al discurso. Ya por aquel entonces se comenzaron a observar las consecuencias de sus palabras. Las prisiones y comisarías repletas de personas que habían cometido algún crimen, por pequeño que fuera. Cuando les preguntaron qué fue lo que los hizo hacerlo, solo respondían que era lo correcto. Sentían en lo más profundo de su ser que debían que entregarse y así hacer cumplir la ley. Era lo correcto.
En los tribunales el número de divorcio aumentó cuando todos los infieles se arrepintieron de vivir en la mentira y se confesaron ante sus respectivas parejas. Muchas de ellas fueron perdonadas, otras no tanto.
La economía se vio afectada. Era el primer día de Emma como presidenta y tenía la mayor crisis del país en sus manos. No podía creerlo. Miles de corporativos entregaron evidencias de corrupciones y desfalcos. Las acciones de la bolsa cayeron considerablemente. Bancos que se anunciaron en bancarrota. Muchas de las principales firmas del país se encontraban en estas situaciones. Lo mismo sucedió con más del noventa por ciento de los funcionarios del gobierno heredado por Emma. Muchos de ellos se entregaron a los fiscales y estos delegaron sus funciones en subalternos mucho menores; pues también los jueces y sus asistentes, tenían crímenes ocultos y que sentían la necesidad de informarlos y ser juzgados.
De repente el equilibrio del país fue sacudido y no recuperaría su equilibrio en un tiempo cercano. Las solicitudes de medidas a tomar, en la presidencia, prácticamente llovían. Los teléfonos no paraban de sonar. Llamados de la policía, solicitando apoyo para búsquedas de cadáveres escondidos por el país, inundaron las líneas. El personal en las comisarías no alcanzaba para la cantidad de criminales de todo tipo que acudió a las estaciones. Las colas medían cientos de metros.
En las calles los servicios de pronto se vieron ralentizados tremendamente, debido a las colas. El personal que atendía a los clientes, invertía gran parte de su tiempo saludando y deseando los buenos días. Todos los alimentos fueron meticulosamente preparados. Cada transacción realizada junto con su minucioso papeleo. Y por supuesto, como era lo establecido hacer, nadie se quejaba.
Eso sucedía en los pocos establecimientos que quedaron abiertos. Donde las colas eran casi interminables. En la mayoría del país los negocios cerraron instantáneamente. En algunos, debido a la falta de personal, en otros, porque no cumplían los requisitos necesarios para realizar sus funciones. Hubo sitios que no cerraron permanentemente, sino que se tomaron su tiempo para capacitar al personal o sustituirlo y dar un correcto servicio.
Esto, y más, sucedió desde el primer día luego del discurso. Esa noche Emma no pudo ir a su casa. No entendía qué era lo que sucedía. Sí, era bueno que cesaran los crímenes en su país, y los que los efectuaran, estuvieran encarcelados o procesados. Eran muchos y poco el personal. El golpe dado por la caída de la bolsa, con el tiempo fue respaldado por una cantidad inmensa de efectivo entregado por los ladrones. Emma pensó que era una buena noticia, pero pronto se dio cuenta que ese liquidez en las calles solo logró que se elevaran los precios descomunalmente y se depreciara la moneda del país. Otra crisis que se iba a demorar en arreglar.
En el internet conoció que lo sucedido en su país se había replicado en el resto del mundo. Su gobierno era solo un reflejo del resto del orbe. Escuchó de escuelas que cerraron por las renuncias de los, aparentemente, declarados ineptos profesores. Profesionales que perdieron su trabajo al declarar haber pagado las pruebas para conseguir sus títulos. Las principales fábricas, electronucleares y empresas eléctricas del mundo cerraron para no dañar la atmósfera. La venta del petróleo fue prohibida por el daño al medio ambiente. Las personas dejaron los autos parqueados en sus casas y comenzaron a transportarse en vehículos sin combustión interna, o que no utilizaran combustible fósil en absoluto.
Pocas zonas del país de Emma y otros en el mundo, funcionaban gracias a las plantas solares y otras formas de energía limpia. No obstante, la mayor parte se mantenía apagada por completo. Estas plantas no tenían la capacidad de suministrar la cantidad de energía necesaria que necesitaban las grandes industrias para mantener sus producciones. Unos a otros se decían que era lo mejor, pero cuando llegaban a las casa y no tenían qué comer, o con qué hacer la comida, o calentarse, se volvían a preguntar por qué sucedía aquello. Sin embargo, continuaron actuando de esa manera porque hacían lo correcto y en algún momento futuro verían los resultados de su buena obra.
Emma salió a las calles en una campaña para levantar el ánimo y ayudar a su pueblo. Vio que casi no había centros de trabajos abiertos. Algunos residentes comenzaron a abandonar la urbe y a dirigirse a los campos. Otros comenzaron a sembrar en los pocos espacios con tierra dentro de la ciudad. Las prisiones no tenían espacio para albergar a los reclusos, ni comida o insumos para mantenerlos. Las organizaciones mundiales enviaban más dinero para ayudar, sin embargo, la crisis era a escala mundial y el dinero no solucionó ninguno de los problemas.
En el mundo existía más dinero del que era necesario.
Emma trató de que al menos se reabriera la central eléctrica para echar a andar algunos negocios y hospitales. Su petición fue denegada por el senado, porque era totalmente contradictoria a su anterior orden. O sea, no era correcto hacerlo. Implicaba dañar la naturaleza y explotar combustibles perjudiciales a la atmósfera. Emma tuvo que emplear los pocos paneles solares con que contaba, en los hospitales de su país.
Al pasar el tiempo, supo que algunos empleos seguían funcionando. En un corto período, el trabajo de barrendero se hizo muy solicitado. El mayor medio de transporte fueron los animales y estos hacían sus necesidades en el suelo. Otro de los oficios con mayor demanda fueron los de estibadores y personal de mudanza. Muchos de la ciudad se mudaron hacia el campo, dejando detrás equipos inútiles como lo eran los televisores y algunos otros electrodomésticos. A falta del fluido eléctrico, eran inutilizables. Los autos fueron amontonados en los depósitos de chatarras para ser reciclados, en algún momento en que aquel establecimiento funcionara con energía solar.
Un grupo que tuvo grandísima alza fue el de los psicólogos. Ante el más mínimo indicio de desorden mental, las personas corrían a los consultorios. La mayor parte de la población se sentía culpable por las acciones cometidas en el tiempo previo al discurso. Muchos religiosos y miembros de cultos de diversos tipos, se convirtieron en sus pacientes más asiduos.
El negocio que mayor auge tuvo fue el funerario. Las personas comenzaron a fallecer casi que en masa. Ya fuera por inanición, deshidratación, por ataques de animales, accidentes en las oscuras noches... Muchas eran las causas, más ninguna por suicidio; la cobardía y egoísmo eran actitudes incorrectas. En poco tiempo los campos de cultivos fueron abonados literalmente por personas.
A la semana de haber tomado el mando de su gobierno, Emma no tenía casi sobre quién o qué gobernar. Las comunicaciones con el resto de su país eran casi nulas. Las pocas mantenidas, eran en su mayoría muy lentas y poco efectivas. Prácticamente estaban aislados del mundo. Sin embargo, ella no se rendía. Empleaba sus días yendo a las fábricas, centros de trabajos y hablaba con la gente. Muchas de sus medidas fueron llevadas a la práctica, no obstante, ninguna dio marcha atrás a lo sucedido luego de dar su discurso.
Sus remordimientos eran muchos. “¿Hice lo correcto?”… solía preguntarse. Aunque se decía que sí, la verdad era que no podía hacer nada para remediar lo ocurrido. Cada vez que salía a las calles, las personas se le acercaban y le solicitaban trabajo, comida… incluso una niña le llegó a pedir que la llevara consigo. La principal pregunta era porqué sucedía aquello. ¿Cuán cerca estaba aquel futuro que recompensaría tantos sacrificios? ¿Podría Emma hacer algo al respecto?
Ella casi no podía mirarles a las caras. Se culpaba por lo sucedido. Sabía del poder de sus palabras. El resto de la humanidad solo hizo lo que ella creyó correcto.
Así se le ocurrió la idea de exponer públicamente su error: Corrió la voz de que en dos días daría un nuevo discurso donde explicaría todo, de este modo estaría haciendo –por una vez-, lo acertado. Necesitaba que en el planeta entero sintonizara aquella frecuencia de radio facilitada por ella.
El día establecido, los residentes en cada país tenían encendidos sus radios y equipos tele receptores. Al menos la parte del mundo que tenía. Emma comenzó pidiéndoles disculpas y contó sobre su don y la capacidad que tenía de ejercer su palabra. Luego confesó que lo sucedido era su culpa y por lo tanto, ella renunciaba a la presidencia. Por último, solicitó la ayuda de alguien capaz de resolver aquel asunto mundial: su país y ella le brindarían el apoyo que necesitase.
Una vez dicho esto, no se volvieron a escuchar las palabras de Emma. Los oyentes de aquel discurso, se miraron contrariados, se encogieron de hombros y comenzaron a difundir sus palabras, tal y como ella lo había pedido. Cualquiera que las escuchaba, tenía la misma reacción. Nadie era capaz de ver qué era eso tan malo que sucedía.
Al mes de haber dado su primer discurso, la población mundial se había reducido a la mitad. El mayor porcentaje de la sobreviviente habitaba en zonas rurales. Trabajaban felices y tranquilamente unos con otros. La vegetación comenzó a cubrir las ciudades, ayudada siempre por los pocos habitantes que las poblaban.
Luego de haber renunciado, Emma intentó entregarse a las autoridades aludiendo que era la culpable del caos reinante; pero la única medida que tomaron fue destinar un psicólogo exclusivamente para su caso.
Nadie entendía que su salvadora sostuviera la creencia de que había acabado con el mundo, cuando este funcionaba perfectamente por primera vez.
Una distopía a la inversa, generada por el bien... ¡Guao!
¡Excelente narración! Espero que esta historia no les sirva de inspiración a aquellos que ya sabemos en los pasos que andan. 😁
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